Baby Isidro

Imagen de San IsidroQue la cosa está complicada lo sabemos todos, pero el tema se vuelve algo más tentador cuando nos ponen por delante una apetitosa zanahoria con forma de billetes. A las ayudas oficiales por nacimiento que concede el Estado español y las distintas autonomías se suman ahora los 500 euros que ofrece una hermandad de un pueblo malagueño. Pero no se trata de fomentar la perpetuación de la especie ni de subir el flacucho índice de natalidad nacional, no, sino de asegurar la supervivencia de una tradición que amenaza con extinguirse: la de llamar a los niños y a las niñas de Alcaucín con el nombre del santo patrón de los labradores, Isidro (Isidra para ellas). Hay unas cuantas parejas de allí que, tras enterarse de la noticia, pusieron punto final a la endiablada discusión sobre los nombres.

Fuente: Diario Sur.

Conciliación: bla, bla, bla

Uno de los temas que más se discute últimamente en España -y ni que hablar durante esta campaña electoral- es el de la conciliación entre la vida laboral y la familiar. Por ahora no ha pasado de una declaración de intenciones, en el mejor de los casos, o de una hipocresía necesaria para quedar bien en el resto. Y es que decir que es fundamental instrumentar medidas para que tanto la mujer como el hombre trabajador puedan dedicar parte de su tiempo a su familia y tengan ayudas para gestionarla le viene bien tanto a uno como a otro bando y tal vez sea uno de los pocos asuntos del temario en los que hay coincidencia, aunque con motivos bien diferentes: preocuparse de la conciliación les da a unos un definitivo barniz de humanismo muy progre y a otros les sirve como el mejor estandarte de sus ideas católico-conservadoras.Susanita
Pero más allá de la retórica política está la vida real. La que vivimos cada día millones de profesionales de clase media que sabemos a ciencia cierta que hoy en día es imposible dedicarse a ambas cosas, formar una familia y tener un crecimiento profesional, con igual éxito. Seguimos teniendo que elegir, especialmente las mujeres por cuestiones biológicas (solo nosotras podemos por ahora parir y amamantar).
La gran mayoría de mis amigas con hijos ha tenido que reformular su plan profesional, eligiendo trabajos de menor carga horaria (y sueldo) o  que exigen menos responsabilidad y dedicación. Algunas han renunciado a ascensos y otras (y no hablo de “susanitas” que toda su vida desearon transformase en amas de casa exclusivamente, sino de chicas que simplemente querían tener un hijo) han dejado de trabajar, al menos -esperan- por unos años.
En España las guarderías públicas no alcanzan para todos los niños y calificar para conseguir una plaza equivale prácticamente a ser pobre; las privadas cuesta la mitad de un salario promedio y las niñeras tres cuartas partes. Obviamente, si hay familia cercana a la que recurrir se usa y abusa. Por otra parte, casi no hay oferta de empleos a media jornada o con jornada intensiva; se trabajan muchas horas y todavía en muchos sitios a horario partido, con lo cual quedan en medio un par de horas que no alcanzan para volver a casa y en cambio alargan aún más la ausencia del hogar (y las horas de guardería/niñera).
Es cierto que en los últimos años se han dado algunas ayudas económicas a las familias. En el caso de los cien euros por mes que cobra la madre trabajadora se plantea el caso de que es solo hasta que el niño o niña cumple tres años y de que si la mujer se queda en el paro (desempleada) no lo puede percibir, como tampoco transferir al padre de la criatura. Los 2.500 euros que otorga desde hace unos meses el Estado por nacimiento también ayudan, cómo no, pero yo sinceramente lo cambiaría por la garantía de una plaza en una guardería. Plaza que -y esto me parece el colmo- no se concede en el caso de que la mujer esté sin trabajo, ya que se asume que si no tiene empleo debe dedicarse a cuidar a sus hijos (en el caso del hombre que está en el paro no existe esta suposición). ¿Cómo encuentra entonces el tiempo para buscar trabajo? ¿Con quién deja a sus hijos cuando debe ir a una entrevista o prueba? ¿Y qué pasa con quien trabaja en casa, por ejemplo una escultora o escritora o artesana, pero aún no ha podido establecerse como autónoma? Muchas preguntas sin respuestas concretas, sólo caras de preocupación de los candidatos y promesas vanas. Ya sé, al menos se habla y acá estamos mejor que en otros países, pero aún así seguimos lejos de muchos de la región de similar nivel socioeconómico. Y por eso más del 60 por ciento de las españolas considera que la maternidad es un obstáculo para su carrera profesional y un 16 por ciento abandona para siempre su empleo después de tener hijos.

