Hace 119 años, un joven oftalmólogo polaco logró publicar con gran esfuerzo cuatro folletos en los cuales explicaba las normas básicas de un nuevo idioma, que aseguraba podría hablar todo el mundo y acabaría con los frecuentes problemas ocasionados por el desconocimiento y la incomprensión entre los pueblos.
Lázaro Luis Zamenhof firmó la obra con el pseudónimo Dr. Esperanto y le dedicó todos sus esfuerzos y escaso dinero (incluida la dote de su flamante esposa) a divulgarla. Zamenhof era un gran aficionado al estudio de los idiomas, además de políglota, por lo que llegó a la conclusión de que había que crear una lengua con una gramática lo más sencilla posible, fácil de aprender, que sonara bien y a la vez fuera completa y práctica. Aunque el esperanto tiene elementos procedentes de las lenguas latinas y el alemán, es autónoma y puede ser aprendida por cualquier persona sin tener ningún conocimiento previo.
Su creador publicó al principio sólo una gramática básica de 16 reglas y un diccionario con 917 raíces. Él se dedicó a la ardua tarea de traducción y a publicar una revista sobre este nuevo idioma.
Poco a poco, la idea se fue colando como el agua entre las piedras y comenzó a ganar adeptos. Zamenhof esperaba y confiaba en que esto sucedería y que, con ello, el esperanto iría creciendo, ampliándose e incluso modificándose. Él decía: “sólo el uso irá elaborando las reglas definitivas”.
Así fue. Hoy el esperanto no es universal, pero lo hablan y escriben miles de personas en todo el mundo. Los esperantistas se rigen por su propia academia de la lengua; forman comunidades y asociaciones; publican revistas, periódicos y páginas web; tienen sus propias radios y televisiones y participan en foros, congresos y actividades.
Todos ellos siguen soñando con romper las barreras idiomáticas y que la humanidad se entienda en una única lengua. Eso sí, que los humanos nos comprendamos ya es otra cosa. Ĝis revido!

Links:
Federación Española de Esperanto
Aprender esperanto

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