Mi burbuja

Una de las cosas que más me molesta es el contacto físico involuntario con extraños. A mí no me gusta que me toque gente desconocida en la calle o en el autobús, personas con las que ni siquiera he intercambiado previamente una mirada de complicidad o bienvenida. Y aquí en España eso es frecuente. Lo hacen especialmente las señoras mayores, que no dudan en ponerte una mano sobre la cintura, la espalda o los hombros para pedir paso o te rozan alegremente en los pasillos del supermercado y en las tiendas.
Lo que sucede es que la cercanía física ocasional no está mal vista; ni siquiera se repara en ella. Yo, en cambio, la sufro como coscorrones inmerecidos e inesperados. Necesito la protección de mi burbuja. No soporto percibir pieles, olores y alientos extraños.
En Argentina, hay que decirlo, ese espacio individual se respeta mucho más. Pero es que allí la mayoría de las intromisiones obedecen a malas intenciones, por lo que, paradójicamente, el respeto y la consideración del espacio individual obedecen a la inseguridad y la desconfianza hacia los demás. Aquí, alegres y despreocupados, no dejan de rozarse, chocarse y tocarse. Y yo de lanzar miradas furibundas que -ahora lo veo claramente- nadie entiende.

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Seis buenas y seis malas de España

Seis buenas y seis malas de España

Parque del Retiro, MadridVenusina y Marian me pasaron un nuevo meme. En este caso la consigna es enumerar seis cosas que nos gusten y otras tantas a las que no les damos importancia. Por los temas que toco en este blog (periodismo, literatura, viajes, cine, sociedad) se puede inferir fácilmente lo primero. Y sobre lo segundo….bueno, está claro que no suelo ser indiferente a casi nada que me afecte o me pase cerca. Soy tremendamente curiosa. Así que, como estoy en la República Independiente de Mi Blog y aquí se hace lo que yo digo, he decidido darle una vuelta de tuerca al juego y hablar de lo que me satisface y lo que no del lugar donde vivo.

Seis buenísimas:

- Poder caminar tranquilamente y mirando hacia donde uno quiera (están descartados arrebatos de bolsos, tocamientos por parte de extraños y aceras rotas).
- Que haya aire acondicionado y calefacción en el metro y en los autobuses.
- Que cuando te pare la policía no sientas nada, nada de miedo por tu integridad y la de tu cuenta bancaria.
- Que todo el resto de Europa quede tan cerca.
- Poder hacer planes.
- Que se coma tanto y tan bien sin complejos absurdos ni presiones sociales esclavizantes.

Lista negra:

- Que no se acostumbre a hacer cola en la parada del autobús.
- Que la gente proteste poco cuando se da un mal servicio.
- Que no cunda el delivery.
- Que encontrar helado bueno sea como jugar a la búsqueda del tesoro.
- Que muchos hablen en un tono de voz tan alto.

Les paso el meme (el original o el tergiversado, a elección) a otras emigradas: Chili, Marce, Pompina y Karina.

 

Castillos en el aire

Con cierta frecuencia recibo correos electrónicos de compatriotas que sueñan con emigrar a España. Es gente que me contacta a través del blog, a la que no conozco personalmente, y que busca consejo para planificar su autoexilio. Generalmente se trata de pedidos encubiertos de trabajo, o al menos de que les eche una mano en este sentido, y siempre, siempre, la historia termina con una persona decepcionada -y muchas veces también enojada- de un lado, el americano. A mí esto me entristece profundamente y como la escritura muchas veces oficia de catarsis, y creo que hacer pública esta situación puede servirle a otros, aquí estoy, aporreando el teclado y saltándome la consigna bloguera de ser breve.
La decisión de emigrar es tremendamente personal y no sigue un patrón único a la hora de establecer motivaciones. La causa más común es el factor económico (otro país ofrece más trabajo y, por ende, un mejor nivel de vida), pero también empujan hacia afuera cuestiones políticas (le sucedió a los argentinos durante la dictadura; le sigue pasando a muchos colombianos, por poner dos ejemplos), de seguridad personal (cuántos argentinos o brasileños nos hartamos de robos y violencia; cuántos colombianos de secuestros y crímenes) y románticas (el amor, por un lado, y el deseo de aventura, por el otro). De nuestras motivaciones dependerá también, más tarde, el balance que saquemos de la experiencia. Si vinimos por unos años para estudiar o para conocer mundo y luego volver, o si estamos aquí trabajando a destajo, sin importarnos compartir vivienda y recortar al máximo caprichos y salidas para enviar dinero cada mes a nuestro país de origen, es más probable que la conclusión sea positiva. Si, en cambio, llegamos creyendo que íbamos a poder hacer valer inmediatamente nuestro curriculum profesional y aptitudes para ocupar una posición similar -o incluso mejor- que en nuestra nación de origen, o si pensamos que nuestras ideas de negocios serían recibidas como el agua en el desierto, es muy posible que la evaluación arroje resultados negativos.

