Un capricho que agoniza

Starbucks fue durante bastante tiempo uno de mis lugares preferidos en Madrid para tomar algo y leer un rato. Era mi sala de espera, mi punto de encuentro y mi “mimo” tras una larga caminata o día de trabajo. Tenía varias ventajas: 1) Nadie te miraba mal por estar un par de horas ocupando una mesa; 2) No permite fumar; 3) El té chai es exquisito, y los batidos -frappucinos- no están mal para el verano. El gran inconveniente siempre fue el precio: es bastante caro (hay que pensar en unos cuatro o cinco euros por bebida y entre tres y cinco para comer algo dulce, más o menos).
Cuando volví al mundillo freelance mis “caprichos starbuckeros” sufrieron el primer batacazo: en las asépticas cafeterías de la cadena el wi-fi es de pago. Me pareció una medida absurda y obsoleta, que poco tenía que ver con el estilo de la casa, tan funcional, moderno y urbano. Mis visitas a Starbucks se fueron, pues, espaciando.
Sin embargo no fue hasta hace unos días cuando recibieron la estocada final que las dejó agonizantes. Sucedió al comprobar que, en medio de los problemas por los que atraviesa la empresa, en lugar de buscar salidas imaginativas a la crisis (la de ella y la del país en general), se ha optado por bajar la calidad -mi batido era pura azúcar y hielo-, restringir el servicio -¡no compran más periódicos!- y quitar las mesas de la acera, al menos en la sucursal que yo visité en el Barrio de Salamanca. En lugar de lanzar ofertas y promociones y redoblar el mimo hacia el cliente han optado por recurrir a la tijera sin más. Si en un comercio en el que el consumo tiene más que ver con darse un gusto que con la necesidad te tratan mal u obtienes menos o incluso lo mismo que en otro mucho más barato, la opción está clara. Al menos para mí.

 

PD: Igual nunca llegué a ser una fanática “starbuckista”, de esas que tanto irritan al amigo de Entretanto ;-)

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Casual day

Viernes, nueve y media de la mañana, en el autobús de camino a la biblioteca. Después de un mes y medio de inusual lluvia llevamos dos días de rabioso sol y calor en Madrid. Como las flores al inicio de la primavera, la explosión de piernas, hombros y dedos de los pies al aire nos advierte de que ahora sí, por fin, empieza el verano. Hay jardineros trabajando en las plazas y en los microjardines de las rotondas y  mamás treinteañeras paseando a sus bebés en carritos espaciales de tres ruedas. Detrás de los cristales de un edificio de oficinas veo a un grupo reunido alrededor de una mesa ovalada. Van vestidos con vaqueros y camisa sin corbata, como corresponde al casual day. Su gesto serio y concentrado no me engaña: por dentro celebran estar a un paso del fin de semana y vislumbrar ya, al fondo, la línea de meta de las vacaciones y el horario de verano; ni siquiera se enteran de lo que está hablando el hombre mayor ubicado en la cabecera. Hoy paso de largo a Amy Winehouse, que me acompañó cada día de esta primavera gris ya olvidada, y dejo que Mika me diviera con sus falsetes de diva de discoteca de carretera.
De repente, el autobús se detiene. Aquí no hay parada y el semáforo está en verde. El conductor nos mira por el espejo retrovisor a los cinco pasajeros que quedamos desperdigados por la larga cabina refrigerada. Sonríe y abre las puertas. Todas, la de adelante y la doble del centro. Lentamente se levanta, sube la pequeña valla que hay junto a su asiento, se alisa la camisa arrugada, se echa hacia atrás el pelo del flequillo y sale por la puerta. Lo veo dirigirse silbando a un kiosko pintado de blanco y azul. Es un puesto de lotería. Quién dice que hoy no pueda ser su día.

 

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Postales de Madrid: hombres de arena

estatua

 

Madrid está llena de estatuas de piedra y bronce, pero también de las de carne y hueso con hucha. Entre estas últimas hay decenas de blanquísimas figuras de aire griego -las primeras que inauguraron esta moderna representación callejera- y algún que otro robot, hombre del espacio y torero. Me encantan, aunque creo que ninguna llega a alcanzar la perfección de estos gemelos de arena que se ubican a la vera del Paseo del Prado y que por momentos parecían creaciones muy bien logradas de otro tipo de artistas

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Postales de Madrid: máquina de libros

Vending de libros

Máquina expendedora de libros instalada en la estación Recoletos del tren Cercanías, en Madrid. Con títulos como La catedral del Mar, de Ildefonso Falcones; Inés del alma mía, de Isabel Allende; El afgano, de Frederick Forsyth, o Eres lo que comes, de Gillian McKeith, entre otros. Todos en edición de bolsillo y con un precio de entre seis y nueve euros.

