Cada tanto, una palabra o una historia absolutamente desconocida para mí hasta ese momento irrumpe en mi vida, me asalta y se instala, rotunda y acaparadora. Logra cautivarme no por su descubrimiento ni por la sorpresa, sino porque aparece varias veces en un breve lapso de tiempo, reiterándose en una singular cadena de coincidencias o casualidades hasta lograr despertar mi curiosidad.
¿No les ha pasado? De repente alguien pone un disco de Carl Orff y esa misma tarde lees un reportaje sobre los textos de Carmina Burana en una revista y, al otro día, escuchas en televisión a un escritor hablando de los antiguos poemas.
Por estos días también los temas que me ocupan o alcanzan parecen agruparse por colores, en una selección aleatoria pero que, por su precisión, podría ser intencionada. El favorito es, a todas luces, el de la familia. Familias nuevas, familias disfuncionales, familias rotas, familias unidas, familias lejanas. Y familias enfermas, como la de Hildegart. O extrañas y espeluznantes, como la de Sophie, hija y nieta del ciclista francés Jacques Anquetil y parte de un clan incestuoso. Ella misma lo cuenta todo.
También me he topado con una interesante reflexión sobre la paternidad del cineasta Daniel Burman, a propósito de su nueva película, “Derecho de familia”. Dice el director argentino en la revista “La Gran Ilusión”:

La paternidad siempre me pareció un tema fascinante, desde mucho tiempo antes de ser padre. Siempre presentí, y después lo comprobé, que la paternidad es una construcción absolutamente ficcional. Tu hijo nace, y casi sin ver a la madre, se trepa a su cuerpo y sabe cómo alimentarse. Todo lo que lo rodea es periférico y no tiene lenguaje. Y uno, como padre, lo tiene que construir, porque por sí solo, el niño puede estar trepado a la madre unos cuantos años. Uno, como padre, es tan importante como el portero o el enfermero de la clínica. Soy el padre, pero ¿qué significa ser el padre”.

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