Dicen que Clint Eastwood suele repetir que “lessness is bestness” (algo así como “cuanto menos, mejor”). Aunque sea sólo una leyenda, la frase puede ser la que mejor lo defina como director y aún -arriesgando- como persona. En “Banderas de nuestros padres” Eastwood nos presenta una historia de guerra, sobria, como él, y bien contada desde lo técnico y lo argumental, aunque hay mucha más riqueza en lo que no queda explicitado ni se muestra, o tan sólo se esboza.
La película parte de la famosa fotografía de la agencia AP que en 1945 se convirtió en símbolo de la cruenta batalla de Iwo Jima y fue utilizada como emblema de la lucha y del espíritu patriótico estadounidense y como reclamo para recaudar fondos para la guerra. La génesis de la instantánea y lo qué pasó a raíz de ella son los ejes centrales del guión basado en el libro del mismo nombre escritor por James Bradley y Ron Powers. Pero esa imagen sirve también como pretexto para hablar de los horrores irremediables de la guerra, que causa pérdidas injustas y anticipadas y cicatrices eternas en los que sobreviven. También permite a su director aludir a la falta de principios del poder, a la misteriosa resistencia que ofrecen la solidaridad y el compañerismo aún en las más duras circusntancias y a la discriminación de las minorías en Estados Unidos, en este caso aborigen.
Muchos críticos dicen que a la película le sobran minutos. Efectivamente: podría ser más corta, pero creo que a Eastwood se le puede permitir no haber llegado a la máxima síntesis posible de su obra si se atiende a su rigor histórico, a su elegancia en el tratamiento de las imágenes, a su deliberada atención a las historias secundarias o paralelas y, sobre todo, a la intensa labor de documentación e investigación que se autoimpuso antes de filmar “Banderas de nuestros padres”. Tal es así, que en el proceso descubrió que debía desdoblar la película y relatar lo mismo pero visto desde el otro lado: el japonés. Así nació “Cartas desde Iwo Jima”, que aún no ha sido estrenada en España y fue rodada en japonés.
Me resulta difícil criticar al Eastwood director. Antes de enumerar sus probables errores, la fuerza de sus aciertos me silencia. Ahí está la profundidad humana de sus historias, la complejidad que deja revelar a sus personajes, la variedad de su temática, la renuncia a efectos deslumbrantes y la apuesta por el trabajo de autor hecho con pasión*, buen gusto y seriedad. El Eastwood reconvertido es ya un cineasta de culto, con sello propio y con un lugar ganado en la historia de la cinematografía mundial. Bien ganado, diría yo.

* Eastwood, de quien es conocida su afición por la música y especialmente el jazz (ahí está su película “Bird”, basada en la vida del músico Charlie Parker), es el autor de la banda sonora de “Banderas de nuestros padres”.

Web oficial “Banderas de nuestros padres”.