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Postales de Madrid: Patriota (de los pies a…)

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Postales de Madrid: ¿A cuánto el milagro?

Santeria Milagrosa (Huertas)

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Feo por fuera, lindo por dentro

www.myvinilo.comUno de los conceptos que tuve que replantearme y reformular desde que vivo en España tiene que ver con la concordancia entre el aspecto exterior de una casa y su estado interior. En Argentina, si un edificio tiene una fachada cochambrosa y antigua, lo más probable es que la mayoría de las viviendas que alberga (por no hablar de pasillos, rellanos y escaleras) esté igual de perjudicada y descuidada. Otro tanto sucede a la inversa, por lo que al otro lado del Atlántico es frecuente ver, salpicadas en todas las grandes ciudades, ocupando selectos barrios o en destinos turísticos de alto nivel, espléndidas residencias de costosas terminaciones, dimensiones soberbias y rodeadas de jardines de cuento, cuyo interior suele corresponderse a la perfección con su opulenta fisonomía.
En España esto no es así. Al menos una cosa no necesariamente lleva a la otra. Aquí puede uno encontrarse con una casa cuyo frente aparece bien pintado y prolijo pero resulta más bien modesto y hasta anodino y, al entrar, descubrir un modernísimo ambiente con lo último en diseño y confort. O entrar a un edificio temiendo por la propia integridad física en vista del estado de la escalera, la oscuridad del hall y el abandono del portal y -como me pasó hace un par de meses- encontrarse cuatro pisos sin ascensor más arriba con un ático de ensueño asomado a las azoteas más castizas de Madrid.
www.myvinilo.comAhora recuerdo mi primera búsqueda de vivienda en esta ciudad y me río ante mis reacciones. Fue hace sólo cinco años y medio, y aunque este lapso de tiempo equivale a una breve siesta para una ciudad, en el caso de la capital de España ha sido un período de profundos cambios, desarrollo y cosmopolitización. En aquel momento desdeñé más de una oferta de alquiler sin llegar a entrar al inmueble en cuestión, espantada al ver la ropa colgando de los balcones o una fachada demasiado antigua que me hacía temer cañerías obsoletas y heladas habitaciones. ¡Qué equivocada estaba! Gran parte de los pisos han sido remodelados y reciclados a fondo y lo que aquí importa es lo que hay de puertas para adentro, como debe ser. Recuerdo en este momento -por citar el ejemplo opuesto- que en aquella ocasión también vi varios apartamentos en el exclusivo Barrio de Salamanca que me asustaron por su malísimo estado, falta de luz y altísimo precio.
En mi última mudanza estuve a punto de repetir viejas conductas, aún esclava de prejuicios trasatlánticos. Cuando llegué a la colmena donde hoy resido debí obligarme a subir y tocar el timbre de esta casa. Fue una excelente decisión y la constatación de que debía ver las cosas desde otro punto de vista.

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Las fotos que ilustran este post son de MyVinilo, una empresa que ofrece vinilos decorativos para alegrar y transformar todas las paredes de la casa. Pueden colocarse también sobre muebles, son removibles y además existe la posibilidad de crear tu propio diseño. I love it.

Velocidad y alcance vs. comodidad

¡Me encanta este anuncio!:

 

