Feliz 2009

Torre Eiffel en Nochevieja 2008

Torre Eiffel en Nochevieja 2008

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Una cápsula cerca del cielo

El hotel más exótico de París cuenta con una sola suite de unos pocos metros, un pequeño baño y muebles de plástico de colores estridentes, no tiene televisión ni servicio de habitaciones y los 333 euros (444 de viernes a sábado) que cuesta pasar una noche en él (la estancia máxima permitida) sólo incluyen desayuno. Sin embargo, cada día unas cuarenta mil personas intentan hacer una reserva y quienes lo logran hablan al otro día de una experiencia maravillosa que jamás olvidarán.
No es para menos. El hotel en cuestión es más bien una cápsula de diez toneladas y 35 metros cuadrados depositada sobre la azotea del Palacio de Tokio, sede del museo de Art Deco parisino, desde donde se tiene una vista privilegiada de la capital francesa y sus principales atracciones. Se llama Everland y forma parte de un proyecto artístico de los suizos Sabrina Lang y Daniel Baumann para “hacer que el huésped forme parte del arte”.

Everland

Según explica el periodista de The Times Charles Bremner en su blog, tras visitar lo que compara con la nave de la película 2001: Una odisea del espacio, el diseño es “retro-futurista”, lleno de líneas curvas y tonos rabiosos, y se basa en la idea de la visión que en 1960 se tenía de lo que iba a ser el siglo veintiuno.
La única atracción que incluye la habitación es una colección de discos de vinilo de música de los ‘60, pero los huéspedes no parecen necesitar mayores comodidades ni entretenimiento. La sensación de soledad y paz y las incomparables vistas de la Ciudad Luz ,”que quitan el aliento” en palabras de Bremner, son suficientes para pasar una noche mágica.
Las reservas para el Everland, que ya ha pasado por Suiza y Alemania, se hacen a través de internet día por día con dos meses de anticipación. La escala en París, que comenzó el pasado noviembre, se extenderá hasta finales de año como mínimo. Los organizadores aseguran que las noches se adjudican en forma aleatoria y que el precio es casi simbólico, pues les llevaría diez años de lleno total para cubrir los gastos de la instalación. Por como van las cosas en la cápsula no sería demasiado complicado cubrirlos.


