Las bicicletas de Málaga

No sólo París cuenta con un modernísimo sistema de alquiler público de bicicletas. Algo bastante similar se puede encontrar en Barcelona, en Sevilla y en Málaga. Caminando por el paseo marítimo de esta última, hace unos días, me topé con una de las “estaciones” donde se pueden recoger y entregar los vehículos:

Foto de Laura Pintos

En el caso de Málaga el sistema se llama SmartBike y está gestionado por la empresa Clear Channel gracias a un acuerdo de colaboración con el Ayuntamiento y la Empresa Malagueña de Transportes (EMT). Se trata de una prueba piloto que funciona desde mayo pasado.
A diferencia de lo que sucede en la capital francesa, en la ciudad andaluza el uso de las bicicletas es gratuito para quienes posean tarjetas de transporte de la EMT, por un máximo de una hora. Estas personas, mayores de 18 años, deben gestionar una credencial de SmartBike presentando su abono y una tarjeta de crédito o débito, en la cual se le cargará el precio del vehículo en caso de no devolverlo pasadas veinticuatro horas desde su retirada.
En Málaga hay por el momento treinta bicicletas, dispuestas en las dos estaciones habilitadas en la Plaza de la Merced y en la Plaza de la Marina (donde tomé la foto).
Eso sí, el paisaje malagueño dista muchísimo del parisino, repoblado desde hace meses por cientos de afanosos y alegres ciclistas. En Málaga los vehículos sólo pude verlos reposando ordenadamente a la espera de viajeros.

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El éxito de las Vélibs (¿se vienen los coches?)

Una Vélib en la ribera del SenaLas Vélibs, las modernísimas bicicletas que inundan las calles de París desde hace cuatro meses, son un éxito. Lo confirma el corresponsal de The Times en la capital francesa, Charles Bremner, en su muy recomendable blog sobre los encantos y las peculiaridades de la vie en rose.
Apunta Mr. Bremner que ni el primer accidente mortal ni el frío han menguado las repentinas ganas que demuestran locales y extranjeros de salir a pedalear alegremente (y osadamente, doy fe de ello) por las calles más chic del mundo.
Mientras que los turistas se montan en las grises bicicletas de alquiler con el afán de vivir lo que es tal vez la mayor novedad urbanística de París en los últimos tiempos, quienes residen en la ciudad cortada por el Sena las utilizan para trasladarse al trabajo o para volver a casa por la noche, cuando conseguir taxi es tan poco probable como encontrarse un billete de cien euros tirado en la acera.
La huelga de los transportistas no hace sino aumentar la fiebre por las Vélibs, que ya han usado unos ocho millones de personas desde que se instrumentó el sistema de alquiler según cuenta el periodista, quien también confiesa estar harto de perder tanto tiempo intentando encontrar un hueco donde aparcar la bicicleta por las mañanas, tal es la afluencia de intrépidos ciclistas a esas horas en el centro de París.

Y ahora, coches

Bremner adelanta además que el alcalde de París, Bertrand Delanoe, está preparando -junto con la campaña para su reelección- un proyecto similar aunque con coches eléctricos en lugar de bicicletas. Se llamarían ALS’ (Automobiles en Libre Service) y estarían disponibles, sin previa reserva, en pequeñas estaciones de alquiler repartidas por toda la ciudad, en forma similar a las Vélibs. Delanoe se propone así evitar que la gente alquile coches a gasolina o utilice sus propios vehículos para los trayectos cortos, con lo cual se reduciría la contaminación ambiental y se aliviaría el cargado tráfico parisino.

