Starbucks fue durante bastante tiempo uno de mis lugares preferidos en Madrid para tomar algo y leer un rato. Era mi sala de espera, mi punto de encuentro y mi “mimo” tras una larga caminata o día de trabajo. Tenía varias ventajas: 1) Nadie te miraba mal por estar un par de horas ocupando una mesa; 2) No permite fumar; 3) El té chai es exquisito, y los batidos -frappucinos- no están mal para el verano. El gran inconveniente siempre fue el precio: es bastante caro (hay que pensar en unos cuatro o cinco euros por bebida y entre tres y cinco para comer algo dulce, más o menos).
Cuando volví al mundillo freelance mis “caprichos starbuckeros” sufrieron el primer batacazo: en las asépticas cafeterías de la cadena el wi-fi es de pago. Me pareció una medida absurda y obsoleta, que poco tenía que ver con el estilo de la casa, tan funcional, moderno y urbano. Mis visitas a Starbucks se fueron, pues, espaciando.
Sin embargo no fue hasta hace unos días cuando recibieron la estocada final que las dejó agonizantes. Sucedió al comprobar que, en medio de los problemas por los que atraviesa la empresa, en lugar de buscar salidas imaginativas a la crisis (la de ella y la del país en general), se ha optado por bajar la calidad -mi batido era pura azúcar y hielo-, restringir el servicio -¡no compran más periódicos!- y quitar las mesas de la acera, al menos en la sucursal que yo visité en el Barrio de Salamanca. En lugar de lanzar ofertas y promociones y redoblar el mimo hacia el cliente han optado por recurrir a la tijera sin más. Si en un comercio en el que el consumo tiene más que ver con darse un gusto que con la necesidad te tratan mal u obtienes menos o incluso lo mismo que en otro mucho más barato, la opción está clara. Al menos para mí.
PD: Igual nunca llegué a ser una fanática “starbuckista”, de esas que tanto irritan al amigo de Entretanto




Uno de los conceptos que tuve que replantearme y reformular desde que vivo en España tiene que ver con la concordancia entre el aspecto exterior de una casa y su estado interior. En Argentina, si un edificio tiene una fachada cochambrosa y antigua, lo más probable es que la mayoría de las viviendas que alberga (por no hablar de pasillos, rellanos y escaleras) esté igual de perjudicada y descuidada. Otro tanto sucede a la inversa, por lo que al otro lado del Atlántico es frecuente ver, salpicadas en todas las grandes ciudades, ocupando selectos barrios o en destinos turísticos de alto nivel, espléndidas residencias de costosas terminaciones, dimensiones soberbias y rodeadas de jardines de cuento, cuyo interior suele corresponderse a la perfección con su opulenta fisonomía.
Ahora recuerdo mi primera búsqueda de vivienda en esta ciudad y me río ante mis reacciones. Fue hace sólo cinco años y medio, y aunque este lapso de tiempo equivale a una breve siesta para una ciudad, en el caso de la capital de España 
Ocurrió hoy mismo, cuando caminaba bajo mi paragüas de vuelta hacia el trabajo tras la pausa de mediodía. Iba ocupada en evitar los charcos que se habían formado en las baldosas y pensando en mil cosas cuando de repente reparé en una anciana de impermeable blanco que avanzaba con temblorosos pasos de geisha unos cuantos metros por delante de mí. Iba algo encorvada y ladeada hacia la derecha sobre un bastón de metal.





