Mascota y pantalones

Ella- Mira eso. Eso huele horrible…pfff…horrible.
Él- Asqueroso.
Ella- Yo no sé, de verdad…
Él- Asqueroso.

Hablaban de un Labrador grande color arena con collar rojo y cola bamboleante. El autobús se había detenido en un semáforo, junto a la terraza de un bar de mesas y sillas de lata. El perro estaba sentado sobre sus patas traseras junto a una pareja cincuentona  que bebía  cervezas al sol suave del final de la tarde.

Ella- Por Dios. ¿Has visto? Le ha dado un beso. ¿Lo has visto tú? Le ha dado un beso, a él, en la cara.
Él- Asqueroso.
Ella- Es que le ha dado un beso. Y lo que huelen esos perros.
Él- Asqueroso. Luego seguro que ese tío ve un niño y….
Ella- Yo no sé la gente.
Él- Qué gilipollas.
Ella- ¡Lleva pantalones colorados!
Él- Es gay (pronunciado así, “gai”).
Ella- Lo más seguro.
Él- Te lo digo yo, es gay.
Ella- Es gay. Con ese perro asqueroso.

Martes de destrucción

Diálogo entre dos pasajeras sesentonas (aparentemente desconocidas entre sí) de un autobús ocurrido hoy, miércoles:

- Perdone, ¿hoy es martes, verdad? Es que iba a mirar el calendario porque ando yo liada con los días.
- Sí, sí, hoy es martes (!).
- Ah, vale, gracias, martes, sí, sí, ya me parecía. ¿Usted de dónde es? Yo soy de Canarias, pero llevo muchos años viviendo en Madrid. ¿Ha visto lo estropeada que está Madrid?
- Yo soy de aquí. Pero a mí me parece que la ciudad está muy bien, muy bonita.
- No, no, está muy estropeada. Lo sé yo que cuando vine estaba recién hecha. Recién construida estaba (!). Ahora en cambio está estropeadísima.
- No sé, a mí no me lo parece. Tiene muchos parques y árboles y edificios preciosos.
- Pfff, eso sí, pero mire los suelos. ¡Los suelos! ¿No ve usted lo estropeados que están? Mire, mire (señala con un dedo unas finas grietas sobre el asfalto).
- Mmmmm….no sé. Igual es que tiene mucho trajín.

No hubo caso. La canaria insistía en que la ciudad estaba destruyéndose y que las casi imperceptibles arrugas de las calles eran el más evidente signo de que el desmoronamiento (mundo=edificio en ruinas) estaba próximo. La otra mujer pronto dejó de responderle. Se limitó a emitir uno o dos “mmm” más hasta bajarse. Enseguida otra mujer ocupó su asiento. La canaria volvió a embestir:

- ¿Usted de dónde es? Yo soy de Canarias, pero llevo muchos años viviendo en Madrid. ¿Ha visto lo estropeada que está Madrid?
- Ayyyyy, es tremendo. Yo soy de La Rioja, ¿sabe?, pero también llevo años viviendo aquí. ¡Madrid está destruída!
- Lo que yo digo, lo que yo digo. Y yo lo sé bien porque cuando yo vine estaba recién hecha. Esta no es la Madrid que yo conocí. Está destruida. Mire los suelos, mire allí y allí.
- Sí, sí, fatal, fatal, lo digo siempre yo también. ¡Adónde iremos a parar!

Cuando me bajé seguían hablando de lo mismo y sacudiendo las cabezas al unísono como dos mensajeras del apocalipsis abrumadas por la indiferencia de los que se resisten a ver las señales que anticipan el final.

Encuentro con un “famoso”

Hace unos días en una biblioteca pública, junto a la máquina de café.

