Personalmente, una de las cualidades que más aprecio en las personas (y cuya ausencia me aburre sobremanera, y espanta) es el sentido del humor. Me sucede lo mismo con la literatura. Un texto que me hace soñar, aprender y pensar se vuelve un deleite completo si, además, logra arrancarme una sonrisa. O incluso una breve risa solitaria, de esas que salen a la superficie en forma abrupta y sin preaviso, como un hipo, provocando caras de sorpresa y cierta desconfianza en los demás pasajeros del vagón o el autobús.
Este es uno de los motivos fundamentales por los cuales disfruté tantísimo de la lectura de La vida exagerada de Martín Romaña, del peruano Alfredo Bryce Echenique.
El escritor destila humor e ironía tanto en su prosa como en las vueltas que le da a la historia, en la composición de sus personajes y, especialmente, en la intrincada personalidad de su protagonista.
Bryce Echenique va aún más lejos, pues su traviesa pluma se burla abiertamente del personaje de escritor vanidoso y consagrado que algunos le cuelgan haciendo que un tal Bryce Echenique irrumpa fugazmente en la novela como un visitante inoportuno y malhumorado.
Si quieren comprobarlo, oigan esta grabación de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

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