“¿Qué es lo que nos fascina de las estatuas griegas? ¿Qué es lo que durante siglos se ha intentado imitar en los momentos de clasicismo? La respuesta inmediata, la más obvia, sería que es la belleza de esos cuerpos la que nos atrapa: la proporción, el ritmo, la medida, eso que llamamos ‘canon’. Pero no, no sólo es eso. Lo fascinante, lo intangible, lo que las hace inimitables y deseables al mismo tiempo es su interioridad, ese intimismo reflexivo y hacia adentro, la sensación, mientras las miramos, de que ese cuerpo tiene pensamiento, una cierta melancolía, un desafío, una incógnita que nunca llegaremos a atrapar. No es carne, sino espíritu encarnado. Una cierta tristeza, tal vez una indiferencia, un volverse hacia sí mismos, pasando del que las mira. Mente y cuerpo ofrecidos a la contemplación, humanos demasiado humanos, dando forma a los dioses. Y es ese respeto, esa distancia la que las convierte en únicas, como si tuvieran un secreto que quisiéramos alcanzar y que se esquiva (…)”.

Extraído del artículo “Cuerpo y alma”, escrito por Lourdes Ortiz para la revista Zero (nº 93).

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