Con el paso de los años voy entendiendo, cada vez más y mejor, a Pepe Carvalho. Manuel Vázquez Montalbán me hace luces con la figura del detective literario desde el otro lado del puente hacia un territorio dominado por los pequeños misterios y juegos de la vida, donde sólo se puede permanecer bajo el embrujo de los placeres efímeros y profundos de los sentidos. Un camino que se ha tornado apetecible.
Allí me cuenta – entre otros secretos y verdades de hombre viajado, leído y astuto – que el libro es propiedad del lector. Su autor entrega en sacrificio su obra y paga con ella tributo por traspasar el umbral hacia lo más íntimo del lector: sus recuerdos, asociaciones, temores, deseos y saberes. El autor nunca podrá disfrutar de sus conquistas. Lo sabe. El que lee usurpa y reina, en solitario, como siempre se está cuando se ostenta el poder.
Por eso un libro se puede adorar, tergiversar, detestar, copiar, memorizar, recomendar, olvidar, leer a saltos o devorar sin pausas. Un libro puede ser utilizado por el lector como mejor le plazca. Incluso como leña para el fuego.

“Inició Fuster la marcha hacia la cocina a través de un pasillo lleno de libros. Carvalho pensaba que con la mitad de aquellas existencias tenía asegurado el fuego en su chimenea hasta que muriera. Como si adivinara sus pensamientos, Fuster exclamó sin volver la espalda:
– Cuidado, Sergio, que éste es un quemalibros. Los utiliza para encender la chimenea.
Beser se enfrentó a Carvalho con los ojos iluminados.
– ¿Es cierto?
– Completamente cierto.
– Ha de producir un placer extraordinario.
– Incomparable.
– Mañana empezaré a quemar aquella estantería. Sin mirar qué libros son.
– Produce mucho más placer escogerlos.
– Soy un sentimental y los indultaría.”

De “Los mares del sur”. Manuel Vázquez Montalbán.

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