Un acordeonista en París

Recuerdo largas noches de asado y guitarreada chamamecera en el patio de mi casa. Participaban los adultos. Yo me dormía acunada por sus risas y cantos, que se colaban junto con los rayos de la luna por la persiana de mi ventana. Alguna vez se sumaron a los quejidos profundos de la guitarra los aullidos desesperados de un acordeón. Muchos años después mi papá me dijo que era el de su amigo Raúl Barboza, un exquisito músico que hacía tiempo vivía en París. Lo entrevisté a principios de 1999 en Buenos Aires, pocos días después de que volviera a tocar en su país por primera vez desde que había emigrado doce años antes y cuando por fin se empezaba a reconocer su maestría. Primero afuera y luego adentro, como buen profeta. Recordé los entresijos de esta historia al leer la entrevista que le hizo hace unos días la revista ADN, del diario argentino La Nación.

A continuación, aquel trabajo mío, publicado en la revista Magazin Semanal:

Revista MagazinRAUL BARBOZA
EMBAJADOR MUNDIAL DEL CHAMAME 

Escribe Laura Pintos

Es de origen guaraní. Toca el acordeón desde los siete años, cuando era llamado “Raulito el mago” por su destreza, y está considerado como uno de los renovadores del chamamé. Hace 12 años se fue a vivir a París, donde ganó importantes premios e introdujo el folclore argentino a un continente que sólo conocía nuestro tango. Hace unos días se presentó en Buenos Aires, en La Trastienda, por primera vez desde su partida, con su último disco “La tierra sin mal”.

      “En 1987, cuando llegué a Francia, la gente no entendía nada. Al enterarse de que era argentino me decían: ‘indudablemente usted toca tango’. Yo les decía que no y afirmaban ‘de todas maneras usted debe tocar el bandoneón’. Yo les contestaba que tampoco. ‘Entonces usted canta’, arriesgaban, y yo me reía. Mirándome bien se daban cuenta de que tengo lo que los franceses llaman un ‘tipo’ diferente, es decir unas facciones y un color distinto respecto de los argentinos que conocían. Debí explicarles todo: que soy un mestizo (mezcla de blancos y guaraníes), de dónde era mi música, que se puede bailar y cantar y que habla de las cosas cotidianas del hombre del litoral”, relata con entusiasmo Raúl Barboza. El músico, de 60 años, tiene la calidez de la voz masculina sin autoritarismo, del hablar pausado y de la pronunciación perfecta. Su rostro es serio y concentrado al explicar una idea y luego al tomar el acordeón entre sus brazos se ve iluminado, repentinamente, por una sonrisa ancha que avanza sobre su cara y achina sus ojos.
Comenzó su carrera muy pequeño, cuando su padre le regaló un acordeón y empezó a ensayar los primeros acordes de la música que escuchaba en su casa, ya que si bien los Barboza vivían en Buenos Aires conservaban los gustos y las costumbres de su tierra natal, Corrientes. Al poco tiempo comenzó a participar de emisiones radiales y en 1950, con sólo 12 años, grabó su primer disco con el grupo “Irupé”. Unos años después formó su primer conjunto musical, con el que viajó y difundió el chamamé en todo el país y en el sur de Brasil. Desde ese momento acompañó a numerosos grupos y solistas y grabó más de 20 discos. El no lleva la cuenta. Apenas recuerda el principio (“comencé a grabar en 1964”, afirma) y los nombres de los colegas a los que acompañó: “toqué con los Buenos Aires Ocho, con Mercedes Sosa, con Hugo Díaz, con Los Andariegos y con Jairo hace unos años”. Barboza acercó los acordes chamameceros a la ex Unión Soviética, a Alemania, a Japón, a Canadá y hasta al Vaticano, lugares donde obtuvo importantes reconocimientos.

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Edward James Olmos

Edward James OlmosHace unas semanas entrevisté para la revista Alma al actor, director, productor y guionista estadounidense Edward James Olmos. Vino a Madrid a presentar un ciclo especial sobre su labor cinematográfica y la de su amigo y colega Robert M. Young en Casa América. Olmos se hizo famoso internacionalmente gracias al papel del teniente Castillo en la serie de televisión Miami Vice, pero lleva décadas de trabajo ininterrumpido al frente y detrás de las cámaras (con un saldo de películas valientes y de impecable factura como American Me, entre otras) y desarrolla una incansable labor como activista por los derechos de la comunidad latina en Estados Unidos. Por todo esto Olmos se ha convertido en un importante referente para sus compatriotas de origen hispano. Asume esta causa con convicción, pasión y bravura. Es un hombre cercano, sin pelos en la lengua, muy amable, divertido y serio a la vez, enérgico y tremendamente ocupado. Esto es lo que hablamos.

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La despedida del gran mimo

Marcel Marceau

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Hoy se anunció la muerte del mimo francés Marcel Marceau, ocurrida ayer en París, a los 84 años. Sobreviviente del Holocausto, incansable luchador por la paz mundial y artista de probada maestría, Marceau siempre será recordado con la cara de Bip, su personaje más entrañable, el que hizo popular a gran escala un arte hecho de sutileza, silencio y sensibilidad.
Reproduzco aquí un artículo que publiqué hace ocho años en la revista argentina Magazin Semanal, con motivo del entonces cumpleaños número 76 de quien ya pasó a formar parte del universo del recuerdo y del altar de las leyendas.

