Hubo un tiempo en que no concebía la vida sin ruedas. Y no hablo del automóvil. Me refiero a esos años en que esperaba impaciente la hora marcada para salir de casa y jamás lo hacía sin mis patines naranjas bien atados o montada en mi bicicleta, también del color de la mandarina.
Cuando me obligaban a entrar nuevamente, y me plantaban delante un plato de comida, mi cabeza seguía anclada en los paisajes del barrio y mis pies continuaban sintiendo los efectos del movimiento circular que me había mantenido toda la tarde a cierta distancia del suelo y muy cerca, creía yo, del cielo.
Nunca más anduve en patines y las sucesivas bicicletas que tuve fueron más bonitas pero jamás tuvieron las alas que yo le veía a aquella, la naranja, que mi padre me compró la mañana de un sábado de primavera.
Una, gris, se ganó mi indiferencia adolescente. Años después, otra, esta azul, se fue con un desconocido en una ciudad caótica en la que intenté moverme en dos ruedas contra todos los consejos y advertencias. La última, roja, aún me está esperando bajo el óxido en un piso con un ascensor demasiado estrecho. Me he resignado -compruebo- a una negra y mutilada, que me castiga cada semana, atada al suelo, en un gimnasio.
Pero puede que pronto otra bicicleta se acerque a mi vida. Si vuelvo a tentarme con la idea de recuperar sensaciones infantiles a fuerza de pedalear, seguramente esta vez me inclinaré por una Cittadina, el nuevo invento de dos jóvenes cordobeses de la Córdoba argentina.
¿Las tendrán en naranja?

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