La casa de nuestra infancia

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Me llevó años volver. Cuando yo fui elegí la inviolable siesta correntina para garantizarme la soledad del paisaje y el tiempo sin cortes para el viaje al pasado.

A ella también le llevó años volver. Pero no se conformaba con mirar y recordar. Quería entrar, oler, tocar, pisar, sentir y preguntar. En la calle, frente a la casa, se encontró con la nueva dueña que siempre será, a nuestros ojos, una usurpadora inescrupulosa, ciega y sorda a los ecos de nuestras risas en las paredes blancas y las baldosas frescas.

Hola, yo vivía acá de chiquita…- Dijo ella con una sonrisa cómplice y un gesto hacia la cámara de fotos que disparaba frenéticamente hacia la fachada cambiada.
Ah, bueno. – Le respondió la otra y entró a la casa en un santiamén.

Ella todavía está pensando que debería haberla retenido, explicado, que no entendió nada.

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Mi lista de Entrevistados

Soy muy dada a hacer listas. De asuntos pendientes, de la compra, de películas por ver y libros por leer, de objetivos, de adjetivos perfectos, de nombres raros y de blogs por visitar y webs donde comprar. Pero también hago listas mentales de cosas más importantes. De recuerdos -flashes- que no quiero olvidar jamás, de logros del año, de amigos con los que puedo contar para todo, de ciudades y rostros inolvidables y de Momentos Periodísticos de Oro.

Me hice periodista para tener la oportunidad de vivir situaciones a las que de otra forma tendría muy difícil -o ningún- acceso, pero sobre todo conocer a personas únicas, a las que admiro por su talento y/o integridad o que me provocan una inmensa curiosidad por la vida que han decidido llevar. Ese ratito sublime de intimidad, de observación mutua y, muchas veces también, de increíble conexión entre dos personas antes desconocidas y que tal vez nunca más vuelvan a cruzarse, compensa para mí todos los gajes del oficio.

Ayer por la noche mi lista de “MPO: Grandes entrevistas” sumó otro ítem.  No pongo allí a personajes famosos por el sólo hecho de serlo (hay varios que he borrado de mi recuerdo espontáneo), sino a aquellos con los que compartí alguno de esos momentos mágicos de descubrimiento y subyugación (por mi parte, está claro, es mi veta “cholula“).

Para mí ella es una pequeña heroína moderna. Simboliza el maravilloso poder de las nuevas tecnologías para abrir canales de comunicación y expresión donde reina el silencio o aturden los gritos disuasorios. Es valiente con todos sus miedos y persistente como sólo pueden serlo quienes creen en algo.

Ahora, internacional

Un proyecto, sólido y ambicioso. Una trayectoria y unos conocimientos sobre la mesa. Una apuesta arriesgada, de las dos partes. Un compromiso firme, dedicación absoluta. Unas ideas muy claras. Mucho trabajo, mucha ilusión. Muchos años volcados ahora, por fin, en el momento justo, en el lugar preciso.

Primero fue el Premio Bitácoras 2008 al Mejor Blog Periodístico.

Ahora el Premio The Bobs 2008 al Mejor Blog Weblog en Español.

Y esto. Y esto.

¿Se puede pedir más? Se puede. Es tiempo de cosecha.

Reencuentros

Este segundo semestre del año viene signado por los reencuentros. Digitales. Mi “mejor amiga” de la infancia se materializó repentinamente en varios mensajes de correo electrónico cargados de recuerdos, recuentos, fotos y preguntas. Llevábamos más de veinte años sin vernos. Era mi vecina y compañera de juegos y secretos hasta que su familia decidió mudarse a Estados Unidos. Nos escribimos durante mucho tiempo, intercambiamos algunas encomiendas con discos, tarjetas y regalos y un día cualquiera que venía gestándose en silencio como un tumor oculto nos evaporamos cada una en su presente inmediato. Ahora, cuando la época de la juventud sin memoria se nos está acabando a las dos, volvemos a reunirnos, ella con un hijo, yo en otro país, las dos asombradas de sentirnos iguales y sabernos tanto más diferentes.

