Resulta que ese olor a papel viejo que exudan los libros antiguos y que muchos todavía asocian indefectiblemente con la lectura, la infancia, el eco frío y sombrío de las bibliotecas y todo el resto de la mística envolvente que tenían hasta hace muy poco las letras impresas en nuestra cultura (es complicado conjugar ciertos verbos cuando se está en medio de la transición), responde a una sustancia vegetal emparentada con la vainilla. Se llama lignina y es también la responsable del color tostado y la rigidez que tiende a tomar el papel según pasa el tiempo y con los que nacen los cartones. Lo revela, en un regreso magistral, La Petite Claudine.
Hoy asistí a la entrega de los Premios Internacionales de Periodismo Rey de España. Como corresponde al ceremonial de crisis, el evento encabezado por el propio Juan Carlos y su inseparable Doña Sofía fue más modesto que el del año pasado, con una audiencia y un escenario -la Casa de América- más reducidos y minimalistas (incluso los vestuarios me parecieron menos estridentes). Más allá de la crónica formal, que escribí en 233grados, quiero resaltar algunos descubrimientos personales que hice.
Los dos primeros tienen que ver con el buen periodismo. Por un lado, un inmejorable ejemplo de la riqueza que añade el lenguaje multimedia a la hora de contar una historia: el reportaje “10 historias inéditas de la cultura colombiana“, publicado por el diario colombiano El Tiempo, y que se llevó el premio en la categoría de periodismo digital. Con el añadido, como bien destacó su autora, Paola Villamarín, de que ofrece al mundo una visión distinta de la que tradicionalmente
reflejan los medios de la realidad colombiana asfixiada por secuestros, violencia y narcotráfico. Por el otro, la subyugación y empatía que provoca una historia de vida revelada desde su escondrijo en algún rincón de la vida cotidiana de la gente normal. En este caso, la de “los paseros”, unos hombres que -también en Colombia- dedican sus días a cargar muebles, bultos y personas a través de senderos mal avenidos de la sierra en los que “ni las bestias se atreven a andar”. Este trabajo, obra de Julián Isaza para la revista Carrusel -de nuevo, El Tiempo- y titulado “Atlas es chocoano“, ganó el galardón especial Don Quijote.
El tercer descubrimiento, que sirvió como broche de oro al acto, fue el de la cantaora Estrella Morente. Es tradición de estos premios que haya una breve actuación sorpresa después de tanto reparto de estatuillas, repaso por crónicas del mundo y aplausos. Estrella estuvo soberbia y demostró lo que sospechaba, que es de la troupe descastada de las mujeres con personalidad propia, inconfundibles en su estilo y pasiones. Después de dos temas puramente flamencos, interpretó, también en su terreno, “Gracias a la vida” y “Volver” (en la versión que aporta a la banda sonora de la película homónima de Almodóvar). Brilló, y nunca mejor dicho.
No soporto a los hombres que se sientan con las piernas abiertas como aspas en el transporte público.
Ni a quienes se cortan las uñas en público.
Ni a quienes escupen.
(Catarsis)
Gran Torino es una película pequeña, creíble y sencilla. De factura impecable, pero sin grandes pretensiones. Sólo contar una buena historia, de esas que suceden aquí al lado o más allá y que le afectan a gente corriente. Parece que Clint Eastwoord, su director y protagonista, ha dicho que con ella se despide de la actuación. Y lo que al principio puede parecer extraño, porque no ha elegido una de sus grandes obras para hacerlo sino un filme humilde, de bajo presupuesto y totalmente alejado de las fórmulas para fabricar un éxito de taquilla, en realidad es una confirmación de su manera de ver el cine, y tal vez la vida.
Eastwood es un clásico y un relator de historias. Gran Torino no busca otra cosa y por eso ofrece mucho más (es de esas películas que “crecen” después de verlas, con el paso de los días). Gira en torno a un anciano viudo, racista y malhumorado, que resiste como el último estadounidense blanco en un suburbio de Michigan ocupado por inmigrantes y que se ve involucrado en una lucha entre bandas. Es una película sobre la amistad entre un hombre mayor y un joven muy diferente a él, en la que cada uno aprende algo del otro hasta que surge entre ellos un afecto inesperado y paternal, algo muy parecido, pero con ambos personajes más crecidos, a lo que sucedía en su película Un mundo perfecto.
Además de disfrutar de otra muestra de la maestría de Eastwood en el manejo del ritmo, la posición de la cámara y -sobre todo- la dirección de actores, Gran Torino (rodada en sólo 33 días y como contrapunto a la espléndida y grandilocuente El intercambio) es una reflexión sobre la vejez, sobre la percepción que tienen los demás de quienes ya están instalados en ella y sobre la injusta cortedad de la vida que no se cansa de enseñarnos lecciones hasta el final.