Mallorca

La catedral desde el marMi viaje a Palma de Mallorca fue estupendo. Fueron sólo dos días pero rindieron como cuatro por su intensidad. El primero lo pasé en el mar siguiendo a los veleros que disputaban la final de la famosa regata Copa del Rey y disfrutando de la sala VIP y demás instalaciones del Real Club Náutico. Los organizadores y los chicos de Autoritas se portaron de maravillas y la compañía (Rosa, Carlos, Ariadna, César, Verónica, Chiara, José Luis, Chiqui, Paloma, Ion, Nacho, Ginés) fue inmejorable. Tan buena que esa noche se alargó entre raciones, brindis y charlas, todo con mucho cacharro tecnológico de por medio (sí, eran un puñado de geeks… y yo).

El domingo, ya sin competición, decidimos descansar bien por la mañana y luego aprovechar las espectaculares playas mallorquinas. Fuimos a la de Palmanova, donde pocos días antes ETA había matado a dos guardias civiles. Comiendo en un chiringuito nos enteramos de que estaban explotando varias bombas en distintos restaurantes y bares en el centro de Palma, esta vez sin víctimas. Hubo mucha tranquilidad y muchísima seguridad, así que la cosa no pasó de un mal trago hecho con toda la intención de perjudicar el turismo, la imagen de España en el exterior y las vacaciones de la familia real. No lo consiguieron, por supuesto. Yo, por lo pronto, sólo pienso en repetir la visita en cuanto pueda.

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Tres días en Bonn

Anduve por Bonn. Fui a participar del Global Media Fórum y de paso recoger el premio The Bobs que le dieron a finales del año pasado al blog 233grados.com. Conocí a gente interesantísima, hablé y debatí horas y horas sobre periodismo, estuve con la gente de la redacción en español de la Deutsche Welle (el gran José, Claudia, Pablo, Emilia, Cristina, ¡gracias, un gustazo!) e hice algunas entrevistas. Ayer viernes, mientras daba un primer y último paseo por la pequeña ciudad alemana, sólo podía repetirme una cosa. Algo que ya tengo muy aprendido, pero que no deja de presentárseme cada cierto tiempo como una verdad reveladora y concluyente: “La ignorancia es muy atrevida”. Varias personas me habían advertido que Bonn era demasiado pueblerina y aburrida, sin nada para ver. A mí me pareció encantadora, con sus puestos de flores (¡baratíiiisimas, qué envidia!), sus panes riquísimos, sus incontables bicicletas y ciclistas y su avasalladora tranquilidad (sólo un par de datos: muchas bicicletas no tenían candado; los chicos, en un colegio, jugaban durante el recreo en un patio delantero sin rejas, muros ni vigilancia). O seré yo nomás, que no me canso de viajar y de observar, en cada lugar al que voy, cómo viven los demás, qué hacen, cómo visten y caminan, cuáles son sus hábitos cotidianos, cómo son sus casas. Voyeur total.


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Todo lo sucedido en Bonn está teniendo mucha repercusión en los medios, y a mí en lo personal me está dando gratísimos resultados que enumero aquí:

- Mención en The Guardian (¡uno de mis periódicos favoritos!)
- Entrevista en la Deutsche Welle
- Felicitación de La Propaladora
- Rebote de la noticia en Strange Attractor y Periodismo Ciudadano
- Crónica de mi colega y amiga Paula Carri en Aryentina

Toco y me voy

Mi silencio bloguero no obedece más que a una voluntaria ausencia temporal. Es verano en esta parte del mundo y estoy de vacaciones. Aprovechando una visita familiar ideé un recorrido por algunos lugares del país que me faltaba conocer: León, Asturias (Oviedo, Gijón, Ribadesella, Cangas de Onís, Llanes, Parque Nacional de los Picos de Europa) y Santillana del Mar (Cantabria). Una vez más, España me regaló paisajes soberbios y mesas opulentas, rincones henchidos de historia, sabrosos modismos locales y un maremágnum de hospitalidad y tranquilidad. Aprovecho una breve parada técnica en Madrid antes de continuar viaje para escribir estas líneas y dejar caer algunas fotos caprichosas:

1- Catedral de León; 2- La Iglesia comienza a modernizarse: en la catedral de León se aceptan donaciones con tarjeta; 3- También en León hay bicis de alquiler público, como en otras ciudades de España; 4- No sólo hay independentismo (País Vasco, Cataluña), además ¡León pide su autonomía!

1- Covadonga; 2- Puerto de Gijón al atardecer; 3- Licores y orujos asturianos con “originales” nombres (“Hijoputa” y “De puta madre”); 4- Fabada asturiana; 5- Vista del Parque Nacional de los Picos de Europa; 6 y 7- Santillana del Mar (Cantabria).