La situación de España

La globalización ha cambiado nuestra visión del mundo de un planeta compartimentado y aislado hacia un inmenso terreno abierto que podemos (y tenemos derecho a) conquistar con la fuerza de nuestro empeño y la perseverancia que da tener los objetivos claros. Esto ha hecho que hoy ningún país se mantenga ajeno al fenómeno migratorio, bien como expulsor o bien como receptor, según hacia qué lado se incline la balanza (siempre móvil y caprichosa) de la riqueza.
España está desde hace unos años en el extremo amable y por tanto es anfitrión de millones de huéspedes atraídos por la cercanía geográfica e histórica (marroquíes, más recientemente ciudadanos de Europa del Este) y por un sentimiento de unidad linguística y cultural (latinoamericanos). La economía española necesitaba de esta inyección de sangre nueva, trabajadora y vigorosa, para seguir alimentando la caldera de su crecimiento. Lo ha demostrado abriendo sus puertas con acuerdos bilaterales de empleo y regularizaciones masivas de inmigrantes.

No más psicólogos ni dentistas

Pero este escenario, ideal para muchos, no es el que esperan -el que sueñan o imaginan a miles de kilómetros- la mayoría de los argentinos que anhelan con emigrar a la “Madre Patria”. Aquí comienza la realidad que me hace aparecer hostil (lo entiendo, a nadie le gusta que le derriben los castillos que ha construido en el aire como asidero para la esperanza): España tiene ya demasiados profesionales. Lo que requiere, casi con la única excepción de médicos, son personas dispuestas a trabajar en el servicio doméstico, en el cuidado a niños y mayores, en la hostelería y restauración, en la construcción (ahora no, que está en plena crisis, pero lo fue hasta hace muy poco y lo volverá a ser en un par de años) y en la agricultura. No digo que sea imposible para los demás, pero sí que es muy difícil y que es vital venirse con algo concreto desde allá que traiga aparejados “los papeles” (o se cuente, como en mi caso y el de muchos, con doble nacionalidad y una de las dos sea europea).
Para los colegas periodistas les cuento que el panorama es aún peor: la profesión está de moda también aquí. Esto provoca que cada año miles de jóvenes salgan con el título bajo el brazo dispuestos a trabajar por poco o nada con tal de tener su oportunidad. Así, los sueldos son muy bajos y las redacciones están llenas de pasantes (aquí se los llama becarios). Para colmo de males, en España funciona casi tanto como allá el acomodo (aquí conocido como enchufe).
Hace un tiempo una chica me decía que pensaba apuntar a un puesto en la administración pública por su experiencia y perfil. Pues bien: aunque siempre hay un pequeño porcentaje de contratos (reservados, como suele suceder en todo el globo, a amigos, colaboradores cercanos y acomodados/enchufados), a la gran mayoría de los cargos públicos (sí, a todos: secretaria de un ministerio, administrativa en una oficina gubernamental, bibliotecario, bombero, agente forestal, maestra escolar, profesor, juez, cardiólogo, celador, etc.) se accede a través de oposiciones, que son concursos públicos de alta exigencia a los que se presentan miles de candidatos por plaza. Y a las oposiciones sólo pueden acceder quienes poseen la nacionalidad española.

