Dicen que las mudanzas son la tercera causa de mayor estrés, después del divorcio y la muerte de un ser querido. Sin duda es la más tonta de las tres. Y también la que, sin dolor ni sufrimiento como aquellas, nos revela grandes verdades sobre nosotros mismos.
Mudarse es chocarse de frente, sin advertencias, contra nuestras pequeñas miserias, grandes nostalgias, aficiones escondidas, cambios físicos, recuerdos polvorientos y trofeos cotidianos. Es comprobar cuánto lastre acumulamos en un hormigueo perpetuo y fútil que nos va encerrando, poco a poco, entre objetos.
Las mudanzas nos obligan a desnudar espacios que hasta entonces estaban cargados de significados y que, de repente, sólo muestran huellas en las paredes y manchas oscuras en el suelo como sombras de lo que allí estuvo. También nos enseñan a regalar, tirar, reutilizar, ordenar y devolver. Nos permiten renovarnos y, en un perverso juego, incluso nos obligan a comprar aún más cosas.
Las mudanzas desenmascaran nuestros ilusorios intentos por anclarnos a la vida y nos muestran las maletas invisibles que arrastramos aún cuando ya hemos depositado las cajas rotuladas en un nuevo espacio. Maletas que pocos logran soltar, tal vez perder alguna en el camino o dejarla olvidada en una esquina. Maletas que nos persiguen, pesadas pero ágiles, aunque decidamos simplemente cerrar la puerta y volver a empezar con lo puesto.

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