La intriga de Stieg Larsson llega al cine (reseña y entrevista a la actriz Noomi Rapace)
Sorolla en el Prado (texto y vídeo)
Un club para gourmets del café
Los coches blancos vuelven a las carreteras
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Estaba repasando rápidamente la obra del artista hiperrealista iraní Iman Maleki cuando me quedé helada frente a este cuadro que él llamó “Dizziness” (vértigo, mareo). Me despertó dos lecturas inmediatas relacionadas con dos realidades que me incumben, la primera en forma colectiva, la segunda más personal y privada:
1- Es la imagen perfecta de lo que sentimos a veces ante la oferta inabarcable, incontrolable y abrumadora de información que tenemos a nuestro alcance (en internet, en los medios, en los libros, en el cine, en la música, etc.). Ilustra la sensación de no poder con todo y la necesidad de tomarse un respiro cuando la mente colapsa ante nuestra voracidad, de cerrar los ojos, conscientemente, a mucho de lo que hay para poder elegir algo y saborearlo con deleite.
2- Este hombre también podría ser mi propia representación en los últimos meses: refugiada momentáneamente en la literatura, el periodismo me llama, revolotea a mi alrededor, me seduce siempre que puede, me tienta con sus cantos de sirena, pugna por ocupar de nuevo todo mi tiempo, me sigue dando el pan.
El hotel más exótico de París cuenta con una sola suite de unos pocos metros, un pequeño baño y muebles de plástico de colores estridentes, no tiene televisión ni servicio de habitaciones y los 333 euros (444 de viernes a sábado) que cuesta pasar una noche en él (la estancia máxima permitida) sólo incluyen desayuno. Sin embargo, cada día unas cuarenta mil personas intentan hacer una reserva y quienes lo logran hablan al otro día de una experiencia maravillosa que jamás olvidarán.
No es para menos. El hotel en cuestión es más bien una cápsula de diez toneladas y 35 metros cuadrados depositada sobre la azotea del Palacio de Tokio, sede del museo de Art Deco parisino, desde donde se tiene una vista privilegiada de la capital francesa y sus principales atracciones. Se llama Everland y forma parte de un proyecto artístico de los suizos Sabrina Lang y Daniel Baumann para “hacer que el huésped forme parte del arte”.

Según explica el periodista de The Times Charles Bremner en su blog, tras visitar lo que compara con la nave de la película 2001: Una odisea del espacio, el diseño es “retro-futurista”, lleno de líneas curvas y tonos rabiosos, y se basa en la idea de la visión que en 1960 se tenía de lo que iba a ser el siglo veintiuno.
La única atracción que incluye la habitación es una colección de discos de vinilo de música de los ‘60, pero los huéspedes no parecen necesitar mayores comodidades ni entretenimiento. La sensación de soledad y paz y las incomparables vistas de la Ciudad Luz ,”que quitan el aliento” en palabras de Bremner, son suficientes para pasar una noche mágica.
Las reservas para el Everland, que ya ha pasado por Suiza y Alemania, se hacen a través de internet día por día con dos meses de anticipación. La escala en París, que comenzó el pasado noviembre, se extenderá hasta finales de año como mínimo. Los organizadores aseguran que las noches se adjudican en forma aleatoria y que el precio es casi simbólico, pues les llevaría diez años de lleno total para cubrir los gastos de la instalación. Por como van las cosas en la cápsula no sería demasiado complicado cubrirlos.
La frontera entre la cordura y la locura, que siempre fue difusa, parece volverse aún más cercana en el caso de los artistas. Muchos de ellos, a lo largo de la historia, han sido también pacientes psiquiátricos o han tenido prolongados períodos
oscuros que, lejos de menguar su arte, han ido unidos de alguna manera -como origen o tal vez como consecuencia, esto es como el huevo y la gallina- a la profundización de su talento.
Una de ellas es la escultora, pintora y novelista Yayoi Kusama, quien está considerada como una de las artistas vivas más importantes de Japón. Kusama, de 78 años, es tremendamente prolífica y activa, pese a que lleva más de treinta años recluida en un centro de salud mental de Tokio.