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Regalos imaginativos

foto diario 20 MinutosMadrid palpita a ritmo navideño. Las calles refulgen gracias a magníficos juegos de luces, las tiendas están repletas de clientes, suenan villancicos en todos lados, los restaurantes no dan abasto con las comidas y las cenas de empresas, el gobierno se pone nervioso ante las subidas de precio, las familias y parejas histéricas negocian encuentros y desencuentros. Aunque las actividades oficiales relativas a las fiestas comienzan recién este fin de semana, en la capital española -como en la mayor parte del mundo- hace días que sólo se piensa en preparativos, brindis, vacaciones y regalos. Todos estamos ansiosos por sumarnos a esta bacanal colectiva de despedida de año que hace tiempo perdió su significado religioso.
Lo que también ha variado es la forma de hacer regalos. Tradicionalmente, en España* el presente más importante lo traían los Reyes Magos, mucho más asociados a la cultura local y al catolicismo que el foráneo Papá Noel. Pero han pasado los años y don Claus ya pagó su derecho de piso de inmigrante. Ahora es uno más de la famlia y como tal es esperado y recibido casi con idéntico alborozo que a los tres jinetes de camello (aunque el regalo más “importante” sigue siendo prerrogativa de los monarcas).
¿Acaso hay mejor manera de “entrar” a una casa que cargando regalos? Mal que nos pese, el consumismo tuvo un gran papel en este cambio. Resulta difícil resistirse a su zalamería y esto ha hecho que todos, en mayor o en menor medida y especialmente en estas fechas, hayamos caido rendidos a sus pies. Compramos, gastamos, comemos y bebemos mucho más de lo que deberíamos por salud, decoro y presupuesto.
Lo que hagamos con nuestro cuerpo no hay dieta de enero que no lo cure, pero en el tema de los regalos creo que debemos adoptar una actitud más responsable y práctica. En las empresas, desterrar ya de una vez por todas las tarjetas en papel (poco ecológicas y aún menos apreciadas) y preferir regalos útiles para los clientes en lugar de adornos de escritorio junta-polvo. En la familia, dar presentes que tengan el valor añadido de haber sido pensado y buscados con esmero y que respondan, por tanto, a los gustos y expectativas de quien los recibirá. ¡Y ser imaginativos! Los servicios y las actividades de ocio son una muy buena opción cuando la persona a quien se quiere gratificar lo tiene todo: un día de spa, un bono de masajes, un paseo en helicóptero o en globo, un curso de cocina o de cata de vinos, una escapada de fin de semana o una selección personalizada de música (se puede entregar en un MP3, en un Ipod, en una memoria USB o en un CD, y hacer algo similar con películas o juegos de ordenador), entre otras alternativas. Para los pequeños, los juguetes no tienen contra, pero no es mala idea regalarles también una chequera de “horas de juego con mamá o papá” o algún paquete turístico-lúdico de fin de semana para hacer en familia (“vale por un almuerzo en …. + visita al zoológico” o “vale por una tarde de cine + cena de pizza casera hecha entre todos”) y hacerlos participar de una obra benéfica navideña (puede ser un buen momento para revisar juguetes y ropa y llevar lo que ya no usan a alguna institución).
Y para todos libros, siempre libros.

* En Argentina es justo al revés: los regalos más importantes los trae Papá Noel, se dejan debajo del árbol y se abren a la medianoche. Los Reyes Magos dejan en los zapatos, el 6 de enero por la mañana, algún presente de menor valor.

