El hastío le dibujaba en la cara una mueca feroz. El gesto, involuntario pero pertinaz, era inmune a las imágenes e ideas placenteras que rescataba de la memoria en forma desesperada, como si rebuscara en el salón de una casa de playa atacada por las aguas (el desasosiego) de una inundación inesperada.
La ansiedad se ocupaba del resto de su cuerpo, en apariencia inmóvil. No podía dejar de mirar el reloj del extremo derecho del ordenador. Aún quedaban tres horas. Ciento ochenta minutos vacíos de sentido y de utilidad, pero repletos de segundos alargados y lacerantes.
Mientras tanto, el resto de la gente seguía con su rutina animal, enfrascada en las simplezas que justificaban la tarde e incluso para muchos la vida; pequeñas tareas que llenaban con papeleo y cháchara ese tiempo que, aunque el mismo para todos, a ella se le aparecía del revés y se iba angostando en una implacable cuenta atrás.
El tedio y la angustia eran insoportables, tanto que le causaban náuseas y sensación de asfixia. No sabía por qué había escogido ese día como el último, casi parecía que la fecha la hubiera elegido a ella y la hubiera convencido sin demasiados argumentos de peso.
Tic, tac. Tic, tac. Mentira. Ningún reloj hace ya tic, tac. Es el sonido que le ponemos al tiempo para hacerlo parecer más corpóreo y real. Es nuestra manera de llenar el abismo insalvable que supone el espacio temporal para nuestra extema finitud.
Debía aguantar, esperar y ser coherente y rigurosa con su plan. Además, esas tres horas le demostrarían, una vez más y ya para siempre, que allí nada cambiaría y que la única ruptura que necesitaba debía provocarla. Después, el tiempo retomaría su velocidad de vértigo y su implacable avance. Ya no habría cuenta atrás. Sólo correr, huir y gritar, aullar hasta quedarse roja y sin voz.

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