Desde los diez años la han obsesionado los lunares de colores, que reproduce sobre todo tipo de superficies en busca de expresar la vastedad del infinito (ella llama a sus puntos, justamente, infinity nets, es decir “redes del infinito”). Utiliza óleos y acuarelas, y más adelante introduce espejos, luces y otros elementos escénicos, además de realizar performances al aire libre, participar en películas y trabajar en el mundo de la moda*.
Entre 1957 y 1973 vivió en Nueva York, donde se convirtió en musa y representante de la avant-garde y se metió de lleno en el activismo político y la movida cultural. De vuelta en su país natal, sumó a sus pinturas, esculturas e instalaciones el oficio de escritora, en el que también ha recibido numerosos premios y reconocimientos. Desde entonces reside por voluntad propia en un hospital psiquiátrico, aunque sale co
n frecuencia para trabajar en su estudio, ubicado en las proximidades, o para asistir a las inauguraciones de sus exhibiciones individuales y colectivas.
Por estos días se estrena en Japón un documental sobre su vida y su obra (Near equal Kusama Yayoi, del realizador Takako Matsumoto), al tiempo que exponen sendas muestras de su trabajo la galería Victoria Miro, de Londres, y el Kennedy Center, de Washington.
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*No puedo dejar de hacer hincapié en la semejanza entre la estética de Kusama y la de la española Ágatha Ruiz de la Prada, tal vez por el abuso del color y las formas geométricas. Aunque hasta físicamente tienen “un aire”.

Links:
Web oficial de Yayoi Kusama
Web del documental
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Poseo mi primera obra de arte original. Y aunque no me la encontré tirada en la basura, no me costó ni una moneda. Me la regaló su autor, sin conocerme. Se la pedí por internet y, como fui la primera en hacerlo, él me la adjudicó. Le puso la numeración correspondiente y su firma por detrás como garantías de unicidad y originalidad, la envolvió con cuidado, la metió en un sobre y me la envió desde Nueva York directo a mi casa en Madrid. Sin pedirme nada a cambio.
El generoso artista se llama Jason Polan, y la obra que me mandó -me temo que la primera que envía a un país hispanoparlante- es el dibujo número 14 de la serie que compone The drawing project.
Con esta revolucionaria iniciativa, Polan indaga en las nuevas formas creativas y de distribución del arte que permite la web 2.0. Un espacio donde los canales se abren y se expanden hasta alcanzar virtualmente a toda la comunidad internauta, y donde las nociones de autoría y propiedad (intelectual y física) obligadan a los artistas (también deberían pensarlo y actuar en consecuencia los demás eslabones de la cadena) a un urgente replanteo de base para adecuarse a la disminución de controles y a la eliminación de intermediarios.
Polan expone sus dibujos en su “galería de arte virtual” a la espera de visitantes interesados en adquirirlos. Publica uno cada día, todos únicos y de temática y estilo diferente. La primera persona que se lo solicita (hay que estar pendiente y “refrescando” la página constantemente porque enseguida cuelga el cartel de “no longer available”) recibe una confirmación de su suerte en su buzón de correo electrónico y, una semana después, un sobre también ilustrado por el artista con la obra que escogió.
Links:
Blog personal de Jason Polan
Taco Bell Drawing Club, que integra Polan
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Dibujando a Pinocho
La National Portrait Gallery de Londres pide ayuda a sus visitantes, conciudadanos y admiradores para poder adquirir el único retrato pintado en vida de John Fletcher (1579-1625), uno de los más prolíficos y reconocidos dramaturgos británicos. La institución fundada en 1856 debe recaudar 50.000 libras para llegar a las 218.000 que necesita para comprar la pintura, de 1620 y autor desconocido, antes del 20 de enero.
De concretarse, esta adquisición supondría para la galería un importante crecimiento de su colección dedicada a escritores de los períodos isabelino y jacobino, que está integrada por retratos de Ben Jonson, William Shakespeare y John Donne, entre otros.
Además de decenas de piezas propias y de otras colaboraciones (especialmente con Francis Beaumont), Fletcher escribió tres obras junto al autor del drama de Verona: Cardenio (que se ha perdido), Enrique VIII y Los dos nobles caballeros.