De turistas a viajeros

No soy una gran caminante. O al menos, no soy una alegre caminante cotidiana. Cuando se trata de desplazarme para cumplir con una obligación con horario fijo prefiero el transporte público o un vehículo particular, según el caso. Pero cuando viajo me transformo en una incansable exploradora de a pie y puedo pasar días enteros, pese a la queja de mis músculos, recorriendo la ciudad por la vía pedestre.
Hace un par de semanas mantuve dos conversaciones separadas con amigos sobre este tema. En ambos casos caimos en la clásica charla de balance y renovación de propósitos que provoca el cambio de año y todos coincidimos en lo enriquecedor y gratificante que habían sido los viajes -o mejor debería decir las escapadas- que habíamos hecho durante 2007. Pero también nos dimos cuenta de que esas experiencias habían resultado tan íntimamente satisfactorias y renovadoras porque en los últimos años habíamos modificado radicalmente nuestra manera de conocer mundo. Habíamos mutado de turistas a viajeros.
La diferencia es clara. El turista se desplaza por la ciudad que visita siguiendo un riguroso itinerario elaborado en base a mapas y guías de viajes, con paradas inexcusables en cuanto museo o monumento relevante haya, sin importar su gusto particular ni sus preferencias históricas o artísticas y ni tan siquiera su estado anímico y físico. Toma nota mental, y muchas veces también escrita, de cuanto sitio importante pise (la exhibición posterior ante familia y amigos es la mayor recompensa al esfuerzo) y nunca olvida hacer la fotografía correspondiente que dé veracidad de notario al momento. Lleva una mochila bien provista de comida y bebida, elige las calles más transitadas para desplazarse, mira todos los cuadros de los museos que visita como si estuviera realizando un inventario, se las ingenia para comprar algo allí donde vaya y se concentra en aprovechar cada minuto del tiempo que ha comprado.
El viajero, en cambio, enfrenta la visita al destino desconocido como una aventura también interior. Recorre las calles dejándose llevar por los sonidos, los olores y los colores. Aunque también se fija algunos sitios para conocer, sabe que ninguno es imprescindible y que alguna de las callejuelas por las que se mete tal vez lo arrastren ante unas cuantas maravillas más impactantes y cercanas que las que guardan los museos, que por cierto explora sin orden ni afán de verlo todo sino de mirar algo y aprender un poco.
A diferencia del turista, el viajero intenta por todos los medios disfrutar de cada minuto de esa vida extraña que comparte por unos días. Camina, inagotable, intentando absorver caras, gestos, palabras y momentos. Quiere comprender más que conocer. Come cuando tiene hambre o lo tienta algún manjar de escaparate; elige con olfato de sabueso los restaurantes preferidos por los lugareños y prueba los mismos platos que ellos. También lleva una cámara de fotos, que a su regreso revelará una serie caprichosa en la que faltarán varios lugares turísticos de renombre y en la que aparecerán imágenes de detalles y de esquinas mágicas, de portales sin placa y balcones anónimos.
El turista vuelve a casa, deshace la maleta y retoma su vida habitual como quien se quita un disfraz cuando termina la noche de carnaval. Está ansioso por relatar lo que vió y contar dónde estuvo. A su regreso, el viajero sigue durante días y hasta semanas con los sentidos embebidos de los aromas y sabores del lejano destino. Por unos días vivió como si fuera parte de aquello, se imaginó actor de una vida distinta. De nuevo en su papel se da cuenta de que no es el mismo que antes de viajar y de que se trajo muchas más cosas en su mente y en su corazón que si hubiera comprado souvenirs de recuerdo.


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Fotos: 1) Mercado de las especias, Estambul. 2) Piazza Navona, Roma. 3) Casa Rosada, Buenos Aires. 4) Vista del Sena, París. 5) Camden Town, Londres.

Postales de Londres

Londres es una ciudad majestuosa. Elegante, diversa, dura, vibrante, tentadora, tremendamente cosmopolita, en ella uno se siente en el centro del mundo occidental urbano.
Sus monumentos, parques y sitios emblemáticos son ya muy conocidos y fáciles de googlear, así que prefiero dejar algunas postales de paisajes, objetos y momentos que, al menos a mí, me han resultado curiosos.


