Morir de una misteriosa enfermedad desatada tras pincharse con la espina de una rosa puede ser la mejor forma de despedirse del mundo para un poeta. Así lo hizo, hace hoy noventa años, uno de los más grandes autores en lengua alemana: Rainer María Rilke.
Había nacido bajo el sugestivo nombre de René (renacido) en 1875, en Praga, y su infancia estuvo marcada por la obsesión de su madre por vestirlo y peinarlo como una niña en sustitución de otra hija que había fallecido. También en su adolescencia fue esclavo de las fijaciones familiares, en este caso paternas. Su padre, ferroviario y ex soldado, lo envió a una escuela militar donde, según confesara luego el poeta, vivió los años más miserables de su vida.
Los problemas de salud lo libraron del obligado destino castrense y le permitieron en cambio dedicarse a lo que realmente deseaba. Rilke estudió historia del arte, filosofía y literatura en las universidades de Praga, Munich y Berlín y, paralelamente, comenzó a destacar con sus primeros poemas de amor.
La vida de Rilke le debió profundidad, cuidados, pasiones y crecimiento personal y profesional a las sucesivas esposas, amantes, amigas y mecenas que fue conociendo, todas ellas mujeres de avanzada, profesionales y amantes de las artes. Como Lou-Andreas Salomé, escritora y psicoanalista, antigua amante de Nietzsche, varios años mayor que el poeta, con quien mantuvo un breve idilio y una eterna amistad. O Clara Westhoff, discípula del escultor Auguste Rodin (a quien luego trataría Rilke) y madre de su única hija, nacida durante un corto matrimonio. O su amiga la condesa Marie von Thurn und Taxis, que lo cobijó y protegió, o algunas de sus sucesivas compañeras: las pintoras Lou Albert-Lasard y Paula Becker y la artista Elisabeth Dorotea Spiro (Baladine).
Dos veces estuvo su carrera literaria en peligro de naufragar. La primera, tras la publicación de “Los cuadernos de Malte Laurids Brigge” en 1910, que se convirtió en un éxito pero también le supuso una aguda crisis de creatividad. La segunda en 1916, cuando fue llamado a filas en Viena, aunque por pocos meses, ya que sus amigos movieron influencias y le fue otorgada una dispensa.
Algunas de las grandes obras poéticas de Rilke son “Elegías de Duino” (trabajó sobre ellas en un viaje que hizo a Ronda) y “Sonetos a Orfeo”. En la mayor parte de sus sonetos el poeta habla del amor y también de la vida y de la muerte. Dicen los entendidos que su estilo era de una honda espiritualidad y una amalgama de elementos simbolistas y románticos, e incluso existenciales.
Rilke murió a los 51 años, de lo que después se supo era leucemia. Entre su importante legado se cuentan las “Cartas a un joven poeta, misivas reales que escribió a un aprendiz de vate que se puso en contacto con él en busca de consejo y guía. Este libro puede ser un buen regalo de Reyes para quienes están iniciando o quieren seguir el camino literario. Vaya un aperitivo, extraído de la primera carta::

“Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie… No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir.
(…)
Una obra de arte es buena si ha nacido al impulso de una íntima necesidad. Precisamente en éste su modo de engendrarse radica y estriba el único criterio válido para su enjuiciamiento: no hay ningún otro.
(…)
¿Qué más he de decirle? Me parece que ya todo queda debidamente recalcado. Al fin y al cabo, yo sólo he querido aconsejarle que se desenvuelva y se forme al impulso de su propio desarrollo. Al cual, por cierto, no podría causarle perturbación más violenta que la que sufriría si usted se empeñase en mirar hacia fuera; esperando que del exterior llegue la respuesta a unas preguntas, que sólo su más íntimo sentir, en la más callada de sus horas, acierte quizás a contestar”.

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