Ambos formaron parte de la compañía de teatro King’s Men (antes conocida como Chamberlain’s men) y, aunque para la posteridad sólo haya sobrevivido la fama de Shakespeare, en su época los dos dramaturgos fueron igualmente exitosos y populares. Prueba de ello es que en la codiciada pintura aparece con imagen de hombre próspero y bien vestido, munido de papel y pluma como indicativo de su oficio.
Salvo que murió de peste, poco se conoce sobre la vida privada de Fletcher, lo cual lo acerca aún más si cabe a su amigo Shakespeare, cuya biografía personal sigue rodeada de un halo de misterio que la galería londinense se ha dedicado a investigar y exponer en reiteradas ocasiones.
La National Portrait Gallery de Londres acoge más de diez mil retratos de grandes personalidades de la historia y el arte en su colección principal, que se suma a un archivo de ochenta mil dibujos, bocetos y láminas y a una colección de 220.000 fotografías y negativos.
El espíritu que movió a sus fundadores fue el de rendir homenaje a los hombres y mujeres que habían hecho una contribución fundamental al país, por lo que en principio sólo se adquirían obras de británicos que hubiera muerto como mínimo una década antes. Con el paso del tiempo, las rígidas normas de la institución fueron ampliándose para dar cabida también a retratos de personas vivas o procedentes de otros países y, años más tarde, a fotografías, que hoy constituyen uno de los principales atractivos de la galería para el millón y medio de personas de todo el mundo que la visitan cada año.
- ¿Y usted a qué se dedica?
- Soy escultor de arena.
Suena a broma, pero no lo es. En el mundo existen decenas, tal vez cientos, de escultores de arena profesionales. Son artistas de lo efímero que han perfeccionado la infantil tarea de construir castillos en la playa gracias a largas horas de experimentación y práctica, hasta convertirla en una ocupación de insospechadas aplicaciones y alcances.
Los escultores de arena construyen obras de variada temática, máxima precisión y (generalmente) ambiciosas proporciones. Lo hacen utilizando técnicas de compactación, humectación y moldeado del dorado elemento y valiéndose de algunos utensilios y herramientas (palas, pinceles, cubos, redes, plásticos, etc.). Sus creaciones duran apenas unos días, a veces tan sólo horas por efectos de algún inesperado vendaval o tormenta, pero siempre concitan la inmediata atención de quienes las encuentran a su paso.
Justamente es la excelente aceptación por parte del público de todas las edades y condiciones la que ha permitido que muchos escultores de arena aficionados conviertan lo que comenzó como un pasatiempo artístico en una sólida y productiva actividad comercial. Así, hay entre ellos quienes preparan bodas en un original set playero repleto de sus esculturas, ofrecen acciones de márkenting y publicidad de comprobado efecto, montan espectáculos ad hoc, dictan talleres para particulares o grupos de empresas, escriben libros y realizan novedosos decorados para sesiones fotográficas.
Mientras muchos se sirven de su afición para pasar el verano a la gorra, los más reconocidos escultores de arena de todo el mundo viven de su profesión. Son respetados y reconocidos por su talento artístico y dominio del difícil material al que se enfrentan. Se desafían unos a otros en los numerosos campeonatos anuales que se llevan a cabo en las mejores playas del globo.
Links:
Benjamín Probanza, uno de los grandes
The Sand Sculpture Company
Sand Castle Center
Sandy Feet, otra escultora de arena
Johan Gowdy y su empresa
Nota para usuarios de WordPress:
Hasta hace unos días era posible insertar (”embeber”) en los blogs de esta casa presentaciones como las que ilustran este post pero hechas con slide.com, pero hoy me encontré con que quitaron del menú de la izquierda de esa aplicación la opción para usarla con WP. Rockyou.com es la salvación.
Hay freegans con suerte. Como la escritora estadounidense Elizabeth Gibson, quien una mañana hace cuatro años recogió un colorido e inmenso cuadro de la basura que resultó ser una obra que había sido robada hace dos décadas y que actualmente está valorada en un millón de dólares. 
