En defensa de la ñ

A partir del 8 de septiembre próximo las diéresis y acentos propios del español, así como la característica letra ñ, podrán formar parte de los dominios argentinos de Internet. Además, a partir de la entrada en vigor de una disposición adoptada por el Ejecutivo en abril pasado se producirá el cambio de gov.ar a gob.ar de los sitios correspondientes al Gobierno, inspirados inicialmente por la palabra inglesa government.

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Yo también me apunto a la defensa de la ñ (y al odio a los teclados que no la traen). Porque me gusta la mañana y mucho más el año, soñar y cada tanto añorar, dar caña y no tener migraña, limpiarme las lagañas con saña, pintarme las uñas y pasear por España, ver cañones de dos patas y rebaños de cuatro, evitar riñas y engaños, darme un baño y acometer alguna que otra hazaña, huir del desengaño tanto como de la guadaña. Y hay mucho más.

Acortando el castellano

Los periodistas deportivos tienen, además de algunas virtudes, dos defectos claros, ambos relacionados con su manejo del idioma: les encanta adjetivar e inventar palabras. Con los Juegos Olímpicos de Pekín retransmitidos en todas las televisiones del mundo sus malos hábitos tienden a multiplicarse. Pero hay ahora dos cosas que me llaman la atención particularmente y que la Real Academia Española acaba de desmontarme de un click: los enviados a la capital china españoles hablan todo el tiempo de los “entrenos” (por entrenamientos) y los “ucranios” (en lugar de ucranianos). La RAE, sin embargo, da ambas palabras como válidas. ¿Es sólo una cuestión de oído que a mí me choquen tanto?

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Precisión de los verbos

Para confirmar una vez más mi teoría de los temas recurrentes, ayer a la tarde conocí a una mujer que trabaja en la biblioteca a la que me referí en el post anterior. Asombradas por la casualidad, pues estábamos en otro lugar muy distinto pero ambas habíamos pasado el día en el mismo sitio sin vernos, nos pusimos a charlar un rato. Me contó cosas muy interesantes que suceden en las tripas de este laberinto de libros y una anécdota muy graciosa que muestra lo que supuso para las personas mayores la irrupción de la tecnología en los espacios públicos y hasta dónde hay que afinar el lenguaje cuando se trata de comunicar:

Sucedió hace unos cuantos años, cuando se informatizó todo el catálogo de la biblioteca. Un día se presentó una señora que nunca antes había usado un ordenador. Un bibliotecario la sentó ante uno y comenzó a explicarle paso a paso cómo hacerlo y cómo funcionaba el sistema. En un momento se distrajo y cuando volvió la cabeza vio que la mujer estaba intentando escribir con un bolígrafo sobre la pantalla. Ella argumentó que había visto una casilla que decía: “Escriba el nombre de la obra” y eso es lo que estaba haciendo, literalmente. A partir de ese momento se cambió el verbo por “teclee”.

Todo por una letra

Me fascina estudiar las razones del cuestionamiento que hacen algunos lectores, o espectadores de cine, acerca de que un personaje o una situación del libro que leen o de la película que ven son “irreales”. Yo suelo toparme con personas y ver o vivir momentos absolutamente absurdos, caricaturescos o esperpénticos y cuando eso sucede muchas veces pienso “si lo pusiera en un texto literario parecería una exageración insalvable”. Suele tratarse, simplemente, de ineptitud o escasa habilidad por parte del escritor: la vida real siempre supera a la ficción. Sólo necesita ser trasladada al papel o a la película con verosimilitud, ni siquiera con autenticidad o realismo. Es el contexto creado a través de las palabras/imágenes bien utilizadas lo que da credibilidad, como el resultado de la percepción de nuestros sentidos lo hace en la vida real.
Todo esto viene a cuento de una “increíble pero real” tragedia familiar ocurrida en Turquía a raíz de una letra. Resulta que muchos teclados de los teléfonos móviles no contemplan todos los caracteres del alfabeto turco. Esto, que puede ser fuente de disparates y entuertos divertidos, derivó en un grave malentendido entre una pareja de Ankara que acabó en asesinato y suicido.
Todo comenzó cuando, en medio de una discusión por sms, en lugar de escribir “sIkIsInca” (cuando te quedas sin argumentos), Ramazan, de 24 años, le escribió a su mujer Emine, de 20, ”sikisince” (cuando te follan) porque su aparato no contaba con la letra “I” turca (i cerrada, que no lleva punto).
La chica, ofendida, le mostró el mensaje a su padre, quien discutió con el joven. Cuando éste intentó explicarse el resto de la familia se le echó encima. Enloquecido, Ramazan acuchilló a Emine y luego se suicidó en prisión. Su suegro y dos de sus cuñadas están demandadas por intento de asesinato. El diario turco Hürriyet asegura que no es el primer caso, aunque sí tal vez el más dramático, en el que la confusión con esta letra causa serios problemas entre los ciudadanos.
¿No parece uno de los sabrosos y tremendos cuentos de Las mil y una noches