Pocos días después de retomar el contacto con mi primera amiga volvieron a mi vida muchas más, casi la mitad de mis compañeras de colegio secundario. Parece que Facebook está en pleno auge en Buenos Aires. Después de muchos años sin saber nada de ellas ahora sé más que si viviéramos en la misma ciudad. Quizás incluso más que cuando éramos compañeras, porque además de lo que quieren contarme veo su fotos, leo lo que les dicen sus amigos y sé lo que hacen casi a cada momento.

Éste es uno de los motivos por los cuales no acepto como contactos a extraños en Facebook (para conocer a gente nueva prefiero lugares como Twitter). Estoy muy metida en gran parte de lo que se cuece en el mundo digital, redes sociales, blogs, microblogging, etc., y me encanta probar todo lo nuevo, pero intento mantener cierto criterio y estar alerta ante determinadas cuestiones. Seleccionar y definir usos y funcionalidades (algún día haré un listado de mi “organización online”) es esencial para no sentirse desbordado ante una oferta insondable como un agujero negro, la única manera de no perder el control y vivir atado a ellas o multiplicado en varias identidades incompletas y desatendidas, o directamente congeladas en el ciberespacio.

O inmanejables. Facebook tiene una característica que, a mi juicio, la hace muy peligrosa en el manejo de las imágenes y que me ha llevado a mí a ser muy precavida a la hora de subir fotos fuera de las de mi perfil: el etiquetado (tag). Si una persona te etiqueta en una foto (señala que apareces en ella) esa imagen se hace visible también para todos tus amigos, y según lo que ponga cada uno de ellos pueden verlo también otras personas y así sucesivamente.  La cadena puede ser interminable y desconocida y la dichosa foto puede terminar en los ordenadores más insospechados.

Aquella amiga, la de la infancia, sigue aferrada (y ni siquiera con demasiada fuerza ni convencimiento) al correo electrónico como toda vía de contacto fuera del teléfono. Lo confieso: ya me resulta poco, limitado, sin la frescura que tienen otras formas de diálogo.

Cáceres, princesas y colegas

Ayer volví de Cáceres, de participar del III Congreso de Nuevo Periodismo al que me invitó el imparable César Calderón. Lo cubrí para 233grados.com, así que allí pueden, los interesados, encontrar conclusiones, resumen y hasta algún pataleo. Pero hay dos cuestiones, más personales, que quiero contar aquí.

La primera es anecdótica. En la inauguración del encuentro estuvieron los príncipes de Asturias y, tras el acto formal, compartieron con nosotros un cóctel, muchas fotos y saludos y algunas palabras. La sorpresa fue cuando, en medio de los flashes y las presentaciones apuradas (en esos momentos hasta los más rebeldes e indiferentes sufren un súbito ataque de pleitesía que los lleva a buscar un roce real con devoción de caza-autógrafos), doña Letizia se detuvo durante muchos más minutos de lo que dicta el protocolo a charlar con un pequeño grupo de mujeres.

Todas éramos periodistas como ella antes de “besar al sapo” y de su misma edad. Preguntó y respondió. Letizia Ortiz muestra una cercanía en el trato directo que al principio desconcierta, una seguridad algo exagerada y una felicidad muy acorde a su cargo. No hizo más que repetirnos lo ocupada que está -le creo- y lo poco que echa de menos su vida anterior -le creo menos.

La segunda cuestión tiene que ver con la peculiar forma de relacionarnos que está provocando internet. A través de Twitter y las redes sociales, y también de los comentarios en el propio blog y los que uno mismo deja en los blogs de otros, se van creando lazos cercanos a un nuevo tipo de amistad. Es una especie de camaradería virtual, muy cercana aunque no haya contacto físico, colaborativa, contenedora y un tanto impersonal.

Los miembros de esas pequeñas “comunidades” tenemos, como en los juegos infantiles, códigos y contraseñas. Así es que, cuando nos encontramos en congresos como éste o en los muchos eventos surgidos en el mundillo de la blogosfera y “twitterland”, sufrimos un ligero desconcierto inicial hasta que recordarmos los datos clave para participar del juego. “Hola. Soy Laura Pintos….” (No sucede nada, las puertas no se abren, hay sonrisas cordiales pero lejanas hasta que recuérdo el “ábrete sésamo”) “De Carpe Diem, soy @credula”.