Los papeles

Justamente el primer punto a considerar, el más básico e importante, es el de “los papeles”. Es prácticamente imposible hoy en día encontrar trabajo en España sin tener permiso de trabajo y residencia. Por supuesto que hablo de un empleo en condiciones dignas y que esto sucede más en las grandes ciudades que en los pueblos y más en los puestos jerarquizados que en los ubicados en el último peldaño del escalafón profesional. Pero permanecer aquí más allá de los tres meses que dura la visa de turista supone sumergirse en una dimensión paralela en la que resulta casi imposible desde abrirse una cuenta en un banco y adquirir un móvil (celular), hasta conseguir vivienda y trabajo.
Los permisos se tramitan en el país de origen con una oferta concreta de trabajo en España, a través del Consulado. Cualquier otra posibilidad hay que consultarla también allí antes de venirse. Una vez aquí puede que nos encontremos con que debemos regresar para volver a empezar o que ni siquiera nos dejan entrar, ya que en los últimos meses se han extremado -a mi juicio, exagerada e injustamente- los controles migratorios en los aeropuertos.

Un rayo de esperanza

A todas estas cuestiones prácticas se les suman muchas afectivas: es duro estar lejos de la familia y amigos, rehacer toda la red social y laboral, pagar nuevamente para los que ya teníamos un cierto camino andado el universal “derecho de piso” de los recién llegados, enfrentarse a nuevas costumbres y ser “el diferente”. Todo parece negativo, ¿verdad? No lo es, sólo se trata de la cruda realidad -sin máscaras y dejando a un lado los milagrosos, pero muy escasos, golpes de suerte- que deben conocer quienes se enfrentan a una decisión tan fundamental y compleja. Es mejor venir sabiendo lo que hay, porque así se evita cargar con una pesada maleta hecha de fantasías, prejuicios y mentiras que sólo nos hará las veces de lastre y nos llevará años poder soltar para integrarnos y ser felices. Luego, una vez instalados aquí con las cosas bien hechas y dándole tiempo al tiempo, empiezan a salir las flores. Hay muchas variedades, a cual más fragante y colorida: tranquilidad, bienestar general, seguridad, salud y educación públicas de buen nivel, transportes públicos eficientes, menos corrupción, más igualdad, mejor calidad de vida. Para mí son claves, para otros no compensan la lejanía y el peso de la nostalgia.