Gibson la encontró en la puerta de su edificio de Manhattan. Dudó en llevársela a casa por su gran tamaño (96,5 por 129 centímetros) y porque, según ella misma ha confesado al diario The New York Times, no es una aficionada al arte moderno.
Pero su poderoso olfato de rebuscadora vocacional de contenedores le decía que el lienzo sostenido por un marco barato era especial. Así que lo colgó del salón de su casa y comenzó a indagar. La averiguación le llevó años de consultas primero a amigos y galerías de arte, luego en libros, en internet y finalmente a expertos.
Uno de ellos, August Uribe, de Sotheby’s, le confirmó lo que a esa altura ya eran sus sopechas: se trataba de la obra “Tres personajes”, creada en 1970 por el mexicano Rufino Tamayo y sustraída en 1987 al matrimonio de Houston que la había adquirido en esa misma casa de subastas varios años antes.
La pareja ofreció una recompensa de 15.000 dólares y el FBI inició una investigación, pero nunca llegó a esclarecerse el robo ni a saberse nada del Tamayo hasta que Gibson lo rescató de la basura.
La obra saldrá nuevamente a subasta el 20 de noviembre próximo. La escritora que lo salvó de la destrucción recibirá el dinero de la recompensa más una comisión sin revelar por parte de Sotheby’s. Sigue siendo un misterio el destino que tuvo el cuadro durante estos veinte años.
¿Qué hace alguna gente cuando se encuentra con la ventanilla de un coche completamente cubierta de polvo? Sin dudarlo, estira el dedo de E.T. y le deja un mensaje al dueño del vehículo. Suele ser “Lavame, sucio” (el calificativo es optativo, aunque frecuente), pero también hay fanáticos del Smiley y necesitados de autoconfirmación que dibujan sus iniciales o su nombre.
Scott Wade es una de esas personas, aunque en su caso las cosas han llegado mucho más lejos. Lo que sucede es que, además de un dedo índice algo inquieto, este estadounidense de 47 años posee ciertas aptitudes artísticas y reside en las afueras de Austin, Texas, junto a una carretera donde las nubes de polvo que levantan los coches al pasar se confunden con las del cielo. Sin ir más lejos, su Mini Cooper y el Mazda que conduce su mujer están permanentemente ocultos por un velo blancuzco que les ha servido a ambos, y a muchos otros aficionados desconocidos, de pizarra y de lienzo improvisado.
Así es que un buen día Wade decidió unir y aprovechar todas estas circunstancias y se dedicó a recrear grandes obras de arte y a hacer retratos y caricaturas sobre los cristales, creando una colección un tanto bizarra de dibujos perecederos que inmortaliza en fotografías y vende a través de su web Dirty Car Art. En lo último que piensa ahora es en lavar su coche.

(Vía fandecine)
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Kate Bingaman-Burt lleva desde hace años un control estricto de las compras que realiza. Empezó fotografiando cada uno de los objetos que adquiría, guardando y catalogando los tickets y facturas y dibujando los resúmenes de sus tarjetas de crédito hasta que estuvieran pagados. Luego pasó también a dibujar una cosa recién comprada cada día, sin importar lo banal que en principio pudiera parecer el producto en cuestión.
Lo que comenzó como un juego y como una auto-exploración de manías, hábitos, necesidades y deslices se ha convertido para esta profesora de Diseño Gráfico de la Universidad de Mississippi en una plataforma de reflexión y de creación sobre el consumo y el consumismo.
Su proyecto se llama justamente Consumo Obesivo y en la actualidad es una marca en sí misma bajo la cual ven la luz las variadas creaciones de esta prolífica artista: blog, revista, dibujos y fotografías, instalaciones, exposiciones y hasta una organización benéfica.
Todo lo que Kate Bingaman-Burt hace gira en torno a su (nuestra) relación con el dinero, los objetos, el márketing, los centros comerciales, las marcas y la publicidad. Una relación que siempre es personal y privada, casi secreta, pero que ella desnuda ante la mirada pública para obligarnos a pensarla y, de paso, pensarnos.
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