Escribir sobre la guerra es atravesar un campo minado de lugares comunes y frases remanidas. Es pisar con temor a rozar la sensiblería y con la certeza de que las palabras resultan siempre escasas y hasta banales para describir el horror y aún más para alcanzar los elásticos límites de la miseria y la crueldad humanas.
La última película de Ken Loach, “El viento que agita la cebada”, es una exquisita demostración de que, en la guerra, siempre se pierde. A ambos lados. Sin vuelta atrás. Es -como dice hacia el final uno de los protagonistas- morir por dentro, a pesar de que el cuerpo logre evadir las balas, sobreviva a la tortura e incluso celebre algún día la victoria.
“El viento que agita la cebada” –Palma de Oro a la Mejor Película en el último Festival de Cannes- relata los sucesos ocurridos entre 1920 y 1922 en Irlanda, que llevaron a la dolorosa división del país. Con un guión sólido, aunque por momentos algo discursivo, la película no aburre pese a sobrepasar las dos horas de duración. El reparto es poco conocido fuera del Reino Unido, e impecable. Al igual que la fotografía y la delicada banda sonora.
Una oportunidad para ver buen cine, reflexionar y hasta sufrir con la intensidad de este viento verde de Loach que agita el corazón y la mente de sus espectadores.

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