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Regalos imaginativos

foto diario 20 MinutosMadrid palpita a ritmo navideño. Las calles refulgen gracias a magníficos juegos de luces, las tiendas están repletas de clientes, suenan villancicos en todos lados, los restaurantes no dan abasto con las comidas y las cenas de empresas, el gobierno se pone nervioso ante las subidas de precio, las familias y parejas histéricas negocian encuentros y desencuentros. Aunque las actividades oficiales relativas a las fiestas comienzan recién este fin de semana, en la capital española -como en la mayor parte del mundo- hace días que sólo se piensa en preparativos, brindis, vacaciones y regalos. Todos estamos ansiosos por sumarnos a esta bacanal colectiva de despedida de año que hace tiempo perdió su significado religioso.
Lo que también ha variado es la forma de hacer regalos. Tradicionalmente, en España* el presente más importante lo traían los Reyes Magos, mucho más asociados a la cultura local y al catolicismo que el foráneo Papá Noel. Pero han pasado los años y don Claus ya pagó su derecho de piso de inmigrante. Ahora es uno más de la famlia y como tal es esperado y recibido casi con idéntico alborozo que a los tres jinetes de camello (aunque el regalo más “importante” sigue siendo prerrogativa de los monarcas).
¿Acaso hay mejor manera de “entrar” a una casa que cargando regalos? Mal que nos pese, el consumismo tuvo un gran papel en este cambio. Resulta difícil resistirse a su zalamería y esto ha hecho que todos, en mayor o en menor medida y especialmente en estas fechas, hayamos caido rendidos a sus pies. Compramos, gastamos, comemos y bebemos mucho más de lo que deberíamos por salud, decoro y presupuesto.
Lo que hagamos con nuestro cuerpo no hay dieta de enero que no lo cure, pero en el tema de los regalos creo que debemos adoptar una actitud más responsable y práctica. En las empresas, desterrar ya de una vez por todas las tarjetas en papel (poco ecológicas y aún menos apreciadas) y preferir regalos útiles para los clientes en lugar de adornos de escritorio junta-polvo. En la familia, dar presentes que tengan el valor añadido de haber sido pensado y buscados con esmero y que respondan, por tanto, a los gustos y expectativas de quien los recibirá. ¡Y ser imaginativos! Los servicios y las actividades de ocio son una muy buena opción cuando la persona a quien se quiere gratificar lo tiene todo: un día de spa, un bono de masajes, un paseo en helicóptero o en globo, un curso de cocina o de cata de vinos, una escapada de fin de semana o una selección personalizada de música (se puede entregar en un MP3, en un Ipod, en una memoria USB o en un CD, y hacer algo similar con películas o juegos de ordenador), entre otras alternativas. Para los pequeños, los juguetes no tienen contra, pero no es mala idea regalarles también una chequera de “horas de juego con mamá o papá” o algún paquete turístico-lúdico de fin de semana para hacer en familia (“vale por un almuerzo en …. + visita al zoológico” o “vale por una tarde de cine + cena de pizza casera hecha entre todos”) y hacerlos participar de una obra benéfica navideña (puede ser un buen momento para revisar juguetes y ropa y llevar lo que ya no usan a alguna institución).
Y para todos libros, siempre libros.

* En Argentina es justo al revés: los regalos más importantes los trae Papá Noel, se dejan debajo del árbol y se abren a la medianoche. Los Reyes Magos dejan en los zapatos, el 6 de enero por la mañana, algún presente de menor valor.

De nuevo Gelman

XVI

No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza.
La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida.
Nacemos y nos cortan el cordón umbilical. Nos destierran y
nadie nos corta la memoria, la lengua, las calores. Tenemos que
aprender a vivir como el clavel del aire, propiamente del aire.
Soy una planta monstruosa. Mis raíces están a miles de
kilómetros de mí y no nos ata un tallo, nos separan dos mares
y un océano. El sol me mira cuando ellas respiran en la noche,
duelen de noche bajo el sol.
roma/14-5-80

(Bajo la lluvia ajena)

Gracias, Blanca Lowenstein.

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Los que llegan y los que reciben