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De turistas a viajeros

No soy una gran caminante. O al menos, no soy una alegre caminante cotidiana. Cuando se trata de desplazarme para cumplir con una obligación con horario fijo prefiero el transporte público o un vehículo particular, según el caso. Pero cuando viajo me transformo en una incansable exploradora de a pie y puedo pasar días enteros, pese a la queja de mis músculos, recorriendo la ciudad por la vía pedestre.
Hace un par de semanas mantuve dos conversaciones separadas con amigos sobre este tema. En ambos casos caimos en la clásica charla de balance y renovación de propósitos que provoca el cambio de año y todos coincidimos en lo enriquecedor y gratificante que habían sido los viajes -o mejor debería decir las escapadas- que habíamos hecho durante 2007. Pero también nos dimos cuenta de que esas experiencias habían resultado tan íntimamente satisfactorias y renovadoras porque en los últimos años habíamos modificado radicalmente nuestra manera de conocer mundo. Habíamos mutado de turistas a viajeros.
La diferencia es clara. El turista se desplaza por la ciudad que visita siguiendo un riguroso itinerario elaborado en base a mapas y guías de viajes, con paradas inexcusables en cuanto museo o monumento relevante haya, sin importar su gusto particular ni sus preferencias históricas o artísticas y ni tan siquiera su estado anímico y físico. Toma nota mental, y muchas veces también escrita, de cuanto sitio importante pise (la exhibición posterior ante familia y amigos es la mayor recompensa al esfuerzo) y nunca olvida hacer la fotografía correspondiente que dé veracidad de notario al momento. Lleva una mochila bien provista de comida y bebida, elige las calles más transitadas para desplazarse, mira todos los cuadros de los museos que visita como si estuviera realizando un inventario, se las ingenia para comprar algo allí donde vaya y se concentra en aprovechar cada minuto del tiempo que ha comprado.
El viajero, en cambio, enfrenta la visita al destino desconocido como una aventura también interior. Recorre las calles dejándose llevar por los sonidos, los olores y los colores. Aunque también se fija algunos sitios para conocer, sabe que ninguno es imprescindible y que alguna de las callejuelas por las que se mete tal vez lo arrastren ante unas cuantas maravillas más impactantes y cercanas que las que guardan los museos, que por cierto explora sin orden ni afán de verlo todo sino de mirar algo y aprender un poco.
A diferencia del turista, el viajero intenta por todos los medios disfrutar de cada minuto de esa vida extraña que comparte por unos días. Camina, inagotable, intentando absorver caras, gestos, palabras y momentos. Quiere comprender más que conocer. Come cuando tiene hambre o lo tienta algún manjar de escaparate; elige con olfato de sabueso los restaurantes preferidos por los lugareños y prueba los mismos platos que ellos. También lleva una cámara de fotos, que a su regreso revelará una serie caprichosa en la que faltarán varios lugares turísticos de renombre y en la que aparecerán imágenes de detalles y de esquinas mágicas, de portales sin placa y balcones anónimos.
El turista vuelve a casa, deshace la maleta y retoma su vida habitual como quien se quita un disfraz cuando termina la noche de carnaval. Está ansioso por relatar lo que vió y contar dónde estuvo. A su regreso, el viajero sigue durante días y hasta semanas con los sentidos embebidos de los aromas y sabores del lejano destino. Por unos días vivió como si fuera parte de aquello, se imaginó actor de una vida distinta. De nuevo en su papel se da cuenta de que no es el mismo que antes de viajar y de que se trajo muchas más cosas en su mente y en su corazón que si hubiera comprado souvenirs de recuerdo.


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Fotos: 1) Mercado de las especias, Estambul. 2) Piazza Navona, Roma. 3) Casa Rosada, Buenos Aires. 4) Vista del Sena, París. 5) Camden Town, Londres.

El éxito de las Vélibs (¿se vienen los coches?)

Una Vélib en la ribera del SenaLas Vélibs, las modernísimas bicicletas que inundan las calles de París desde hace cuatro meses, son un éxito. Lo confirma el corresponsal de The Times en la capital francesa, Charles Bremner, en su muy recomendable blog sobre los encantos y las peculiaridades de la vie en rose.
Apunta Mr. Bremner que ni el primer accidente mortal ni el frío han menguado las repentinas ganas que demuestran locales y extranjeros de salir a pedalear alegremente (y osadamente, doy fe de ello) por las calles más chic del mundo.
Mientras que los turistas se montan en las grises bicicletas de alquiler con el afán de vivir lo que es tal vez la mayor novedad urbanística de París en los últimos tiempos, quienes residen en la ciudad cortada por el Sena las utilizan para trasladarse al trabajo o para volver a casa por la noche, cuando conseguir taxi es tan poco probable como encontrarse un billete de cien euros tirado en la acera.
La huelga de los transportistas no hace sino aumentar la fiebre por las Vélibs, que ya han usado unos ocho millones de personas desde que se instrumentó el sistema de alquiler según cuenta el periodista, quien también confiesa estar harto de perder tanto tiempo intentando encontrar un hueco donde aparcar la bicicleta por las mañanas, tal es la afluencia de intrépidos ciclistas a esas horas en el centro de París.

Y ahora, coches

Bremner adelanta además que el alcalde de París, Bertrand Delanoe, está preparando -junto con la campaña para su reelección- un proyecto similar aunque con coches eléctricos en lugar de bicicletas. Se llamarían ALS’ (Automobiles en Libre Service) y estarían disponibles, sin previa reserva, en pequeñas estaciones de alquiler repartidas por toda la ciudad, en forma similar a las Vélibs. Delanoe se propone así evitar que la gente alquile coches a gasolina o utilice sus propios vehículos para los trayectos cortos, con lo cual se reduciría la contaminación ambiental y se aliviaría el cargado tráfico parisino.

