La voz de Lima

Los realities no sólo se diversifican, sino que además alcanzan los rincones más insospechados de nuestro planeta. Como  Afganistán, un país que con mucho esfuerzo intenta salir del abismo de horror y terror que supuso la era talibán y donde los cambios enfrentan a quienes buscan respirar nuevos aires de libertad con los que se aferran a un pasado de marginación y represión fundamentalista. Todo esto se pone de manifiesto, una vez más, gracias a la versión local y adaptada del  reality para aspirantes a cantantes Operación Triunfo (o American Idol). El programa, llamado “Estrella afgana”, es un éxito total de audiencia y también un símbolo para algunos de la conseguida unión nacional (pues participan jóvenes de diferentes etnias y regiones) y, para otros -aún anclados en aquel pasado reciente-, en un ataque directo al Islam y a las costumbres conservadoras.
El concurso va por su tercera edición, pero lo que hace que este año sea más polémico y popular que nunca es que por primera vez una mujer ha logrado colarse en la terna de finalistas. Se llama Lima Sahar, tiene 18 años y procede de la sureña provincia de Kandahar, tradicional bastión de los talibanes. Luchar por su sueño le ha valido una seria advertencia del Consejo de Ulemas –formado por tres mil mulás que actúan como asesores del gobierno del presidente afgano, Hamid Karzai-, que considera inaceptable que una mujer cante, que además lo haga en público y que para ello no se cubra totalmente el cuerpo (manos incluídas).
Ella dice no tener miedo de estas amenazas veladas y afirma que no puede haber progreso sin riesgo. Hace un par de días sentenció: “No pain, no gain” (algo así como “sin dolor no hay ganancia”). Muchos cuestionan que Lima haya llegado tan lejos en el concurso teniendo en cuenta sus aparentemente limitadas condiciones vocales. Pero lo que está claro es que a esta altura ”Estrella afgana” es mucho más que un certamen de música. Los que votan y también los que lo critican ven en este programa un símbolo del cruce de caminos en el que se encuentra Afganistán. Deben decidir hacia qué lado continuar o si, pese a todo, prefieren dejarse guiar de vuelta hacia atrás.

Actualización 30/03/08

Finalmente, Lima Sahar quedó en el tercer puesto del concurso. El ganador fue el joven Rafi Naabzada, de 19 años. Fue la edición más vista (y votada) del certamen afgano.

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Lost redescubre a Bioy para EEUU

Como cuenta hoy eBlog, en el cuarto capítulo de la cuarta temporada de Lost (en España se llama Perdidos), emitido en Estados Unidos hace una semana, uno de los personajes principales, Sawyer, aparece leyendo la novela La invención de Morel, del escritor argentino Adolfo Bioy Casares. La editorial que posee los derechos del libro en suelo estadounidense ya está atendiendo el incremento de la demanda. Ya se sabe, las series de televisión más vistas ponen de moda aquello que sus protagonistas tienen o hacen, desde camisetas y zapatos hasta restaurantes y música. Por qué no también libros. ¿Quién será el culto guionista de Lost que había leído La invención de Morel y decidió utilizar su maravillosa fantasía para apoyar la fantástica trama de la serie de los pasajeros perdidos?    

Josh Holloway (Sawyer en la serie)
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Realities como conejos