Productos argentinos en MadridLa diversidad nos enriquece, nos obliga a reflexionar y a elegir, nos educa social y cívicamente, amplía nuestro campo de miras y -curiosamente- nos reafirma en nuestra propia individualidad. Pero no todos parecen entenderlo así y hay quienes se afanan en luchas necias por preservar murallas invisibles que los mantienen (creen ellos) a resguardo de la confrontación con lo que es diferente y por tanto entraña un desafío a la comodidad de lo conocido y a la seguridad de lo uniforme.
Irse o llegar implica, para ambas partes, iniciar un proceso de adaptación que está íntimamente ligado a la comprensión y al respeto mutuo. Siempre el que arriba debe conceder un poco más que el que acoge. Como cuando se visita una casa en calidad de huésped, el inmigrante se atiene a las leyes del país de acogida, se integra a su vida cultural y social y asume poco a poco muchos de sus hábitos y costumbres. Es un proceso natural y progresivo. Es inevitable que también el nuevo, el extraño, aporte a ese nuevo hogar algunos de sus usos y su particular visión del mundo.
Este proceso adaptativo suele ser fuente frecuente de roces e incluso de choques entre ambas partes, generalmente motivados por la resistencia de quienes sienten atacada su identidad o menoscabadas sus prerrogativas ante la llegada de extranjeros. Le ha sucedido a  todos los pueblos del mundo con sus respectivos procesos migratorios.
Tras una larga tradición como país de emigrados, España está en este momento histórico del lado de las naciones receptoras. La inmigración es hoy el petróleo que mueve su economía. La peculiaridad del caso español es que lleva poquísimos años en esta situación y ya lidera la lista de países con mayor porcentaje de extranjeros (10 por ciento de la población), lo que ha llevado a que se hable de un boom migratorio.
Un fenómeno tan rotundo y veloz obliga a una adaptación tremenda que pocas sociedades pueden encajar bien. Teniendo en cuenta esa velocidad y el tamaño del flujo migratorio, las cosas marchan en forma más que aceptable. Aunque en los últimos días el deleznable ataque de un joven a una menor ecuatoriana en Barcelona ha reactivado el debate sobre discriminación, el clima general que se vive en España es pacífico y respetuoso, y la mayoría de los españoles han reaccionado a estas noticias con indignación y tristeza.
Puede que haya más gente aquí que, sin llegar a tales extremos de xenofobia y violencia, piense en su fuero íntimo (y refunfuñe sólo entre los suyos) que los inmigrantes representan un ataque directo a su forma de vida. Contra esto no se puede luchar más que con educación (además de estudiar historia y economía yo los mandaría a viajar un poco por el mundo) y con una justicia sólida y clara que se haga cumplir. Y con una sociedad -que hacemos todos- en la que impere la libertad y el respeto y que no deje hueco para la permisividad ante estos comportamientos

El calendario al revés

Cuando has vivido toda tu vida en un hemisferio y un buen día te mudas al otro sufres una extraña forma de amnesia selectiva y un pertinaz despiste temporal. Ambas patologías -nada graves por cierto, aunque fuentes frecuentes de diversos traspiés, olvidos y arrepentimientos- son derivadas de haberle dado la vuelta al calendario como si se tratara de un sencillo reloj de arena.
Una vez cabeza abajo, uno da por descontado que todo lo que somos, sabemos y pensamos asumirá el cambio y tomará el nuevo rumbo en forma natural. Es entonces cuando comprueba que hay ciertas cosas que se resisten a la lógica e incluso a la ley de la gravedad y,  en lugar de reacomodarse, optan por soltar amarras y volar libremente sin responder a ningún tipo de reglas ni tácticas.
Es el caso de las las fechas señaladas. Conmemoraciones, días patrios, aniversarios y cumpleaños que antes recordábamos, festejábamos y felicitábamos como buenos alumnos forman parte ahora de una opaca nebulosa que no logramos atar a la memoria o se dedican a saltar por el almanaque sin ton ni son.
Algunas cosas no se celebran en la misma fecha, como el día del padre o de la madre, y otras no tienen sentido en el nuevo destino porque son históricas o simplemente no se les da importancia, como el día del amigo, célebre en Argentina e inexistente en España.
Pero otros festejos y eventos, que no cambian de día en ninguna parte del mundo, te pillan desprevenido y confundido porque se han divorciado del clima y del ciclo laboral y escolar y aparecen cuando menos te lo esperas, sin previo anuncio y como desencajados de su antes habitual entorno.
Es algo difícil de explicar si no lo has vivido, pero les aseguro que aunque pasen los años quienes venimos de la mitad sur del planeta no logramos acostumbrarnos a la idea de irnos de vacaciones de verano en medio del año, festejar la Nochebuena con bufanda como en las películas, volver al trabajo después de brindar por el nuevo año y realizar cursos y estudios de septiembre a septiembre. Y supongo que a los del norte les sucedería algo similar si migraran hacia abajo y tuvieran que reordenar las piezas sobre un nuevo tablero temporal.
Así que la próxima vez que me excuse o nunca llame (esto va para los de allá) o ponga cara de poco entusiasmo y parezca perdida en el desierto en medio de un sarao (les toca a los de aquí) ya lo saben: el calendario se me dio vuelta y no encuentro manera de enderezarlo. Por eso, para mí, todo el año es carnaval.