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Ochenta citas, o las que hagan falta

Jennifer CoxTengo una amiga que un día, a los treinta y tantos, decidió encontrar al hombre de su vida en lugar de seguir esperándolo. Se puso a dieta, renovó su vestuario, se cambió el corte de pelo y se registró en una página web de encuentros. En tres meses tuvo doce citas.
Varias veces estuvo a punto de rendirse, agotada por el esfuerzo, las decepciones y los fracasos. Pero la última oportunidad que se dio fue diferente. Por fin hubo conexión, magia…y romance. Han pasado cuatro años y hoy la feliz pareja estrena casa y espera su segundo hijo.
Lo que no se le ocurrió a mi valiente amiga fue rentabilizar su proyecto personal (no exento de gastos, por cierto) transformándolo en un libro. Como hizo la británica Jennifer Cox en La vuelta al mundo en 80 citas, en el que relata su periplo mundial a la caza del hombre de sus sueños*.
Cox pidió a amigos y conocidos de dieciocho países que le presentaran a hombres solteros que se ajustaran a la descripción que les enviaba y, haciendo uso de sus amplios conocimientos como periodista de viajes, se puso la mochila al hombro y no volvió a casa hasta seis meses y 76 citas después. Eso sí: traía el libro en mente y a su novio Garry (con quien aparece en la foto) en el corazón.

* Y que muy pronto podría ser llevado al cine, ya que Universal Pictures ha comprado los derechos.

Más sobre Jennifer Cox

Rally a Mongolia

“El próximo mes de julio mi bólido, una irreductible Vespa de 200cc, y yo nos embarcaremos en una nueva aventura (…) Atravesaremos los confines de Europa para dar con nuestras narices en el corazón de Asia (…) Nuestro destino final, Mongolia. Así, atravesaremos parajes inhóspitos, cuyas carreteras no han sido rehabilitadas desde tiempos del mismo Khan. ¿Miedo? Mucho. ¿Ganas? Más”. Así comienza a relatar su aventura el joven madrileño Jaime Adán. Participa del Mongol Rally 2007, cuarta edición oficial de una carrera benéfica creada en 2001 por dos jóvenes de Bristol que decidieron ir al lugar más exótico y lejano que se les ocurrió a bordo de su fiel Fiat 126.
La alocada travesía por el corazón de Europa y Asia se repitió, ya con más participantes y un claro objetivo solidario, en 2004, 2005 y 2006, ocasión esta última en que ganó el único equipo español, integrado por Alberto Gómez-Borrero y David Beltrán.
La gesta de los jóvenes castellanos impulsó a varios compatriotas a sumarse este año a la convocatoria. Tal fue el interés manifestado por España en este alocado rally que por primera vez se habilitó a Madrid como salida alternativa a Londres.
Adán es uno de los diez equipos que partieron de la Puerta del Sol (otros 190 lo hicieron desde la capital británica) el pasado 20 de julio rumbo a Ulán Bator. Su caso es el más llamativo entre los locales porque es el único que viaja solo y que lo hace a bordo de una motocicleta, una vieja Vespa de 200 centímetros cúbicos por la que tuvo que pagar cien libras de multa.
Y es que las reglas del Mongol Rally lo establecen claramente: los automóviles autorizados deben tener un motor de hasta 1.000 cc (“esos que generalmente son considerados basura”) y los vehículos de dos ruedas no pueden superar los 150 de cilindrada. Quienes exceden ambas medidas –lo cual no se recomienda desde la organización para no traicionar el espíritu de la carrera- deben pagar multa.
Se estipula también que cada equipo debe aportar un mínimo de mil libras para participar y que todo el dinero recaudado se destina a entidades benéficas. En el caso de los españoles se escogió a Mercy Corps Mongolia (dedicada a proyectos de desarrollo en las zonas rurales de Mongolia) y a Misioneras de María Mediadora (abocada al equipamiento de la biblioteca en el internado femenino de Lilongwe, en Malawi).
El Mongol Rally es peligroso y difícil, ya que los riesgos corren por cuenta de cada equipo, al igual que los gastos derivados del viaje (de ahí la búsqueda desesperada de patrocinadores), pero también es muy libre, pues hay cuatro rutas para elegir y sólo tres paradas obligatorias en Praga, Uzbekistán y Rusia. Incluso llegar al final en estos próximos días es secundario. Tanto es así que no hay premio para el/los ganadores. El reglamento de esta carrera sin meta lo advierte: “no se trata de llegar a Mongolia sino de la diversión que hay en intentarlo”.

