En este día resacoso y anodino -cuando empiezo a vislumbrar en mi interior los primeros retazos del inevitable balance de fin de año- descubro con sopresa que soy la pesadilla de los supermercadistas.
Está claro: aunque uno se esfuerce por no hacer mal a nadie, e incluso por molestar lo menos posible y hasta contribuir al bienestar de unos pocos, habrá siempre alguien a quien le sentaremos como un cordero mal hecho y le amargaremos el día como cuando te encuentras una nueva abolladura en la chapa brillante del coche.
En este caso, a quienes les estoy haciendo un daño involuntario pero no por eso menos grave, es a los propietarios y gerentes de supermercados. Parece ser que esta gente adora a los clientes despistadillos y perezosos, a los dados a improvisar y a los que se marean con góndolas y letreros. A ellos los aprecian, los cuidan y los viligan como una madre a su hijo menos guapo o más torpe.
En cambio, detestan a los que, como yo, vamos con la lista de la compra en la mano, seguimos un itinerario ordenado por los pasillos y compramos por último los productos frescos. Nosotros somos los malos del supermercadismo, la lacra, por previsores y organizados.
La explicación tiene su lógica, no crean. Resulta que los otros, aquellos que olvidan comprar leche pero se llevan el quinto paquete de rollos de papel higiénico de la semana y pasan de largo ante el azúcar pero ponen en el carro una monísima bandeja de foies variados, son los que les “hacen el agosto” todo el año a los supermercadistas. Ellos, los esponáneos, compran más y permiten desarrollar y probar todo tipo de estrategias para influir en sus arrebatadas decisiones de consumo.
Nosotros, los eficientes, salimos rapidito, con la leche y el azúcar en la bolsa y la lista de la compra convenientemente tachada y respetada. Eso sí: hemos visto el foie y ya pensamos en apuntarlo, cuando lleguemos a casa, para la próxima vez.

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