Leo que un británico se subasta sí mismo en eBay y no le está yendo nada mal. El hombre fue plantado por su novia con los billetes para unas vacaciones a Jamaica en la mano y decidió ofrecerse como compañero de viaje al mejor postor, en este caso femenino. Pues bien, inspirada en el anónimo despechado, yo he decidido ponerme también a subasta.

Cuando llegué a España, hace ya casi un lustro, sabía que arrastraría una carga invisible que, aunque desgastada por el paso del tiempo y la distancia, nunca terminaría de abandonarme. Así ha sido, y por tanto aún hoy conservo algo de mi acento, todos los refranes y modismos, ciertas manías, algunas costumbres y muchos otros ingredientes –salados, dulces e incluso agrios- propios de mi tierra.
También creía (con mucha ilusión y no sin inocencia) que al cruzar dejaría atrás otras tantas cosas que no sabían nadar ni se atrevían al vuelo transoceánico, o algunas que, más valientes, deberían sin embargo reconocer una vez aquí que el único camino posible para ellas era el de regreso o la lenta evaporación en el aire, una vez probada su clara inutilidad o su caducidad en el Viejo Mundo (por eso de “más sabe el diablo por viejo…”).
Estaba equivocada. Ciertas cuestiones -pocas, pero las que creía más seguras de despedida- me han seguido como un perro fiel o una maldición de hada madrina enfadada. Ellas me recuerdan, con su recurrente y odiosa presencia, que no puedo escapar a las condenas y lacras de mi generación y de esta parte del mundo y que las cosas que nos hacen parecidos nos causan también los mismos males y pesares, allá y aquí.
Hablo en este caso de la precariedad laboral y del enchufismo. De los contratos basura y los salarios mileuristas. De los trabajos en los que no se valora al profesional capacitado, talentoso y responsable. De los empleos que se inician con promesas falsas y devienen en funciones distintas y desgastantes. De la falta de incentivos y conciliación con la vida privada. De jefes sobrepasados por la tarea y cómodos en su bienestar, que prefieren “malo conocido que bueno por conocer” y “culo en el asiento ocho horas muertas” antes que “seis horas productivas y el resto del día para lo que te apetezca”. De empleadores que contratan por sexo, cara, amistades o nacionalidad, y no por currículo ni olfato e interés del candidato.
Pues como lo leen: por todo esto, e imitando al viajero de eBay, he decididor salir a subasta como empleada ideal. Así que ya lo saben, empresarios periodísticos y redactores jefes. Si quieren hacer un buen regalo de Reyes a sus empresas, a sus empleados o –continuando con este arranque de inmodestia burda- a sus lectores: aquí me tienen. Sin precio de base y al mejor postor. Se escuchan ofertas.