Hoy se cumplen setenta años de la muerte de Horacio Quiroga. El 19 de febrero de 1937 el escritor uruguayo decidió poner fin con una dosis de cianuro a una intensa vida marcada por la literatura, la selva misionera, las muertes trágicas, la lucha y el dolor. Sobre todo el dolor.
Hacia el final, Quiroga estaba gravemente enfermo y, presumiblemente, también muy cansado y derrotado. A lo largo de sus 59 años de vida estuvo rodeado de suicidios y desgracias, una cadena de fatalidades que se prolongaría incluso más allá de su muerte.
Su espíritu inquieto, soñador y atormentado había encontrado refugio e inspiración en la selva misionera, adonde llegó cuando el asma y la dispepsia lo sacaron a empujones del seno de la intelectualidad rioplatense.
A pesar de que emprendió innumerables empresas, a cual más alocada y diversa, la escritura periodística y literaria fue su única compañera fiel, además de su más concreto y eficaz medio de subsistencia y tal vez hasta de expiación y consuelo.
Sus poemas, y más aún sus cuentos, son espejos de lo que vivía y lo rodeaba y profundas semblanzas de los misterios de la naturaleza y del carácter infausto de la existencia humana.
Quiroga -escritor, inventor, agricultor, juez de paz, destilador de naranjas, productor de yerba, cónsul honorario y fabricante de los más dispares productos- fue por encima de todo uno de los personajes más interesantes, profundos y ricos de la época, aunque hacia el final de su vida fuera denostado por algunos intelecutales que lo calificaron de anticuado y obsoleto.

Para recordarlo, y para “abrir boca” si aún no lo has leído, aquí va su Decálogo del Perfecto Cuentista:

1)Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.

2)Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en dominarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

3)Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

4)Ten fe ciega, no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

5)No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

6)Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba un viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

7)No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

8)Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

9)No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de reviviría tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

10)No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento.

Más sobre Quiroga.

Anuncios