Llamo “día de avión” a un estado de ánimo que he descubierto a este lado del mundo y en este capítulo en borrador de mi vida.
Este estado de ánimo sólo me invade cada cierto tiempo, cuando se despierta de su letargo sacudido por un montón de ruiditos apenas audibles, pero que terminan por formar bulla con la suma de su tintineo. Entonces, se despereza con insolencia y lentamente va estirándose por mis venas, músculos y piel hasta ocuparme por completo, sin dejar ningún resquicio.
Los “días de avión” no son días tristes ni dolorosos. Tampoco son grises. Más bien tienen un color rojo intenso, son mullidos y tibios y huelen a siesta. Son días en que la curiosidad se apaga como un interruptor y lo único que apetece es cerrar los ojos y volver a lo conocido. En esos momentos aún puedo ver lo bonito, apreciar lo verdadero y disfrutar de lo bueno, pero todo ello palidece ante la idea inútil pero imperiosa de regresar al punto de partida, de refugiarme sin tener que dar explicaciones, como una niña pequeña en brazos de su madre tras una fuerte regañina.
Escribo esto en un “día de avión”, y aunque no cogeré ningún vuelo porque sé que estos días son cortos y, aún más, inofensivos, cuento las horas mientras bato en silencio mis alas de mariposa para hacer un trayecto imaginario hasta el lugar que ya no existe tal como lo recuerdo, cuando era la que dejó de ser para convertirse en quien soy hoy.

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