Las televisiones árabes se han hecho eco estos días de un extraño caso: el de un niño prodigio de once años que demuestra habilidades matemáticas extraordinarias. Adnan, quien vive en Rabat, puede realizar complicadísimos cálculos mentales en muy poco tiempo y con total precisión. Es tal su destreza y el asombro que provocan sus capacidades que pronto podría figurar en el “Libro Guinness de los Récords” de prosperar las gestiones que lleva a cabo su padre.
Cuando le preguntaron al pequeño superdotado cómo hacía para resolver esas difíciles pruebas, él respondió que tenía una técnica muy simple: asociar los números a colores. “Cuando hago una operación larga, las cifras que manejo aparecen en colores que elegí y los mantengo hasta el final (…) Mientras que el tres puede ser rosa, el nueve puede ser violeta”, detalló.
La explicación de Adnan puede sonar a extravagancias de un genio precoz, pero también podría ser la clave que revele que el joven matemático tiene sinestesia, un fenómeno real que se da en unas pocas personas –también en algunos casos de autismo o bajo el influjo de ciertas drogas- y que se define por la “mezcla de impresiones de sentidos diferentes”.
La forma de sinestesia más frecuente es la que presentaría el niño de Rabat: asociar colores a números o letras. Menos comunes son los casos de asociaciones entre, por ejemplo, sabores y texturas o entre colores y sonidos.
Estas percepciones son individuales, pues cada sinestésico tiene, por así decirlo, su propio “diccionario de asociaciones”. Los investigadores creen probable que todos los bebés tengan esta condición y la pierdan al crecer, mientras que en el caso de los sinestésicos no se produciría esa separación de las percepciones sensoriales.
Muchos poetas (Juan Ramón Jiménez quizá el que más) han utilizado las asociaciones sinestésicas como recurso literario y el resto de los mortales nos acercamos bastante al emplear metáforas.
Se suele incluir en la lista de sinestésicos famosos al novelista Vladimir Nabokov, al poeta Charles Baudelaire, al matemático John von Neumann y al notable jugador de póker Stu Ungar.
Sin embargo, el caso más impresionante sigue siendo el de un hombre apellidado Shereshevskii, cuya memoria perfecta se debía a la vinculación entre sus cinco sentidos.
Lo estudió a partir de los años 20 y durante décadas el neurólogo ruso Aleksandr R. Luria, quien describió en detalle el alcance de sus hazañas mentales y aún comprobó que su paciente podía recordar complicados listados muchos años después de haberlos memorizado.
Luria también se ocupó de dejar constancia del lado oscuro de la aguda sinestesia que padecía Shereshevskii. Resulta que, además de distraerse con banalidades y detalles insignificantes que su mente no le permitía obviar, el fenómeno lo había privado de una posibilidad que en determinados momentos y situaciones puede volverse la más importante: olvidar. Shereshevskii estaba acosado por recuerdos imborrables, pormenorizados y de la misma intensidad que tuvieron para él las vivencias originales. No conocía el bálsamo de la desmemoria ni la redención del olvido.

Para saber más:
Sinestesia en Wikipendia.
“Gatos azules y gatitos verde limón”, de Lynne Duffy (libro y página web en inglés de una sinestésica).

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