El género reality show -que básicamente puede ser definido como un concurso protagonizado por personajes reales que son sometidos al voto del público y vigilados en forma continua por las cámaras- llegó hace unos años a las televisiones de todo el mundo para quedarse. Hoy no hace más que reproducirse en nuevos programas que varían ligeramente sus reglas, el perfil de los participantes y las características de los desafíos que se les plantean (cada vez más extremos: no hay mejor manera de potenciar los conflictos internos y el morbo externo) pero que aún así pueden ser agrupados en cuatro grandes clases.
La primera es la del reality más popular: Gran Hermano y sus variantes (Gran Hermano VIP, Hotel Glam), que también puede ser clasificado como el más “puro” en cuanto a formato, pues se basa en una convivencia forzada entre extraños vigilados por cámaras, sin mayores objetivos fuera del de “aguantar” esa situación el mayor tiempo posible. El segundo gran grupo parte del anterior pero sale afuera en busca de los escenarios más exóticos y trabajosos: granjas de animales, inhóspitas islas caribeñas, alejados parajes selváticos. En este caso se pone a prueba la convivencia entre extraños pero en un entorno que les supone una auténtica prueba de supervivencia, en los que además de su salud mental arriesgan la física. El tercer estilo de reality es aquel en el que los participantes compiten en un ámbito cerrado por ganar un premio concreto que construyen entre todos, como es el caso de La casa de tu vida. Por último, la cuarta variante también se desarrolla en un espacio limitado pero en este caso reúne a candidatos con determinado talento común en una especie de escuela en la que deben perfeccionar en poco tiempo su arte y competir sobre un escenario.
A mí este último es el único que me resulta digerible. Me resulta entretenido ver la instrucción de aspirantes a cantantes (Operación Triunfo, Hijos de Babel, Factor X, Popstars), bailarines (Fama) y -algo menos- modelos (Supermodelo) o cocineros (Esta cocina es un infierno) y comprobar semanalmente sus progresos, y agradezco que se destine más tiempo de emisión a sus clases y dificultades técnicas que a sus discusiones domésticas y escarceos bajo las mantas.
Pero aún así el riesto de empacho es evidente. En estos momentos la televisión española emite, además de Fama (Cuatro) y de Hijos de Babel (TVE),  los muy similares Tú sí que vales (Telecinco) y Tienes Talento (Cuatro), en los que Sarah Jessica Parkerlos participantes compiten con talentos muy disímiles que van desde la acrobacia, el humor o el dominio del violín hasta ridículas y bochornosas capacidades como ponerse pinzas en cualquier parte del cuerpo o manejar flatulencias a piacere.
Es, sin embargo, la televisión estadounidense la que lleva la cabecera a la hora de crear nuevas variantes, a cual más imaginativa y sorprendente. Desde uno en el que se busca convertir a recatadas jovencitas en estrellas porno, pasando por el que selecciona a trabajadores para Donald Trump hasta otro en el que cuarenta niños lucha por sobrevivir en un pueblo fantasma. La última novedad viene revestida de un cariz más “serio” y apoyada en la imagen de la actriz de Sex and the city Sarah Jessica Parker. Se trata en este caso de un reality sobre el mundo artístico, en el que doce aspirantes se someterán a los retos de un jurado y a la opinión del público creando originales obras de arte en distintas disciplinas (escultura, pintura, grabados, diseño industrial, fotografía, etc). La actriz encabeza el proyecto, aún sin título ni contrato con una cadena, desde su productora Pretty Matches.

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¿Cuestión de edad?

Gasset y CalafEl jueves pasado me sorprendió encontrar a Cayetana Guillén Cuervo al frente del programa Días de Cine (TVE 2) en lugar del inigualable Antonio Gasset. Fue como ver un capítulo de los Simpsons con una de las chicas superpoderosas (o supernenas) ocupando el lugar de Bart.
Al otro día comencé a indagar en los motivos del cambio y lo que en principio fue sorpresa y decepción se transformó en enfado. Resulta que el alejamiento del ácido Gasset -con quien se puede estar más o menos de acuerdo pero nunca negar originalidad, cinefilia y un fino sentido de la ironía- responde al expediente de regulación de empleo abierto por Televisión Española.
En principio un proceso de estas características puede estar justificado por cuestiones de política editorial o sobredimensión de la plantilla, pero cuando toca a profesionales de larga y reconocida experiencia, que además cumplen su trabajo con eficacia, los motivos comienzan a mancharse de sospechas. El dato para mí revelador de las verdaderas razones que hay detrás de estos despidos es que varios de los afectados rondan los sesenta años, edad exacta de Gasset.
Investigando lo sucedido con el presentador me enteré de que otra de las prejubiladas es la periodista Rosa María Calaf, flamante premio de la Academia de Televisión y uno de mis referentes en la profesión gracias a sus ya antológicas crónicas, siempre precisas y clarificadoras, desde los lugares más conflictivos y lejanos del mundo como corresponsal de la cadena pública, cargo en el que llevaba más de treinta años.
Que la edad (o la presencia física) sea tomada como una variable válida tanto para contratar como para despedir es un desatino y una injusticia, además de un error. Los periodistas queremos, y debemos, ser valorados únicamente por nuestra profesionalidad y conocimientos, porque eso es lo único que se necesita para informar y opinar con acierto y responsabilidad sobre actualidad. Aún más grave, y motivo de otro debate, es que sean éstos los valores que se respaldan desde una cadena pública.

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Entrevista a Rosa María Calaf acerca del tema
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