Al otro lado del Atlántico, en los países regados por el soberbio Río de la Plata, cada 21 de septiembre se festeja el Día de la Primavera. La gente, y en especial la juventud, sale a los parques y las plazas a celebrar la llegada de la temporada cálida, la reaparición de las flores y los brotes y también –porque siempre la unimos al calor y a los colores- la revolución del amor.
Propongo que nosotros, aquí en Europa, festejemos ese día la llegada del otoño y, con ella, el triunfo de la paleta de ocres y oscuros carmines sobre nuestras arboledas centenarias, el renovado gozo del tacto de la manta sobre las piernas, la fresca alquimia de la lluvia y el enorme placer de los paseos al sol, ya atenuado gracias a los primeros aires invernales.
Lo explicó alguna vez, aunque hablando de la magia de esta estación en su Buenos Aires, la escritora Vlady Kociancich:
“Hubo un tiempo en que no me gustaba el otoño. Era en la edad de la inocencia, que festeja la excitación de la primavera y las libertades del verano. Supe que tocaba el umbral de la madurez cuando empecé a celebrar los grises de la lluvia, las hojas secas sobre la vereda, el olor del café, la estimulante sensación de comienzo, de primera página de un libro…”
Acabamos de dar vuelta esa página. Leamos las letras del diario de este otoño.

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