Obra de Catalina Estrada

Fuente: Diario Metro/EFE.
Ilustración: Catalina Estrada.

 

Malas palabras

A mí me encantan las malas palabras. Las uso poco (realmente poco, papá, no te asustes), pero cuando las suelto las cargo de tanto significado e intención que después me quedo más satisfecha y aliviada que un maratonista al cruzar la meta o un submarinista a pulmón al salir del agua.
Y es que en ciertas ocasiones ningún otro término o expresión puede describir mejor a una persona o revelar el exacto alcance de una reacción que una ”mala” palabra. El secreto está, justamente, en su oportunismo y también en no abusar de ellas, porque si se utilizan en todo momento cuando de verdad encajan como el zapatito de Cenicienta pierden brillo y valor (además de lo ordinario y cansador que resulta el/la puteadora incontinente).
Por otra parte, me cae muy mal la gente que es pacata con respecto al idioma (los pacatos en general, más bien) y que tacha de su vocabulario algunas palabras como si con eso borrara también la existencia de lo que aquellas describen. Por supuesto que hay maneras más y menos elegantes de insultar, epítetos que no son insultos pero que se utilizan como tales (términos sexistas o que aluden a defectos o características físicas) y también palabrotas groseras y otras más sutiles. Las mejores entre estas últimas son las que se alejan de las frases hechas, las que esconden una puteada certera pero velada e imprevista, nacida de la ocurrencia y de las situaciones más cotidianas.
¿Se te ocurre alguna?

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Links:
Algo sobre la historia de las palabrotas
Fontanarrosa y su defensa de las malas palabras

Guerra al gerundio

Paloma en ParóLos gerundios son empalagosos. Uno, bien servido, resulta un plato exquisito que da un toque de color y precisión al resto de la comida, pero un atracón de gerundios sólo puede provocar indigestión al goloso compulsivo que no supo refrenar su apetito y depararle el escarnio y el asqueado rechazo por parte de los demás comensales que abjuran de su glotonería.
Parte de la mala fama de los gerundios se debe a la ignorancia acerca de su correcta utilización. Para asegurarse buenos resultados, es mejor limitar su uso a los casos en que se quiere indicar simultaneidad en la acción, continuidad, algo inmediatamente posterior o una condición. Así, evitaremos que un gerundio quede chirriando en una frase o que todo el texto huela a amasijo de palabras rimbombantes y arcaicas.
Por todo lo anterior, los gerundios, además de empalagosos, son también unos incomprendidos. Y el desconocimiento de algo suele llevar – fuera del uso incorrecto o del abuso- a su ignorancia e incluso a su encarnizada persecución.
Si no vean el caso del gobernador de Brasilia, quien, harto de demoras y tropiezos, ha decidido prohibir el uso de los gerundios en la administración pública como “disculpa para la falta de eficiencia” del aparato estatal. José Roberto Arruda dictó este decreto creyendo que así acabará con el origen de todos los males de la burocracia, sin darse cuenta de que sólo ha asesinado a la pobre paloma mensajera.

El lenguaje despojado

“El lenguaje es una escotilla enorme para que otros vean lo que tenemos por dentro. Personalmente prefiero las escotillas sobrias, que me dan una vista clara y transparente, a esas adornadas con cortinas de encaje y borlas. Juan Ramón Jiménez sugería: Donde puedas decir pájaro; no digas ave… Y es que existen diferencias muy notorias entre ser culto y ser cursi”.

Extraído de “El desprestigiado verbo poner, de JorgeLetralia, post sobre el lenguaje, su mal uso y la cursilería que recomiendo por su acierto y sensatez.