Estos días en Cáceres este diálogo de marcianos se repitió mucha veces. Le pude poner cara y voz a muchos colegas y conocidos virtuales a los que he ido contactando en la Red y a quienes no me había cruzado en ningún otro sarao todavía. Pasamos momentos estupendos. Muchos de puras risas y bromas, pero también unos cuantos de auténtico debate -el que necesita momentos como éste, el que habíamos ido a buscar al congreso y terminamos encontrando en los pasillos y en los descansos- sobre nuestra profesión y la iRevolución.

El vídeo es de Javier F. Barrera, un grande.

Ya soy parte de Dixi

Si bien llevo un tiempo vinculada al proyecto, recién ahora puedo contarlo abiertamente: me he incorporado a DixiMedia. La nueva empresa, conformada por ex propietarios de Recoletos, se propone crear el grupo de comunicación en castellano más importante en internet. Tiene lo fundamental para lograrlo: un sólido respaldo financiero y profesional y un proyecto original, funcional y solvente.

Estoy contentísima. Es el proyecto que más me ha motivado en los últimos años y estoy segura de que es el más interesante de todos los que están en desarrollo actualmente. En muchos puntos estar desde el inicio -aún somos unos pocos en redacción- me recuerda mi experiencia en el lanzamiento del diario Metro en Buenos Aires (donde fui su primera contratada y su jefa de Redacción). Pero aquí no hay fórmulas que repetir mecánicamente. En Dixi el espacio para la creatividad está garantizado, al igual que la confianza que demuestran sus responsables, con Mario Tascón, Vanessa Jiménez y Jorge Martín-Luengo (los tres ex Prisacom) a la cabeza, en su propia experiencia y en la profesionalidad de quienes integramos el equipo.

DixiMedia ha optado por una estrategia muy bien planificada y pensada. La avanzadilla es el blog sobre medios, comunicación y tendencias 233grados, que ya está en marcha y ocupa mis días, y la Practicopedia, que será lanzada en breve.

Como todo proyecto que se inicia éste acapara gran parte de mi tiempo y desvelos, lo cual incide negativamente en mis blogs personales y en mi vida social y personal (aunque no es queja, “sarna con gusto no pica”). Pero también me está permitiendo poner en práctica todos los conocimientos que he adquirido últimamente en el mundo digital y encontrarle el punto a la jugosa mezcla entre periodismo y tecnología.

La reconversión profesional está pillando a muchos colegas como una ola brava que se les echa encima y les obliga a dar brazadas desesperadas (algunos incluso intentan nadar contra la corriente). Yo, sin embargo, creo que se trata de una ocasión única, e histórica, de vivir una profunda transformación del periodismo debido a la irrupción de nuevas herramientas y medios. Un cambio que afecta ya en mayor o menor medida a todos los ámbitos de la vida, pero que en nuestro caso particular es total e impostergable. Y, como todas las revoluciones, ésta también supone una explosión de oportunidades que hay que saber aprovechar y valorar.

La resistencia es inútil.

Llegaron las provisiones de Argentina

 

Actualización

¡Me olvidaba de esto!:

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Vértigo, mareo

Dizziness

Estaba repasando rápidamente la obra del artista hiperrealista iraní Iman Maleki cuando me quedé helada frente a este cuadro que él llamó “Dizziness” (vértigo, mareo). Me despertó dos lecturas inmediatas relacionadas con dos realidades que me incumben, la primera en forma colectiva, la segunda más personal y privada:

1- Es la imagen perfecta de lo que sentimos a veces ante la oferta inabarcable, incontrolable y abrumadora de información que tenemos a nuestro alcance (en internet, en los medios, en los libros, en el cine, en la música, etc.). Ilustra la sensación de no poder con todo y la necesidad de tomarse un respiro cuando la mente colapsa ante nuestra voracidad, de cerrar los ojos, conscientemente, a mucho de lo que hay para poder elegir algo y saborearlo con deleite.

2- Este hombre también podría ser mi propia representación en los últimos meses: refugiada momentáneamente en la literatura,  el periodismo me llama, revolotea a mi alrededor, me seduce siempre que puede, me tienta con sus cantos de sirena, pugna por ocupar de nuevo todo mi tiempo, me sigue dando el pan. 