La mala educación

Actitudes y comportamientos que no soporto:

1- Que a alguien le suene el móvil en el cine o en el teatro.
2- Que la gente me atropelle por la calle.
3- Que tiren basura al suelo. Y si es desde adentro de un coche, peor.
3- Que me golpeen los talones con el carro del supermercado.
4- Que las mujeres con cohecitos de bebé esperen a que cambie el semáforo con sus pies sobre la acera y las ruedas del carrito sobre el asfalto.
5- Que los ancianos sean siempre los que tengan más prisa en el banco, en la panadería o en la farmacia.
6- Que griten.
7- Que la gente suba al vagón del tren o del metro antes de que uno pueda salir de él.
8- Que las empresas de telefonía, internet y otros servicios hagan lo que quieran.
9- Que la gente fume a mi alrededor cuando todavía no he desayunado.
10- Que me tiren el humo a la cara.
11- Que algunos/as no se laven ni se pongan desodorante y yo tenga que oler los resultados.

Y lo que más me enferma es cuando compruebo que quienes hacen estas cosas tienen hijos. Porque pienso que ellos seguirán su ejemplo y la mala educación se perpetuará for ever.

La lista de la compra

En este día resacoso y anodino -cuando empiezo a vislumbrar en mi interior los primeros retazos del inevitable balance de fin de año- descubro con sopresa que soy la pesadilla de los supermercadistas.
Está claro: aunque uno se esfuerce por no hacer mal a nadie, e incluso por molestar lo menos posible y hasta contribuir al bienestar de unos pocos, habrá siempre alguien a quien le sentaremos como un cordero mal hecho y le amargaremos el día como cuando te encuentras una nueva abolladura en la chapa brillante del coche.
En este caso, a quienes les estoy haciendo un daño involuntario pero no por eso menos grave, es a los propietarios y gerentes de supermercados. Parece ser que esta gente adora a los clientes despistadillos y perezosos, a los dados a improvisar y a los que se marean con góndolas y letreros. A ellos los aprecian, los cuidan y los viligan como una madre a su hijo menos guapo o más torpe.
En cambio, detestan a los que, como yo, vamos con la lista de la compra en la mano, seguimos un itinerario ordenado por los pasillos y compramos por último los productos frescos. Nosotros somos los malos del supermercadismo, la lacra, por previsores y organizados.
La explicación tiene su lógica, no crean. Resulta que los otros, aquellos que olvidan comprar leche pero se llevan el quinto paquete de rollos de papel higiénico de la semana y pasan de largo ante el azúcar pero ponen en el carro una monísima bandeja de foies variados, son los que les “hacen el agosto” todo el año a los supermercadistas. Ellos, los esponáneos, compran más y permiten desarrollar y probar todo tipo de estrategias para influir en sus arrebatadas decisiones de consumo.
Nosotros, los eficientes, salimos rapidito, con la leche y el azúcar en la bolsa y la lista de la compra convenientemente tachada y respetada. Eso sí: hemos visto el foie y ya pensamos en apuntarlo, cuando lleguemos a casa, para la próxima vez.

BCN Checkpoint

Me entero gracias a la revista Zero Decora de que en Barcelona hay un centro comunitario dedicado específicamente a la detección de enfermedades de transmisión sexual en la comunidad homosexual masculina. Es el BCN Checkpoint, un lugar de diseño moderno y avanzada tecnología, “único por sus características en el Estado español y gestionado por la asociación Projecte del Noms-Hispanosida”.
Además de pruebas médicas para la detección del VIH y otras ETS, el centro trabaja para la “promoción de una sexualidad más saludable” y “ofrece actividades y espacios de reunión dirigidos específicamente a personas que viven” con esas enfermedades.
En su reportaje, Michael Meulbroek y Carlos de Cires explican dónde reside la importancia y la novedad en el enfoque y la gestión que supone el BCN Checkpoint, situado en la céntrica zona denominada Gaixample. Dicen los autores: “Para alcanzar unos resultados efectivos en la promoción de una sexualidad más saludable, es fundamental poder acceder a la información y a los recursos sobre la salud de una forma confidencial, respetuosa y positiva (…) Si se pretende llegar más directamente y de forma efectiva a nuestra comunidad, es necesario facilitar un clima relajado y empático donde uno pueda expresarse y relacionarse sin coacciones. Por otra parte, diversos estudios constatan la importancia de trabajar entre iguales si queremos llegar a un grupo concreto de población y obtener resultados óptimos”.

