Hace unos días, el cielo americano vio pasar una gran nube palpitante, de un color naranja intenso veteado de negro. Eran las mariposas monarca, que cumplían con su viaje anual de más de 4.000 kilómetros desde Canadá y el norte de Estados Unidos hacia una zona boscosa del centro de México, donde se agrupan para pasar el invierno.
Estos “santuarios” o invernaderos fueron descubiertos en 1975, aunque el ritual de las monarca se cumple desde hace miles de años, provocando fascinación y curiosidad a quienes las observan y desvelos a quienes las estudian.
Los aztecas las consideraban sagradas y creían que se encargaban de transportar las almas de los guerreros. Sin duda serían buenas custodias de tan valiosa carga, ya que las monarca -aunque pesan menos de un gramo- vuelan más alto, viven más tiempo y son más resistentes que otras mariposas.
Aún se desconoce exactamente cómo se orientan y por qué la cuarta generación de cada año es la escogida para repetir el largo viaje de sus antecesoras como si, al salir de la oruga, recibieran también, junto con las alas, los secretos de su misión, una brújula y un mapa.

 

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