Un pueblo costero de España se asienta, construye y derriba sobre el lomo de un inmenso dragón echado sobre su vientre escondido. El pétreo animal está mirando hacia el mar, con las fauces inactivas sumergidas en las aguas poco profundas de la orilla. Está dormido.
El tiempo ha ido usurpando el cuerpo del dragón: lo ha cubierto de matorrales y arbustos y le ha abierto el paso a pequeños manantiales. Los humanos también escogieron la falsa piedra para establecer sus casas y sus sembradíos, seducidos por el paisaje aparentemente inofensivo.
Un día el dragón despertará de su letargo, cansado de pisadas, mutilaciones e indiferencia. Con un tremendo rugido estirará sus patas entumecidas y sacudirá su lomo hasta arrojar a lo lejos, sobre las olas y en la montaña, lo que ensuciaba su cuerpo herido.
El dragón mirará en derredor y, al descubrir nuevas miradas de pánico, decidirá que es hora de volver al camino. Tomará un último sorbo de agua de mar, probará sus fuelles y dirá adiós a las redondas piedras blancas que le servían de almohada para finalmente girarse hacia los campos, desde donde se oirán, aún a lo lejos, sus sísmicas pisadas de gigante y sus ígneos rugidos.
Entonces volverá a convertirse en la criatura altiva y rotunda que era antes de tumbarse, cuando huyó a través del sueño del hastío de saberse el único en su especie.

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