Links:
Web del Mongol Rally

Equipos españoles participantes en el Mongol Rally 2007:

Omeyas Córdoba
Dos amigos cordobeses, Antonio Pérez y Francisco Javier Campos, a bordo de un Seat Marbella 1994.
R-77
Las únicas mujeres: dos hermanas canarias, Nuria y Natalia Puyol, en un Opel Corsa.
Samurai Mongol
Los catalanes Isaac Llorens y Albert Cantos con un Suzuki Samurai 1.000 cc.
Genghis Kar
Desde Madrid, los hermanos Jorge y Antón Alvar con su “furgoneta cuatro latas”. 
Atopocu2
También madrileño, el intrépido solitario Jaime Adán y su Vespa.
Team Jackal
Jesús García y Jorge Yébenes, en un Ford Fiesta de 50 caballos y 16 años.
Spanish Adventurers
Raúl Díaz y Antonio Orduña a bordo de un Citröen AX 1.0 del ‘95.
Español
Los madrileños Miguel Ángel Rodríguez y Jaime Fernández en un Nissan Micra 1.3.
Eco Challenge
Adrián Vázquez y Felipe Blanco conduciendo un Lupo 1.4 cc.
Mallorca2Mongolia
Un Seat Marbella y sus misteriosos ocupantes mallorquines.

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Tejiendo para Mongolia

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La vuelta al mundo en una Mehari

La Mehari de los SabahEl uruguayo Mario Nelson Sabah y sus hijos Ismael y Matías recorrerán el mundo durante dos años a bordo de una vieja Mehari azul. Lo que comenzó como un sueño que el padre confesó hace diez años a su prole, durante una de las habituales travesías familiares en otro Citröen, empezó a hacerse realidad el 1 de marzo pasado, cuando los tres partieron de Montevideo rumbo a la mayor aventura de sus vidas.
Los Sabah tienen previsto recorrer 65 países de los cinco continentes. Después de pasar por Argentina, Chile, Perú, Colombia y Panamá, actualmente se encuentran en Costa Rica, desde donde tienen previsto dirigirse hacia América del Norte y pasar luego a Asia, Indonesia, Europa y África (ver mapa).
Una vez tomada la decisión de hacer realidad lo que parecía una locura irrealizable, propia de la mente de un quijote inofensivo, Mario y sus hijos se pusieron a acondicionar el vehículo que iban a utilizar. No podía ser otro, dicen ellos mismos, que aquella destartalada pero resistente cachila que los había acompañado durante todos estos años y que “se había convertido en un miembro más de la familia”.
Durante esta etapa inicial, y mientras buscaban empresas que los apoyaran con los gastos del viaje, los Sabah encontraron también lo que se convertiría en el lema de esta aventura, en la razón que dotaría de fuerza y trascendencia a su alocado periplo. La decisión de parientes y amigos de emigrar les hizo pensar que su vuelta al mundo podía servir para llevar un mensaje de unión y esperanza a los miles de uruguayos que están lejos de su patria. Asumieron, voluntariosos, “la responsabilidad de ser muy buenos embajadores de nuestro país, embajadores con el compromiso de traer a nuestro pequeño Uruguay las inquietudes o necesidades de esa diáspora que suma 500.000 personas que día a día sueñan con volver”.
Así nació lo que hoy es Uruguay por el mundo. Las incidencias, anécdotas y logros del viaje familiar pueden seguirse día a día en la web del proyecto, donde además se brinda la posibilidad de contactar por correo electrónico a los tres aventureros para darles aliento o, en el caso de los uruguayos, para sumarse a la estela de la Mehari que avanza cantando su himno.

Itinerario de

Vacaciones en Roma

La ausencia de los últimos días se debió a un viaje a Roma. Fue mi primera visita -breve, intensa y reveladora- a la capital italiana. No alcanzan los ojos ni aguantan los pies, en tan escasos días, para ver todo el arte y la historia que hay en esta ciudad. Aún con su desorden y rudeza, es difícil no sucumbir al encanto descuidado y milenario de Roma.
Como toda primera visita que se precie, la mía tenía entre sus prioridades conocer los monumentos, ruinas y edificios más representativos. Así que en la primavera romana, calurosa y húmeda, recorrí junto con cientos de turistas y no pocos religiosos y fieles (el Vaticano opera como un imán de alcance mundial) las pétreas galerías del Coliseo y los trazados majestuosos del Foro Romano, admiré los tesoros artísticos que encierran los Museos Vaticanos, estudié los exquisitos frescos de la pequeña Capilla Sixtina y me sobrecogí ante la inmensidad y belleza de la Basílica de San Pedro. También estuve en el Panteón, tiré una moneda a la Fontana di Trevi y paseé por Villa Borghese.
Sin embargo, el verdadero atractivo de Roma lo encontré caminando por sus calles, sentándome en sus múltiples plazas y fuentes, entrando a sus incontables iglesias y repletos museos, comiendo en sus restaurantes y pizzerías al paso y mirando a su gente.
Roma respira arte e historia, vida y caos, y es tan intensa su riqueza que cuesta asimilarla. Guarda la memoria y los vestigios de los grandes hombres que por allí pasaron. Es, ante todo, humana, pues toda ella fue construida con sangre, cincel, cartabón, fe e inspiración.
Roma está hecha de callejuelas retorcidas, balcones floridos, muros desconchados, grafitis y columnas. Huele a pizza y a pasta, a buen vino y a la humedad de las piedras. Tiene el sonido de las campanadas, de los aullidos del tránsito enloquecido y de las conversaciones apasionadas.
La habitan hombres y mujeres con carácter, seguros y modernos, orgullosos de ser los herederos de siglos de sabiduria. Sin embargo, ellos no la poseen. Los verdaderos dueños y dueñas de Roma residen sobre pedestales, encima de las azoteas, encerrados en marcos o colgados de las paredes. Perfectos e insolentes nos ven pasar junto a ellos. Parecen casi divertidos ante nuestra avidez y transitoria presencia. Presumo que esperan el fin de los tiempos para reconquistar su reino.