-Hola, qué tal. ¿Eres investigadora?
-No, no, qué va.
-¿Qué haces?
-Me estoy documentando para un trabajo. Soy periodista.
-Ah…¿Sobre qué asunto?
-Mmmm…sobre la arquitectura de un barrio de Madrid -no era la verdad exacta, pero qué más daba.
-¿Para un reportaje?
-Bueno, sí, algo así. ¿Y tú qué haces? -dicen que no hay mejor defensa, en este caso frente a la indiscreción, que un buen ataque.
-Yo soy investigador.
-…
-Soy experto en la inquisición española en I. Es un pueblo de Murcia.
-…
-La inquisición…lo de las brujas y todo eso. También persiguieron a los moriscos, fue tremendo.
-Sí, sí, claro….¡qué interesante! -piiiing, error. El tipo comenzó a darme una clase de historia local. A los tres minutos había terminado mi café y comencé a dar señales de que debía volver a mi trabajo.
-Oye, así que periodista, mira tú. Justo ayer me hicieron una entrevista para el periódico L (de alcance regional). ¡Doce preguntas me hicieron!
-Vaya, qué bien. Perdona, tengo algo de prisa.
-Sí, sí, claro. Con foto y todo salí. ¡Doce preguntas! No veas…
Cuando estábamos entrando al cono de silencio de la sala de consulta aún alcanzó a susurrarme:
-Me llamo F.M. Búscame en internet. Con “y” griega, no lo vayas a poner con “i” latina. Verás que soy famoso.

Molestos humanos (Cap. II)

Lentamente, el ascensor desandó los catorce pisos y anunció su llegada a planta baja con un ding dong metálico. Subimos. Cuando estaba a punto de cerrarse la puerta apareció otro vecino con su perro. Todavía “shockeados” por la vieja maleducada (eso fue lo que le respondimos a ella, para los que preguntaron en los comentarios al post anterior, ahora devenido capítulo I) nuestro “buenas tardes” sonó raro, como atragantado y titubeante. El hombre pareció no darse cuenta y respondió con una sonrisa. La mueca nos alivió y empezamos a reirnos. Primero con timidez, después como se hace en un ataque de risa. Ahí sí el vecino se giró y nos miró extrañado. Teníamos que explicarle.

Yo – Ay, perdone, es que recién tuvimos un encuentro con una vecina que también iba con su perro y que no nos dejó subirnos en el ascensor con ella. Dijo que podíamos molestar al animal.
Vecino -¿Una señora rubia de anteojos que mira fijo y va con un perrito pequeño también así clarillo?
Asentimos.
Vecino -Ah, esa está loca. Pero loca (girando un dedo en la sien derecha y abriendo mucho los ojos).
Asentimos.

Molestos humanos

Al entrar al edificio nos encontramos con una vecina esperando el ascensor. Llevaba a un chucho de pelo marrón claro atado a una correa. Al vernos, y tras responder a nuestro saludo, se fue hacia el final del pasillo y desde allí nos dijo:

Vecina – Yo voy en este ascensor con mi perrito. Vosotros id en el otro, que enseguida baja.
El indicador luminoso señalaba que el ascensor al que nos destinaba la señora estaba en el último piso, el 14.
Yo – No se preocupe, si cabemos todos en ese.
Vecina – No, por favor, nosotros vamos en este y vosotros en el otro. ¡Que sólo tenéis que esperarlo un momento, hombre!
Yo – Ah, pero no, en serio, si nos encantan los perros. No nos molesta para nada.
Vecina – ¡Id en el otro!….No quiero que nadie moleste a mi perrito.

Postura

La luz es tenue, la música ambiental apenas un susurro. La profesora de yoga corrige una postura de pie previa a una serie dinámica de asanas. Los alumnos escuchan con atención.

Profesora -La espalda bien recta y la columna como “creciendo” hacia arriba. Levantad un poquito los hombros y giradlos hacia atrás, de manera que el pecho salga levemente hacia adelante.

Seis personas siguen sus instrucciones en silencio.

Profesora -Tampoco a la Obregón, ¿eh? Sin exagerar.

