Un sociólogo y espeleólogo italiano de 53 años, Mauricio Montalbini, se ha ofrecido a ser el conejillo de indias de un experimento singular: pasar tres años aislado en una cueva. Servirá, según esperan los científicos que estudiarán su caso, para conocer mejor los ciclos naturales del cuerpo.
Seguramente los más de 1.000 días que este hombre vivirá bajo tierra –en un espacio de no más de dos metros de ancho por cincuenta de largo- ayudarán a entender cómo influye la luz y una alimentación balanceada en el organismo, entre otras cuestiones que ya se han analizado por otra parte en gente que ha permanecido cautiva o presa durante mucho tiempo.
Lo que sin duda el italiano podrá probar, si es que logra acometer esta gesta y soporta la monótona y húmeda vida subterránea, es hasta qué punto afecta al ser humano la más absoluta soledad.
Montalbini ganará cierta fama fugaz y se apuntará una línea en el vertiginoso libro de la ciencia, pero también entenderá cuán delicado es nuestro equilibrio mental y lo difícil de domar que resulta el monstruo interior usualmente conocido como cerebro. Una vez que baje a la cueva, recorrerá, ya sin moverse, los tortuosos caminos del laberinto invisible que seduce a locos y a genios y deja su huella indeleble incluso en los creen haber encontrado la (aparente) salida al exterior.

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