El pasado jueves, Antonio Muñoz Molina escribió una columna de opinión en el diario El País titulada “Guerras de religión”. En ella, el escritor jienense analizaba dos libros de estricta actualidad –The God delusion, de Richard Dawkins, y Letter to a Christian nation, de Sam Harris- que hablan sobre las creencias, la fe y las sinrazones y catástrofes que se cometen en sus nombres.
Estos son algunos párrafos de una de las más lúcias y oportunas columnas de opinión que he leído últimamente en la prensa:

“Dawkins es un científico volcado al proselitismo en una época paradójica en la que el progreso de la ciencia y los logros de la tecnología son extrañamente compatibles con la popularidad abrumadora de los fanatismos religiosos y de las más frívolas creencias en las baratijas de lo sobrenatural”.
(…)
“Estamos dispuestos a discutir cualquier opinión sobre economía o sobre el servicio militar o sobre la educación de los hijos: pero ante los más disparatados dogmas religiosos la posición más común entre personas progresistas y no creyentes es un educado silencio, cuando no una activa muestra de simpatía hacia el ejercicio de quién sabe qué enriquecedora costumbre en la que muy fácilmente encontraremos una muestra de diversidad cultural”.
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“Hay un matiz peculiar que se observa en España, y no sé si también en América Latina: personas que se escandalizarían ante cualquier tentativa de limitar el derecho a la sátira de las creencias o de la Iglesia católica tienden al mismo tiempo a considerar ilegítimo que se satirice al islam”.

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