Las risas de todos aflojan los cuerpos. Yo, además, me prometo recordar la frase magistral (y nunca mejor dicho).

El mal ejemplo
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Cultura papal

Anoche se realizó el cuarto twittmad. Éramos unos sesenta usuarios de Twitter, la mayoría también bloggers y no pocos además geeks, reunidos en un pub irlandés de Madrid. Ocupábamos toda la planta superior del local, que aunque estaba señalizada no quedó cerrada al resto de los clientes.
En medio de la noche dos parejas se colaron entre los twitteros. Mientras nosotros hablábamos de tecnología, comunicación y emprendimientos 2.0, una de ellas se ubicó en la barra y no paró de besarse como si no hubiera nadie más alrededor. La otra se sentó junto a una mesita redonda, justo al lado de un grupo grande que hablaba sobre los servicios más convenientes para la “bb“. En un momento oí que decían:

Ella -Pero este Papa, el Benedicto, sí que es culto.

Él – ¡Pero bueno! 

Ella -Oye, tienes que reconocerlo. Este es super culto. Te das cuenta. Es así.

Link:
El País habla de twitter y del twittmad

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Diálogo de besugas

Los días previos a Navidad las tiendas de Madrid están llenas de gente mirando, revolviendo y comprando regalos. Pero la peor semana en cuanto a bullicio y afán consumista es la que queda entre la visita de Papá Noel y la llegada de los Reyes Magos, porque entonces se suman a quienes quieren comprar el tradicional presente de los tres jinetes los miles de decepcionados que necesitan cambiar lo que les trajo el abuelito de pijama rojo. 
Esta conversación tuvo lugar el jueves 27 en un autobús que recorría el Paseo de la Castellana entre dos compañeras de trabajo, ambas treinteañeras. Una, la morena, iba muy arreglada y contenta consigo misma (le habrían regalado dinero), mientras que la otra, rubiona, tenía cara de cansada y llevaba una bolsa de Zara en una mano.

Rubia – Voy a aprovechar a mediodía para ir a descambiarle esto a mi hermana.
Morena – ¿No le gustó?
Rubia – No es eso. Sabes que la pobre ha engordado un poquillo últimamente.
Morena – Vaya.
Rubia – Sí. Como unos diez kilos se ha echado encima la pobre. Así que el vestido, que es monísimo, no le queda.
Morena – A ver, enséñamelo.
Rubia – (Sacando un pequeño vestido negro de la bolsa, también negra) Mira. A que es monísimo. Espero que lo haya en una talla más.
Morena – Pero es muy bonito. Precioso. Vamos, que me encanta, maja. Y además parece bastante caro. Que pena que no le haya gustado.
Rubia – Le queda pequeño.
Morena – (Aún con el vestido en las manos) De veras que es muy bonito. ¡No entiendo cómo no le ha gustado a tu hermana!
Rubia – Si es que está gordita la pobre.
Morena – Mira que no gustarle…

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Desubicada

A la salida de mi clase de yoga, camino del metro, aproveché para entrar a un salón de té muy chic y very british que tenía en mente como oficina al paso para trabajar algunas tardes en mis reportajes y otros escritos. Había una dependienta tras la caja, en la mini-tienda que sirve de antesala a la zona de mesas. Esperé a que le cobrara un tarro de mermelada y unas galletas de jengibre a una clienta y después le pedí una tarjeta del lugar(tengo afán por juntarlas, aunque sólo conservo las de los lugares donde quiero repetir y puedo recomendar) y le pregunté si ofrecían lo que andaba buscando:

Yo -¿Tenéis wi-fi?

Ella – ¿Cómo?…¿Wi…whisky?

Yo – Wi-fi. Internet para los clientes.

Ella -(Con la mejor cara de desconcierto que vi en los últimos meses) Esto…¡es un salón de té!

No respondió a mi saludo de despedida.

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