Y confirma algo que todos sabemos: viajar en metro siempre es más rápido. Pero quizás esta publicidad también responda a cierto descenso del número de pasajeros y como recordatorio de las ventajas que tiene el transporte subterráneo frente a algunas contras que últimamente se han exacerbado.
El metro de Madrid sumó ochenta nuevas estaciones en el marco del Plan de Ampliación 2003-2007. Esto hace que en la actualidad cuente con un total de 350 paradas distribuidas a lo largo de doce líneas más un ramal. Este impresionante entramado de vías cubre toda la ciudad por debajo de la superficie como un sistema capilar, y alcanza ya a gran parte de sus barrios periféricos y nuevas urbanizaciones, algunos bastante alejados y protagonistas de una importante reactivación gracias a su flamante conexión con el metro.
El problema es que cada vez se viaja peor. Imaginen que tienen un coche de cinco plazas, de tamaño mediano y, eso sí, gran confort y prestaciones, pero que de repente se suman trillizos a la familia. Más la abuela. Y el perro que tampoco quiere perderse los paseos familiares. Y que de camino el vecino les hace autoestop.
Así se viaja hoy en Madrid en las horas punta. De pie y apretujaos, pero entre desconocidos*.

plano del metro de Madrid

*Esta es la gran contra del metro madrileño. Para los que leen CD desde Argentina y alrededores, me gustaría señalar algunos detalles que por supuesto hablan muy a favor del subterráneo local. Además de que llega a casi todos lados, hay que tener en cuenta que la mayoría de las líneas cuenta con vagones muy modernos, que incluyen aire acondicionado y calefacción. También, que existe un abono mensual que supone un importante ahorro y que permite viajar tanto por metro como por autobús todas las veces que uno quiera.

Desubicada

A la salida de mi clase de yoga, camino del metro, aproveché para entrar a un salón de té muy chic y very british que tenía en mente como oficina al paso para trabajar algunas tardes en mis reportajes y otros escritos. Había una dependienta tras la caja, en la mini-tienda que sirve de antesala a la zona de mesas. Esperé a que le cobrara un tarro de mermelada y unas galletas de jengibre a una clienta y después le pedí una tarjeta del lugar(tengo afán por juntarlas, aunque sólo conservo las de los lugares donde quiero repetir y puedo recomendar) y le pregunté si ofrecían lo que andaba buscando:

Yo -¿Tenéis wi-fi?

Ella – ¿Cómo?…¿Wi…whisky?

Yo – Wi-fi. Internet para los clientes.

Ella -(Con la mejor cara de desconcierto que vi en los últimos meses) Esto…¡es un salón de té!

No respondió a mi saludo de despedida.

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Conduciendo, Miss Daisy

Esto no es un diálogo, sino una postal urbana tomada en una tarde lluviosa y fría en Madrid.

El cielo de MadridOcurrió hoy mismo, cuando caminaba bajo mi paragüas de vuelta hacia el trabajo tras la pausa de mediodía. Iba ocupada en evitar los charcos que se habían formado en las baldosas y pensando en mil cosas cuando de repente reparé en una anciana de impermeable blanco que avanzaba con temblorosos pasos de geisha unos cuantos metros por delante de mí. Iba algo encorvada y ladeada hacia la derecha sobre un bastón de metal.
Lo primero que pensé fue que no era la mejor tarde para que una mujer de su edad saliera a dar una vuelta por el barrio a menos que acudiera a una cita médica impostergable. Hoy llovió sin tregua sobre la ciudad y sin embargo ella no llevaba paragüas. Razoné que seguramente con cargar con el bolso, el bastón y todos los achaques de los años ya tenía bastante y que había optado por mantener una mano libre para maniobrar con algo más de soltura.
Entonces la viejecita torció levemente su rumbo y comenzó a acercarse al bordillo de la acera, donde estaba aparcado un Opel Corsa también bastante baqueteado. “Aaaahh -dije para mis adentros- no lleva paragüas porque su paseo será breve: la han venido a recoger en coche, tal vez un hijo o su nieta”.
Para mi asombro, la mujer no rodeó el vehículo para subirse del lado del acompañante, sino que recostó el bastón en el parachoques delantero y con pulso vacilante abrió la puerta del conductor. Luego, con movimientos de cámara lenta tomó nuevamente el palo de metal que hasta entonces la había sostenido y lo introdujo en el coche. Llegada a ese punto (y mientras yo imitaba su ritmo en el andar para no perderme detalle) empezó a girarse de cara a la acera a la vez que se inclinaba para sentarse. Tardó unos dos minutos en completar el movimiento, todavía un par más en acomodarse de frente al volante y otros cuarenta segundos en cerrar la puerta en lo que pareció un esfuerzo agónico. Lo último que vi antes de doblar en la esquina fue como se echaba una breve miraba en el espejito y hacía toser al motor adormilado del Corsa.

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