París tomada por los ciclistas

Una estación de bicicletas en St. GermainParís jamás decepciona. Puede resultarnos demasiado bella, romántica o elegante para nuestro gusto y estilo de vida, pero nunca, bajo ninguna circunstancia, sabe a poca cosa. En mi último viaje -apenas una visita de fin de semana- también me sorprendió con la constatación de un nuevo fenómeno que invade sus calles y puentes.
La aparición que resquebrajó el  discreto encanto de la capital francesa como unas medias mal combinadas con la ropa tuvo lugar en Champs Elysées, en una mañana clara y perfumada. Un pequeño grupo de ciclistas sin casco ni temor pasó zigzagueando alegremente entre los coches y los autobuses de dos pisos cargados de turistas. Poco más adelante, otro racimo de intrépidos, sobre unas modernas bicicletas grises idénticas a las anteriores, giró en una bocacalle extendiendo un brazo indolente como señal. A unos cien metros de allí, dos mujeres con faldas veraniegas y sombreros impusieron su ritmo de paseo sabatino a la fila de taxistas que las precedía en el carril, ellas también montadas en las mismas bicicletas platinadas. 
Como una gotera que de pronto se transforma en torrente incontrolable, idénticos vehículos de dos ruedas fueron apareciendo por toda la ciudad hasta convertirse en los actores principales de la escena urbana. Los bólidos grises avanzaban sobre París como si fueran súbitas gárgolas renacidas y el tránsito las  estorbara con su torpeza metálica en su vuelo rasante. Giraban y adelantaban impulsadas por entusiastas pies de todos los tamaños y colores, que parecían haberlas sacado a dar una vuelta larga y enérgica de perro recién incorporado al hogar.
La solución al enigma la encontré en una esquina del Barrio Latino, donde descubrí una especie de cementerio de elefantes  repleto de las mismas bicicletas que había visto repartidas por toda la urbe y donde me explicaron que forman parte de la “Revolución de la bicicleta” lanzada por el alcalde Bertrand Delanoe como una forma de combatir el caos circulatorio de París y recuperar su espíritu liberal, fresco e innovador.
La iniciativa se inició el pasado 15 de julio, cuando 10.600 bicicletas Vélib fueron puestas a disposición de los ciudadanos y visitantes en 750 estaciones repartidas por toda la capital francesa. Los vehículos, de 22 kilogramos de peso y construidas a prueba de vándalos, fueron donados al municipio por una empresa privada a cambio de espacio en vallas publicitarias. Trasladarse en ellas al trabajo, o simplemente dar un paseo, es gratis la primera media hora y luego cuesta un euro por los siguientes treinta minutos, dos euros por la segunda hora y cuatro euros por cada media hora extra, sumas que se pagan en una máquina similar a las de párking con tarjeta de crédito o mediante un abono prepago.
Quien retira una Vélib se compromete a vigilarla en todo momento, a depositarla nuevamente en una de las estaciones y a respetar las normas de tránsito. Esto último es especialmente novedoso para los parisinos, ya que los pocos que circulaban en bicicleta hasta antes de la revolución de Delanoe estaban acostumbrados a saltarse semáforos y señales, amparados por esa ley no escrita que parece beneficiar a los ciclistas de todo el planeta. Puedo dar fe de que los controles han cambiado, ya que a unos metros de Notre Dame vi (por primera vez en mi vida) cómo una mujer policía multaba a uno de ellos por no detenerse ante la luz roja al igual que los coches.
Como es de suponer, la idea de convertir a París en la “ciudad de la bicicleta” -más a tono con la actual crisis medioambiental que el lema lumínico- tiene sus defensores y detractores. Estos últimos aducen razones de seguridad (los accidentes aún no se han producido pero se prevén), critican la escasez de carriles exclusivos para ciclistas y señalan el grave escollo que pronto significará el duro invierno parisino. Los que están a favor, en cambio, no argumentan ni discuten. Son los cientos que surcan las calles encima de las Vélib.

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Mi “cittadina” naranja

Hubo un tiempo en que no concebía la vida sin ruedas. Y no hablo del automóvil. Me refiero a esos años en que esperaba impaciente la hora marcada para salir de casa y jamás lo hacía sin mis patines naranjas bien atados o montada en mi bicicleta, también del color de la mandarina.
Cuando me obligaban a entrar nuevamente, y me plantaban delante un plato de comida, mi cabeza seguía anclada en los paisajes del barrio y mis pies continuaban sintiendo los efectos del movimiento circular que me había mantenido toda la tarde a cierta distancia del suelo y muy cerca, creía yo, del cielo.
Nunca más anduve en patines y las sucesivas bicicletas que tuve fueron más bonitas pero jamás tuvieron las alas que yo le veía a aquella, la naranja, que mi padre me compró la mañana de un sábado de primavera.
Una, gris, se ganó mi indiferencia adolescente. Años después, otra, esta azul, se fue con un desconocido en una ciudad caótica en la que intenté moverme en dos ruedas contra todos los consejos y advertencias. La última, roja, aún me está esperando bajo el óxido en un piso con un ascensor demasiado estrecho. Me he resignado -compruebo- a una negra y mutilada, que me castiga cada semana, atada al suelo, en un gimnasio.
Pero puede que pronto otra bicicleta se acerque a mi vida. Si vuelvo a tentarme con la idea de recuperar sensaciones infantiles a fuerza de pedalear, seguramente esta vez me inclinaré por una Cittadina, el nuevo invento de dos jóvenes cordobeses de la Córdoba argentina.
¿Las tendrán en naranja?

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