Templo de Antonino y Faustina-Foro Romano Coliseo

Fontana di Trevi Campo di FioriBalcón

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Pamuk, Turquía y el vendaval

Estoy leyendo La vida nueva del Premio Nobel de Literatura 2006, el escritor turco Orhan Pamuk. Lo compré justo antes de partir hacia Estambul, a finales de año, pero no logré comenzar su lectura hasta unos días después de regresar a España.
La inmensa ciudad de los imperios me pareció tan subyugante, complicada y lejana que temía aferrarme a la visión de Pamuk para poder interpretarla mientras recorría sus intrincadas calles y sorteaba taxis enloquecidos, puestos callejeros y gatos perezosos. Preferí, entonces, dejar que mis sentidos absorbieran lo que Estambul me mostraba (o insinuaba) y decidí confiar en que, tras los primeros días de zozobra y desasosiego, acentuados por el aislamiento que me producía un idioma absolutamente incomprensible para mí, poco a poco iba a encontrar una puerta para el entendimiento y, tal vez, la fascinación.
Debo decir que lo segundo llegó sin lo primero. Pese a las dificultades, las diferencias y las distancias -y sin que el exotismo fuera tanto como para, por sí solo, conquistarme- Estambul me fascinó. Y esa atracción irresistible me convenció de que este país a caballo entre Europa y Asia, del que su capital era tan sólo la punta del iceberg, y que se me presentaba moderno en apariencia pero firmemente atado a su agitada historia y marcado por su cruce de culturas y civilizaciones, no iba a facilitarme las cosas.
Turquía se me figuró un rico y pesado cofre cubierto de algunas de las muchas piedras preciosas que atesoraron sus sucesivos gobernantes y se exhiben actualmente en el Palacio de Topkapi. Un baúl antiguo y exquisito, cuyo contenido sólo se me permitió atisbar por una rendija, pero que adivino profuso, revelador y enriquecedor.
Creo que la globalización es un vendaval que comenzó como una brisa y fue extendiéndose y cobrando brío a medida que unía pueblos y ciudades con su soplo. Este vendaval abrió todas las puertas que halló a su paso. La mayoría fueron arrancadas. Otras, más resistentes, están todavía golpeándose, provocando intervalos de luz y de sombra, de visión y de tapia, de libertad y de peligro. De todas formas, las puertas que había ya no sirven para franquear el paso. Tras el vendaval sabemos que pueden abrirse y sabemos -o recordamos, o soñamos, o deseamos o tememos- lo que hay del otro lado. El tránsito de personas, culturas, ideas y anhelos es inevitable e incontenible. Nos resta la tarea de ordenarlo, minimizar los perjuicios que pueda causar y aprovechar lo bueno –en forma de adelantos y conocimientos- que siempre trajeron el comercio y los viajes.

Hoy se ha anunciado que Pamuk “ha abandonado Turquía por un largo tiempo”. El escritor recibió nuevas amenazas tras el asesinato del periodista turco-armenio Hrant Dink que lo llevaron a cancelar hace unos días, por motivos de seguridad, un viaje a Berlín. Ahora Pamuk sacó sus ahorros del banco y tomó otro avión, en este caso con rumbo a Nueva York y por un plazo indefinido.
Quizás esperará allí a que por la puerta desvencijada pasen -además de Operación Triunfo (en la televisión turca hay un formato idéntico, salvo que compiten bailarinas en lugar de cantantes), los últimos móviles y las grandes cadenas de moda- la libertad de expresión y la condena a los violentos, los intolerantes y los asesinos.