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Mi burbuja

Una de las cosas que más me molesta es el contacto físico involuntario con extraños. A mí no me gusta que me toque gente desconocida en la calle o en el autobús, personas con las que ni siquiera he intercambiado previamente una mirada de complicidad o bienvenida. Y aquí en España eso es frecuente. Lo hacen especialmente las señoras mayores, que no dudan en ponerte una mano sobre la cintura, la espalda o los hombros para pedir paso o te rozan alegremente en los pasillos del supermercado y en las tiendas.
Lo que sucede es que la cercanía física ocasional no está mal vista; ni siquiera se repara en ella. Yo, en cambio, la sufro como coscorrones inmerecidos e inesperados. Necesito la protección de mi burbuja. No soporto percibir pieles, olores y alientos extraños.
En Argentina, hay que decirlo, ese espacio individual se respeta mucho más. Pero es que allí la mayoría de las intromisiones obedecen a malas intenciones, por lo que, paradójicamente, el respeto y la consideración del espacio individual obedecen a la inseguridad y la desconfianza hacia los demás. Aquí, alegres y despreocupados, no dejan de rozarse, chocarse y tocarse. Y yo de lanzar miradas furibundas que -ahora lo veo claramente- nadie entiende.

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Personajes de la biblioteca

Llevo un par de meses trabajando en una biblioteca. Es mi oficina o despacho adoptivo. Cada día acuden aquí cientos de nómadas y una veintena de sedentarios. Los que están de paso se caracterizan por consultar muchos libros, sentarse en el primer pupitre que les asignan y, después de un par de semanas de estudio o investigación, olvidar su carné en un cajón y no volver a pisar estas baldosas, felices por el fin de la condena. En cambio los segundos acuden con religiosidad y sin plazo, se ubican siempre en el mismo lugar -si encuentran su mesa ocupada por uno de los nómadas ponen cara de asombro, gruñen bajito y sienten que se les ha estropeado el día- y suelen sacar pocos libros, porque a lo que vienen aquí es a otra cosa.
Yo pertenezco a este último grupo. Poco a poco los “fijos” vamos desarrollando rituales y revelando manías. También nos vamos conociendo, aunque jamás nos saludemos ni nos hablemos. Y es que entre otras cosas nosotros somos firmes defensores del impuro silencio -está poblado de ecos y de toses- que llena esta salas siempre frescas y sombrías. Si de repente una musiquilla metálica corta el aire somos nosotros los que nos giramos con cara reprobatoria hacia el irresponsable lector que desconoce las reglas u olvidó silenciar su móvil o su ordenador.
Casi todos los sedentarios forman parte del gremio de escritores o similares. La gran mayoría son hombres y llevan gafas y todos alternan entre una mueca seria mientras teclean enfervorizados y una mirada perdida y nerviosa durante los frecuentes ratos muertos. Muchos, además, colocan un diccionario como única compañía del ordenador sobre la mesa, al igual que se pone por defecto una botella de agua para los oradores en un acto.
El hombre que se sienta en un extremo dos filas más adelante es arquetípico. En realidad pasa más tiempo deambulando por las instalaciones que sentado en su sitio, pero cuando lo hace casi no lo veo escribiendo sino rascándose la calva, sacudiendo la cabeza como si hablara con un fantasma y refunfuñando como un actor de cine mudo. Ante él siempre hay una página de texto desplegada, imagino que una novela inconclusa que escribió hace quién sabe cuántos años.
Pero también hay otros personajes más difíciles de calificar. Enfrente de mí, por ejemplo, suele ubicarse un hombre calvo de chivita rala que escribe música sobre hojas pentagramadas con la laboriosidad y concentración de un calígrafo chino. Tres filas más adelante, pero de espaldas, se sienta un joven bajito con cuerpo y bronceado de surfero que cada una o dos horas de lectura de apuntes y fotocopias añade un par de líneas más a lo que supongo será una tesis de educación física o un tratado sobre el azote de los vientos. También veo siempre hacia mi izquierda a una mujer de larga melena marrón y aspecto de profesora de Geografía que teclea con calma y una sonrisa en los labios, muy cerca a una chica rubia de pelo corto que redacta guías de viajes, a mi derecha a un tipo alto y canoso de porte militar que acarrea manuales de software anticuado y hacia el fondo a un anciano de bastón y chaqueta de tweed que escribe sus memorias con dos dedos de cada mano.
Me pregunto cómo me verán ellos. ¿Estará alguno ahora mismo, mientras yo los desmenuzo con la mirada y las palabras, escribiendo mi retrato?

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