La lectura por lo general precede a la escritura. Y el impulso
de escribir casi siempre se desata por la lectura. La lectura,
el amor a la lectura, es lo que incita el sueño de ser una escritora.
Y, mucho tiempo después de que se es una, la lectura de
los libros que otros escriben —y la relectura de los libros queridos
del pasado— constituye una distracción irresistible de la escritura.
Distracción. Consuelo. Tormento. Y, sí, inspiración”.

(…)


“Al igual que la lectura, la lectura embelesada, la escritura
de narrativa —la asunción de otras identidades— se siente
asimismo como perderse.
La mayoría de la gente parece creer en la actualidad que
escribir es sólo otra forma de engreimiento. Se llama también:
expresión de sí mismo. Como al parecer ya no somos capaces
de albergar auténticos sentimientos altruistas, se supone que no
somos capaces de escribir de otro que no seamos nosotros.
Pero eso no es cierto. William Trevor se refiere a la osadía
de la imaginación no autobiográfica. ¿Por qué no se puede
escribir para escapar de una misma de idéntico modo que se escribe
para expresarse a una misma? Es mucho más interesante
escribir sobre los demás.
Casi no es preciso añadir que presto partes de mí misma
a todos mis personajes. Cuando, en En América, mis inmigrantes
de Polonia llegan al sur de California —están a las afueras del poblado
de Anaheim— en 1876, vagan por el desierto y sucumben
a la visión aterradora, transformadora, del vacío, estaba extrayendo
de mi memoria infantil los paseos en el desierto del sur de Arizona
—a las afueras de lo que entonces era una pequeña ciudad,
Tucson— en los años cuarenta. En el primer borrador de ese capítulo,
había saguaros en el desierto del sur de California. En el
tercer borrador ya había excluido los saguaros, a mi pesar. (Lástima,
en 1876 no había saguaros al oeste del río Colorado.)
Escribo sobre otras cosas que no son yo. Y lo que escribo
es más listo que yo. Porque puedo reescribirlo. Mis libros
saben lo que alguna vez supe; de manera irregular, intermitentemente.
Y disponer las mejores palabras en la página no parece
más fácil, incluso después de tantos años de escribir. Al contrario.
Ésta es la gran diferencia entre la lectura y la escritura.
La lectura es una vocación, una capacidad en la que, con práctica,
se está destinada a ser más experta. Lo que se acumula como
escritora es sobre todo incertidumbres y ansiedades”.

(…)

De “La escritura como lectura”, uno de los ensayos contenidos en el nuevo recopilatorio del pensamiento de la estadounidense Susan Sontag (1933-2004), cuyo título es Cuestión de énfasis y ha sido publicado por Alfaguara.

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