París tomada por los ciclistas

Una estación de bicicletas en St. GermainParís jamás decepciona. Puede resultarnos demasiado bella, romántica o elegante para nuestro gusto y estilo de vida, pero nunca, bajo ninguna circunstancia, sabe a poca cosa. En mi último viaje -apenas una visita de fin de semana- también me sorprendió con la constatación de un nuevo fenómeno que invade sus calles y puentes.
La aparición que resquebrajó el  discreto encanto de la capital francesa como unas medias mal combinadas con la ropa tuvo lugar en Champs Elysées, en una mañana clara y perfumada. Un pequeño grupo de ciclistas sin casco ni temor pasó zigzagueando alegremente entre los coches y los autobuses de dos pisos cargados de turistas. Poco más adelante, otro racimo de intrépidos, sobre unas modernas bicicletas grises idénticas a las anteriores, giró en una bocacalle extendiendo un brazo indolente como señal. A unos cien metros de allí, dos mujeres con faldas veraniegas y sombreros impusieron su ritmo de paseo sabatino a la fila de taxistas que las precedía en el carril, ellas también montadas en las mismas bicicletas platinadas. 
Como una gotera que de pronto se transforma en torrente incontrolable, idénticos vehículos de dos ruedas fueron apareciendo por toda la ciudad hasta convertirse en los actores principales de la escena urbana. Los bólidos grises avanzaban sobre París como si fueran súbitas gárgolas renacidas y el tránsito las  estorbara con su torpeza metálica en su vuelo rasante. Giraban y adelantaban impulsadas por entusiastas pies de todos los tamaños y colores, que parecían haberlas sacado a dar una vuelta larga y enérgica de perro recién incorporado al hogar.
La solución al enigma la encontré en una esquina del Barrio Latino, donde descubrí una especie de cementerio de elefantes  repleto de las mismas bicicletas que había visto repartidas por toda la urbe y donde me explicaron que forman parte de la “Revolución de la bicicleta” lanzada por el alcalde Bertrand Delanoe como una forma de combatir el caos circulatorio de París y recuperar su espíritu liberal, fresco e innovador.
La iniciativa se inició el pasado 15 de julio, cuando 10.600 bicicletas Vélib fueron puestas a disposición de los ciudadanos y visitantes en 750 estaciones repartidas por toda la capital francesa. Los vehículos, de 22 kilogramos de peso y construidas a prueba de vándalos, fueron donados al municipio por una empresa privada a cambio de espacio en vallas publicitarias. Trasladarse en ellas al trabajo, o simplemente dar un paseo, es gratis la primera media hora y luego cuesta un euro por los siguientes treinta minutos, dos euros por la segunda hora y cuatro euros por cada media hora extra, sumas que se pagan en una máquina similar a las de párking con tarjeta de crédito o mediante un abono prepago.
Quien retira una Vélib se compromete a vigilarla en todo momento, a depositarla nuevamente en una de las estaciones y a respetar las normas de tránsito. Esto último es especialmente novedoso para los parisinos, ya que los pocos que circulaban en bicicleta hasta antes de la revolución de Delanoe estaban acostumbrados a saltarse semáforos y señales, amparados por esa ley no escrita que parece beneficiar a los ciclistas de todo el planeta. Puedo dar fe de que los controles han cambiado, ya que a unos metros de Notre Dame vi (por primera vez en mi vida) cómo una mujer policía multaba a uno de ellos por no detenerse ante la luz roja al igual que los coches.
Como es de suponer, la idea de convertir a París en la “ciudad de la bicicleta” -más a tono con la actual crisis medioambiental que el lema lumínico- tiene sus defensores y detractores. Estos últimos aducen razones de seguridad (los accidentes aún no se han producido pero se prevén), critican la escasez de carriles exclusivos para ciclistas y señalan el grave escollo que pronto significará el duro invierno parisino. Los que están a favor, en cambio, no argumentan ni discuten. Son los cientos que surcan las calles encima de las Vélib.

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