Gracias a otro magnífico post del Gran Lobo rescaté este otro escrito de mi compatriota y colega Leila Guerriero: “¿Dónde estaba yo cuando escribí esto?”
En él, Guerriero desvela los secretos -sus secretos- para escribir una buena crónica. Habla del instinto, la concentración, la observación, el sudor y la pasión como herramientas esenciales del trabajo periodístico. Es de esos textos para imprimir (lo que equivale casi a enmarcar, en una época en que ya no imprimimos nada), subrayar, leer y releer, aprender y guardar.
Si quieren saber más de esta periodista aquí hay una entrevista reciente que le hicieron.
Guerriero ganó el año pasado el premio de la FNPI (Fundación Nuevo Periodismo Latinoamericano) por el reportaje “El rastro en los huesos”, publicado en Gatopardo.
Siempre me gustaron las actrices llevadas al estrellato por los grandes estudios de Hollywood en la década de los 50 y 60. Además de hermosísimas, eran carnales, voluptuosas y pasionales, muy mujeres, tan alejadas del modelo desabrido, aniñado y andrógino que imponen en la actualidad las pasarelas y las pantallas.
Ayer se murió una de los últimos iconos de aquella época: Elizabeth Taylor. Liz tuvo la vida que se espera de una diva de su talla.
Ayer el tema del día en las redacciones (y en Twitter, donde se convirtió en trending topic a nivel mundial) fue la valiente entrevista que le hizo la periodista de Televisión Española Ana Pastor al presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad.
Escribí sobre esto en lainformacion.com
Mi opinión personal sobre lo sucedido -y dejando de lado las mesiánicas y paranoides declaraciones de Ahmadineyad, que constituyen la noticia a nivel general- es ambivalente. Oscila entre la admiración y la tristeza.
El primer sentimiento lo despierta Pastor en este tenso cara a cara con el líder iraní pero también cada mañana, desde que empezó en “Los desayunos de TVE”, donde hace un despliegue de profesionalidad que no abunda en la televisión. Tampoco su estilo es frecuente últimamente, a pesar de que responde a una técnica tan antigua como la profesión y que se basa, simplemente, en repreguntar, repreguntar y, en cuanto se pueda, repreguntar. Con respeto e insistencia. Sin concesiones.
En realidad no es tan sencillo. Asirse a la respuesta, diseccionarla rápidamente y volver sobre algún punto oscuro dejado en evidencia aunque sea tangencialmente encierra mucho más que rapidez de reacción. Revela una labor de documentación previa a la entrevista para saber hacia dónde apuntar, conocer a fondo al personaje y tener claro cuáles son los datos clave y supone mantener una atentísima escucha de lo que responde el entrevistado (en lugar de distraerse pensando en la siguiente pregunta, en el paso de los minutos o en otras tonterías como les/nos sucede a veces a los entrevistadores).
La tristeza viene por el lado del estado de la profesión. La actitud de Pastor no debería ser una excepción ni merecer tanta atención. Las entrevistas “incómodas” e incisivas tendrían que ser algo corriente y mayoritario. Compañeros, hemos dejado mucho por el camino (y ya sé que hay muchas excusas para ello, algunas tan fuertes como para no encontrar argumentos que las rebatan, y si no ahí están las condiciones de trabajo, la crisis y el desempleo, la extensión del amarillismo en detrimento de la seriedad y la responsabildad profesional, etcétera).
Que nos sirva como recordatorio de lo buenos y útiles que podemos ser. Que sea un aliciente para seguir por la buena senda, o volver a ella, porque es posible, se puede, hay sitio para hacerlo. Y nos gusta, nos hace hinchar el pecho de orgullo, nos reconforta sencillamente hacerlo bien.
La recomiendo. La película británica (y very british) “El discurso del Rey” arrasó en la última entrega de los Oscar con motivos de peso, porque es soberbia. Retrata una anécdota real en torno al tartamudeo del duque de York y su lucha por corregirlo en sus frecuentes apariciones y discursos públicos ya como Jorge VI. Aparentemente banal, el filme tiene un poso mucho más profundo que consigue gracias al estupendo trabajo actoral de todo su reparto y a un guión magistral y muy poco ampuloso. Si Colin Firth destaca especialmente por su difícil papel (Oscar al Mejor Actor), el secundario perfecto que es Geoffrey Rush (para mí casi protagónico) no le va a la zaga.
El cisne negro me ha obligado a reconciliarme con Darren Aronofsky.
La película está muy bien, más allá de unos primeros planos cámara en mano que me hacían temer otra obra incómoda de los fundamentalistas de esta técnica cinematográfica. Natalie Portman tiene un Oscar muy merecido por su papel, que le debe haber supuesto casi el mismo desgaste físico y emocional (de hecho entrenó varias horas al día durante un año para este protagónico) que sufre su personaje, una bailarina clásica en caída libre. También se luce el versátil actor francés Vincent Cassel y hace un papel breve pero muy intenso la retornada Winona Ryder.
A Aronofsky lo había desterrado de mis opciones cinematográficas después de ver una película suya que más que eso era un delirio onírico sobre un árbol fantástico, pero reconozco que con The wrestler primero y con The black swan ahora se ha recuperado y resarcido. Debe ser que lo suyo es retratar personajes atormentados y masacrados por la fugacidad del éxito. Eso, sin duda, lo hace muy bien.