El cine y la literatura están plagados de árboles que piensan, sienten y se comunican. Si eso ocurriera en la realidad, y por tanto el viejo castaño que acompañó a Anna Frank durante su encierro fuese una de esas plantas humanizadas, en este momento su sufrimiento sólo se podría comparar al de un preso en el corredor de la muerte. Un condenado al que, minutos antes de cumplirse su hora, acaban de volver a salvar de la horca.
Me explico: el castaño que la niña veía desde su ventana, mientras se ocultaba de la persecución nazi en Amsterdam, lleva muchos años enfermo. Tiene una plaga incontenible que ha ido minando su fortaleza, por lo que la amenaza de derrumbe es real e inminente. El dueño de la casa donde está el longevo ejemplar presentó hace un tiempo una solicitud para derribarlo, pero la reacción inmediata de la opinión pública, que defiende la presencia del árbol como símbolo de libertad y de la lucha por los derechos humanos, desembocó en un largo proceso judicial que ha ido concediendo sucesivas prórrogas al fatal desenlace.
La última acaba de ser anunciada y parece ser definitiva. Según la Fundación Anna Frank, el municipio, los vecinos, la Bomenstichting (Fundación holandesa de defensa de los árboles), la Casa de Ana Frank y el propietario del solar han llegado a un acuerdo sobre la conservación del castaño. Las partes acordaron que antes de finales de mayo próximo se colocarán en torno a su tronco unos caballetes de refuerzo, se le podará la copa y se fijará su estructura para evitar su caída y permitir a la vez que siga creciendo. De este modo, se espera que el árbol podrá seguir en su sitio entre cinco y quince años más como mínimo. Además, la Support Anne Frank Tree (Fundación de apoyo al árbol de Ana Frank), responsable de la ejecución de estas medidas, establecerá un dispositivo de control permanente del castaño.
AQUÍ puedes ver el legendario castaño en vivo y en directo.
Anteriores posts sobre este tema:
Los últimos días del castaño de Anna Frank
El árbol de Anna Frank
Hace unos días, el cielo americano vio pasar una gran nube palpitante, de un color naranja intenso veteado de negro. Eran las mariposas monarca, que cumplían con su viaje anual de más de 4.000 kilómetros desde Canadá y el norte de Estados Unidos hacia una zona boscosa del centro de México, donde se agrupan para pasar el invierno.
Estos “santuarios” o invernaderos fueron descubiertos en 1975, aunque el ritual de las monarca se cumple desde hace miles de años, provocando fascinación y curiosidad a quienes las observan y desvelos a quienes las estudian.
Los aztecas las consideraban sagradas y creían que se encargaban de transportar las almas de los guerreros. Sin duda serían buenas custodias de tan valiosa carga, ya que las monarca -aunque pesan menos de un gramo- vuelan más alto, viven más tiempo y son más resistentes que otras mariposas.
Aún se desconoce exactamente cómo se orientan y por qué la cuarta generación de cada año es la escogida para repetir el largo viaje de sus antecesoras como si, al salir de la oruga, recibieran también, junto con las alas, los secretos de su misión, una brújula y un mapa.
Conozco a alguien que le puso de nombre Olmo a su hijo por el personaje que interpretó Gerard Depardieu en la épica Novecento, de Bernardo Bertolucci. Sin embargo, tras conocer que los olmos primigenios, aquellos árboles frondosos y longevos, son cada vez más escasos debido a la agudización de la grafiosis – una enfermedad causada por la letal combinación de un hongo y un insecto-, llamarse Olmo cobra una nueva perspectiva.
Más del ochenta por ciento de los árboles de esta especie que existían hace veinte años a nivel mundial hoy solo son un recuerdo o, tal vez, una evocación ante el vestigio de algún tronco mutilado y seco donde antes hubo una sombría olmeda.
La exposición de fotografías “Los últimos olmos ibéricos. Una puerta a la esperanza”, que presenta hasta el 30 de octubre la Sala La Carraca, de Madrid, ofrece un repaso a la historia del olmo y una muestra de los proyectos que intentan protegerlo y reintroducirlo.
Llamarse Olmo, más que un recuerdo de aquel joven Depardieu, podría ser un homenaje al majestuoso árbol al que le cantaron poetas como Quevedo, Garcilaso, Góngora o Machado y que se consideraba casi indisolublemente unido al paisaje de España.