Yo también me subasto


Leo que un británico se subasta sí mismo en eBay y no le está yendo nada mal. El hombre fue plantado por su novia con los billetes para unas vacaciones a Jamaica en la mano y decidió ofrecerse como compañero de viaje al mejor postor, en este caso femenino. Pues bien, inspirada en el anónimo despechado, yo he decidido ponerme también a subasta.

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Días de avión

Llamo “día de avión” a un estado de ánimo que he descubierto a este lado del mundo y en este capítulo en borrador de mi vida.
Este estado de ánimo sólo me invade cada cierto tiempo, cuando se despierta de su letargo sacudido por un montón de ruiditos apenas audibles, pero que terminan por formar bulla con la suma de su tintineo. Entonces, se despereza con insolencia y lentamente va estirándose por mis venas, músculos y piel hasta ocuparme por completo, sin dejar ningún resquicio.
Los “días de avión” no son días tristes ni dolorosos. Tampoco son grises. Más bien tienen un color rojo intenso, son mullidos y tibios y huelen a siesta. Son días en que la curiosidad se apaga como un interruptor y lo único que apetece es cerrar los ojos y volver a lo conocido. En esos momentos aún puedo ver lo bonito, apreciar lo verdadero y disfrutar de lo bueno, pero todo ello palidece ante la idea inútil pero imperiosa de regresar al punto de partida, de refugiarme sin tener que dar explicaciones, como una niña pequeña en brazos de su madre tras una fuerte regañina.
Escribo esto en un “día de avión”, y aunque no cogeré ningún vuelo porque sé que estos días son cortos y, aún más, inofensivos, cuento las horas mientras bato en silencio mis alas de mariposa para hacer un trayecto imaginario hasta el lugar que ya no existe tal como lo recuerdo, cuando era la que dejó de ser para convertirse en quien soy hoy.

Contar hasta once

Dice la Oficina del Censo de Estados Unidos que hoy ese país se convertirá en el tercero a nivel mundial en cantidad de población, cuando alguien -hasta entonces anónimo- se convierta en el ciudadano número 300 millones.
Esta ascensión demográfica imparable contabiliza un nuevo punto en el país de las estrellas exactamente cada once segundos. Así resulta del balance entre nacimientos, entrada de inmigrantes –legales e ilegales- y muertes.
Ocho, nueve, diez, once…nace un niño en una típica familia norteamericana, con cuenta bancaria a su nombre, colesterol y una habitación decorada con osos y flores. Nueve, diez, once…muere un anciano en su piso neoyorquino, polvoriento y lleno de gatos. Nueve, diez, once…se suicida un vendedor de coches de Carolina del Norte entre las vitrinas de su colección de armas. Nueve, diez, once…logra poner pie in the holy land un mexicano sudoroso que pregunta en español cómo llegar a Seattle. Nueve, diez, once…arriba al aeropuerto de Miami un estudiante latinoamericano, dispuesto a sacarle provecho a su visado y a encontrar la forma de escabullirse luego. Uno, dos, tres, cuatro…
Aquí también varían por segundos el debe y el haber de las cuentas ciclópeas de la población española que, al igual que allí, arrojan ahora un saldo positivo esperanzador y tranquilizador. Cada cierta cantidad de segundos o de minutos aquí también nacen niños –los más hijos de inmigrantes y los menos españoles-; mueren ancianos –casi todos españoles y muchos de ellos solitarios y últimos habitantes de aldeas que se van vaciando-; pierden la vida familias enteras en accidentes de tráfico –brutales, incomprensibles- y llegan otras tantas cargadas de maletas, miedos, sueños e ilusión. Sin duda el tiempo puede medirse, pero un segundo, que normalmente dura lo que tarda en fundirse el aliento en el aire fresco de la mañana, parece alargarse mágicamente en una pausa intemporal cuando está coloreado por la felicidad o empañado por las lágrimas. La vida, tan ligada al paso del tiempo, no siempre obedece a sus leyes ni responde a estadísticas.