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Hoy se anunció la muerte del mimo francés Marcel Marceau, ocurrida ayer en París, a los 84 años. Sobreviviente del Holocausto, incansable luchador por la paz mundial y artista de probada maestría, Marceau siempre será recordado con la cara de Bip, su personaje más entrañable, el que hizo popular a gran escala un arte hecho de sutileza, silencio y sensibilidad.
Reproduzco aquí un artículo que publiqué hace ocho años en la revista argentina Magazin Semanal, con motivo del entonces cumpleaños número 76 de quien ya pasó a formar parte del universo del recuerdo y del altar de las leyendas.
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EL MAESTRO DEL SILENCIO
El gran mimo francés Marcel Marceau, quien mañana cumple 76 años, se ha convertido en el artista del silencio por excelencia. Hace más de medio siglo se vale de su ductilidad corporal, expresividad y candidez para transmitir su mensaje pacifista y humanista a públicos de todo el planeta, que se emocionan y ríen con la figura sin edad ni rostro del inconfundible artista.
“Cuando el arte se ve, no hay que explicarlo. Leonardo y Miguel Angel son silencio. Si está permitido presentar artísticamente pasiones y hechos con la ayuda de la música, la pintura, la plástica y la palabra, también debe estar permitido hacerlo silenciosamente”. Marcel Marceau explica su visión del arte mímico con simpleza. Parece querer decir, sin atreverse, que su arte se comprende cuando se conoce. Basta ver, por ejemplo, a su personaje Bip, que creó hace más de medio siglo, dando vida con él a la imagen universal del mimo. Con la cara pintada de blanco, la camiseta marinera y el sombrero de fieltro con la flor roja, esta mezcla de Pierrot y Carlitos -el vagabundo de Charles Chaplin- logra comunicarse sin hablar, recrear espacios y situaciones en un escenario vacío y provocar la risa y hasta la congoja valiéndose únicamente de la precisión de sus movimientos y gestos.
Marceau describe a su creación más conocida con ternura. “Bip es una persona románticamente simple. Un idealista de pueblo, una especie de Quijote. Bip no tiene edad, desentraña la balada de la propia existencia del ser humano”, dice. La explicación parece no convencerlo y lentamente, alentado por su intento de explicar el sentido de su trabajo, comienza a dar cuenta también del objetivo de su vida: “A través de él y de otras creaciones pretendo dejar mi legado, transmitir todo lo que he aprendido. Sobre un escenario siento que soy el testimonio silencioso de toda una época. El arte del mimo es un arte de metamorfosis de la vida, de estados de ánimo, de situaciones trágicas, cómicas, arte metafísico y filosófico, síntesis en verdad de un cuerpo y un alma. Esencialmente el arte del mimo es música. Hay una relación muy estrecha y particular entre la música y el silencio. El mimo intenta una auténtica partitura que tiene que ver con los gestos y la armonía. Hoy más que nunca pienso que el arte del mimo debe ser popularizado y hay que adaptarlo para la televisión”.
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