Estoy leyendo La vida nueva del Premio Nobel de Literatura 2006, el escritor turco Orhan Pamuk. Lo compré justo antes de partir hacia Estambul, a finales de año, pero no logré comenzar su lectura hasta unos días después de regresar a España.
La inmensa ciudad de los imperios me pareció tan subyugante, complicada y lejana que temía aferrarme a la visión de Pamuk para poder interpretarla mientras recorría sus intrincadas calles y sorteaba taxis enloquecidos, puestos callejeros y gatos perezosos. Preferí, entonces, dejar que mis sentidos absorbieran lo que Estambul me mostraba (o insinuaba) y decidí confiar en que, tras los primeros días de zozobra y desasosiego, acentuados por el aislamiento que me producía un idioma absolutamente incomprensible para mí, poco a poco iba a encontrar una puerta para el entendimiento y, tal vez, la fascinación.
Debo decir que lo segundo llegó sin lo primero. Pese a las dificultades, las diferencias y las distancias -y sin que el exotismo fuera tanto como para, por sí solo, conquistarme- Estambul me fascinó. Y esa atracción irresistible me convenció de que este país a caballo entre Europa y Asia, del que su capital era tan sólo la punta del iceberg, y que se me presentaba moderno en apariencia pero firmemente atado a su agitada historia y marcado por su cruce de culturas y civilizaciones, no iba a facilitarme las cosas.
Turquía se me figuró un rico y pesado cofre cubierto de algunas de las muchas piedras preciosas que atesoraron sus sucesivos gobernantes y se exhiben actualmente en el Palacio de Topkapi. Un baúl antiguo y exquisito, cuyo contenido sólo se me permitió atisbar por una rendija, pero que adivino profuso, revelador y enriquecedor.
Creo que la globalización es un vendaval que comenzó como una brisa y fue extendiéndose y cobrando brío a medida que unía pueblos y ciudades con su soplo. Este vendaval abrió todas las puertas que halló a su paso. La mayoría fueron arrancadas. Otras, más resistentes, están todavía golpeándose, provocando intervalos de luz y de sombra, de visión y de tapia, de libertad y de peligro. De todas formas, las puertas que había ya no sirven para franquear el paso. Tras el vendaval sabemos que pueden abrirse y sabemos -o recordamos, o soñamos, o deseamos o tememos- lo que hay del otro lado. El tránsito de personas, culturas, ideas y anhelos es inevitable e incontenible. Nos resta la tarea de ordenarlo, minimizar los perjuicios que pueda causar y aprovechar lo bueno –en forma de adelantos y conocimientos- que siempre trajeron el comercio y los viajes.

Hoy se ha anunciado que Pamuk “ha abandonado Turquía por un largo tiempo”. El escritor recibió nuevas amenazas tras el asesinato del periodista turco-armenio Hrant Dink que lo llevaron a cancelar hace unos días, por motivos de seguridad, un viaje a Berlín. Ahora Pamuk sacó sus ahorros del banco y tomó otro avión, en este caso con rumbo a Nueva York y por un plazo indefinido.
Quizás esperará allí a que por la puerta desvencijada pasen -además de Operación Triunfo (en la televisión turca hay un formato idéntico, salvo que compiten bailarinas en lugar de cantantes), los últimos móviles y las grandes cadenas de moda- la libertad de expresión y la condena a los violentos, los intolerantes y los asesinos.

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