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EL MAESTRO DEL SILENCIO

El gran mimo francés Marcel Marceau, quien mañana cumple 76 años, se ha convertido en el artista del silencio por excelencia. Hace más de medio siglo se vale de su ductilidad corporal, expresividad y candidez para transmitir su mensaje pacifista y humanista a públicos de todo el planeta, que se emocionan y ríen con la figura sin edad ni rostro del inconfundible artista.
“Cuando el arte se ve, no hay que explicarlo. Leonardo y Miguel Angel son silencio. Si está permitido presentar artísticamente pasiones y hechos con la ayuda de la música, la pintura, la plástica y la palabra, también debe estar permitido hacerlo silenciosamente”. Marcel Marceau explica su visión del arte mímico con simpleza. Parece querer decir, sin atreverse, que su arte se comprende cuando se conoce. Basta ver, por ejemplo, a su personaje Bip, que creó hace más de medio siglo, dando vida con él a la imagen universal del mimo. Con la cara pintada de blanco, la camiseta marinera y el sombrero de fieltro con la flor roja, esta mezcla de Pierrot y Carlitos -el vagabundo de Charles Chaplin- logra comunicarse sin hablar, recrear espacios y situaciones en un escenario vacío y provocar la risa y hasta la congoja valiéndose únicamente de la precisión de sus movimientos y gestos.
Marceau describe a su creación más conocida con ternura. “Bip es una persona románticamente simple. Un idealista de pueblo, una especie de Quijote. Bip no tiene edad, desentraña la balada de la propia existencia del ser humano”, dice. La explicación parece no convencerlo y lentamente, alentado por su intento de explicar el sentido de su trabajo, comienza a dar cuenta también del objetivo de su vida: “A través de él y de otras creaciones pretendo dejar mi legado, transmitir todo lo que he aprendido. Sobre un escenario siento que soy el testimonio silencioso de toda una época. El arte del mimo es un arte de metamorfosis de la vida, de estados de ánimo, de situaciones trágicas, cómicas, arte metafísico y filosófico, síntesis en verdad de un cuerpo y un alma. Esencialmente el arte del mimo es música. Hay una relación muy estrecha y particular entre la música y el silencio. El mimo intenta una auténtica partitura que tiene que ver con los gestos y la armonía. Hoy más que nunca pienso que el arte del mimo debe ser popularizado y hay que adaptarlo para la televisión”.

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Por siempre Bioy

Una tarde de septiembre de 1998 llamé a su casa, en Buenos Aires. Me atendió una de sus fieles empleadas, a quien saludé por su nombre pretendiendo impresionarla. Tras escuchar mi presentación sin decir palabra, me pidió que esperara un momento. Mientras, mi cabeza bullía. Qué osadía la mía, seguramente vuelve y me dice que lo siente pero no, el señor está muy ocupado y no tiene tiempo para recibirme, que deje mi número de teléfono y ya se pondrán en contacto conmigo, que de estas cosas se ocupa la gente de la editorial, o su agente, que como todo el mundo sabe el señor ya no tiene ganas de dar entrevistas…”Oiga, ¡oiga! ¿Sigue ahí? Dice que si puede usted venir el domingo, a las once de la mañana”. Con la garganta seca dije que sí, que muchas gracias, y colgué. Inmediatamente marqué el número de la redacción de la revista. Iba cayendo en la cuenta de lo que había sucedido al tiempo que se lo contaba a mi editor, quien me escuchaba entre contento y desconfiado. Sí, Adolfo Bioy Casares me había concedido una entrevista. Sí, un domingo. Sí, sí, en su casa…¡Necesito un fotógrafooooooo!

 

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Gandhi, el hombre pacífico

El 30 de enero de 1948, un fanático simuló inclinarse ante el anciano indio al que todos veneraban para disparar la pequeña pistola que guardaba en su bolsillo. Los tres impactos de bala causaron la muerte en el acto del Mahatma,
Mohandas Karamchand Gandhi
, de 78 años.

Recién a finales del año en que Gandhi fue asesinado se proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos y se empezó a hablar en gran parte del mundo de los derechos inherentes al hombre, sin los cuales la vida resulta miserable e indigna. Sin embargo, eso era lo que predicaba, desde hacía más de cinco décadas, este esmirriado y pacífico, pero nunca sometido, abogado indio. Su lucha fue religiosa porque vivía en un país dominado por los fanatismos, en donde la vida de cada niño que nacía estaba determinada de antemano por la casta y el credo de sus padres. Así, el destino de paria o de privilegio era irreversible y, para los primeros, estaban reservados los peores maltratos y bajezas. Gandhi intentó revertir esto sin confrontarlo con más violencia, sino a través del amor, la resistencia pacífica y la educación e información del pueblo. Quizás no logró eliminar el odio, pero sí despertar la conciencia de la humanidad. Leer el resto de esta entrada »