Contar hasta once

Dice la Oficina del Censo de Estados Unidos que hoy ese país se convertirá en el tercero a nivel mundial en cantidad de población, cuando alguien -hasta entonces anónimo- se convierta en el ciudadano número 300 millones.
Esta ascensión demográfica imparable contabiliza un nuevo punto en el país de las estrellas exactamente cada once segundos. Así resulta del balance entre nacimientos, entrada de inmigrantes –legales e ilegales- y muertes.
Ocho, nueve, diez, once…nace un niño en una típica familia norteamericana, con cuenta bancaria a su nombre, colesterol y una habitación decorada con osos y flores. Nueve, diez, once…muere un anciano en su piso neoyorquino, polvoriento y lleno de gatos. Nueve, diez, once…se suicida un vendedor de coches de Carolina del Norte entre las vitrinas de su colección de armas. Nueve, diez, once…logra poner pie in the holy land un mexicano sudoroso que pregunta en español cómo llegar a Seattle. Nueve, diez, once…arriba al aeropuerto de Miami un estudiante latinoamericano, dispuesto a sacarle provecho a su visado y a encontrar la forma de escabullirse luego. Uno, dos, tres, cuatro…
Aquí también varían por segundos el debe y el haber de las cuentas ciclópeas de la población española que, al igual que allí, arrojan ahora un saldo positivo esperanzador y tranquilizador. Cada cierta cantidad de segundos o de minutos aquí también nacen niños –los más hijos de inmigrantes y los menos españoles-; mueren ancianos –casi todos españoles y muchos de ellos solitarios y últimos habitantes de aldeas que se van vaciando-; pierden la vida familias enteras en accidentes de tráfico –brutales, incomprensibles- y llegan otras tantas cargadas de maletas, miedos, sueños e ilusión. Sin duda el tiempo puede medirse, pero un segundo, que normalmente dura lo que tarda en fundirse el aliento en el aire fresco de la mañana, parece alargarse mágicamente en una pausa intemporal cuando está coloreado por la felicidad o empañado por las lágrimas. La vida, tan ligada al paso del tiempo, no siempre obedece a sus leyes ni responde a estadísticas.

El laberinto subterráneo

Un sociólogo y espeleólogo italiano de 53 años, Mauricio Montalbini, se ha ofrecido a ser el conejillo de indias de un experimento singular: pasar tres años aislado en una cueva. Servirá, según esperan los científicos que estudiarán su caso, para conocer mejor los ciclos naturales del cuerpo.
Seguramente los más de 1.000 días que este hombre vivirá bajo tierra –en un espacio de no más de dos metros de ancho por cincuenta de largo- ayudarán a entender cómo influye la luz y una alimentación balanceada en el organismo, entre otras cuestiones que ya se han analizado por otra parte en gente que ha permanecido cautiva o presa durante mucho tiempo.
Lo que sin duda el italiano podrá probar, si es que logra acometer esta gesta y soporta la monótona y húmeda vida subterránea, es hasta qué punto afecta al ser humano la más absoluta soledad.
Montalbini ganará cierta fama fugaz y se apuntará una línea en el vertiginoso libro de la ciencia, pero también entenderá cuán delicado es nuestro equilibrio mental y lo difícil de domar que resulta el monstruo interior usualmente conocido como cerebro. Una vez que baje a la cueva, recorrerá, ya sin moverse, los tortuosos caminos del laberinto invisible que seduce a locos y a genios y deja su huella indeleble incluso en los creen haber encontrado la (aparente) salida al exterior.