Una tarde de septiembre de 1998 llamé a su casa, en Buenos Aires. Me atendió una de sus fieles empleadas, a quien saludé por su nombre pretendiendo impresionarla. Tras escuchar mi presentación sin decir palabra, me pidió que esperara un momento. Mientras, mi cabeza bullía. Qué osadía la mía, seguramente vuelve y me dice que lo siente pero no, el señor está muy ocupado y no tiene tiempo para recibirme, que deje mi número de teléfono y ya se pondrán en contacto conmigo, que de estas cosas se ocupa la gente de la editorial, o su agente, que como todo el mundo sabe el señor ya no tiene ganas de dar entrevistas…”Oiga, ¡oiga! ¿Sigue ahí? Dice que si puede usted venir el domingo, a las once de la mañana”. Con la garganta seca dije que sí, que muchas gracias, y colgué. Inmediatamente marqué el número de la redacción de la revista. Iba cayendo en la cuenta de lo que había sucedido al tiempo que se lo contaba a mi editor, quien me escuchaba entre contento y desconfiado. Sí, Adolfo Bioy Casares me había concedido una entrevista. Sí, un domingo. Sí, sí, en su casa…¡Necesito un fotógrafooooooo!

 


El día acordado me presenté a su puerta con mi mejor sonrisa y un bloc lleno de notas y preguntas. Me acompañaba una fotógrafa y su asistente. Bioy vivía en el elegante barrio de Recoleta, en un piso polvoriento y señorial que había conocido tiempos mejores y muchos visitantes ilustres. La casa era amplia y estaba semivacía, a excepción de varias estanterías repletas de libros y algunas fotos de su mujer, Silvina Ocampo.
La persona a quien supuse correspondía la voz que me había respondido al teléfono, unos días atrás, nos hizo pasar a un vestíbulo y luego nos indicó el camino a la “habitación del señor Adolfo”. Los tres nos miramos con incredulidad y emprendimos una tímida marcha por los pasillos, apoyando los pies con suavidad para no hacer crujir el parqué.
Al entrar nos sorprendió la austeridad del dormitorio, en cuyo centro reinaba una gran cama con sábanas blancas. Junto a la ventana, desde la que se veía el parque y el primer verdor de los árboles, estaba Bioy Casares sentado en un sillón y vestido como para dar una conferencia en la Biblioteca Nacional.
Aunque pálido y muy delgado, sonreía con calidez y sus ojos brillaban como los de un niño travieso. Nuestra timidez se fue extinguiendo como el humo de una cerilla al escuchar su voz grave y amigable, comprobar la atención que le prestaba a mis preguntas y oir sus disculpas por no poder ya recibirnos de pie, en la sala, o invitarnos a almorzar con él en La Biela.
Dos horas después salimos de la casa como de un viaje al pasado reciente de Buenos Aires. Yo tenía el corazón apretado y rebosante por haber disfrutado de una larga conversación con uno de los hombres más divertidos, lúcidos, cultos y seductores que he conocido.
Esta fue una de las últimas -sino la última- entrevista cara a cara que concedió. Bioy Casares murió unos meses después, un día como hoy, 8 de marzo. Ya que no le quedaba más remedio que marcharse, parece que hubiera elegido la fecha con su habitual sentido de la elegancia y la caballerosidad, de manera que lo suyo no causara mucho ruido y dejara paso en primera plana a las celebraciones en honor a las mujeres.

La que sigue es la entrevista publicada originalmente en la revista Magazin Semanal:

POR SIEMPRE BIOY

Escribe Laura Pintos

El 15 de septiembre Adolfo Bioy Casares cumplió 84 años y en una entrevista exclusiva con Magazin habló, con su humor y cordialidad característicos, de la amistad, las mujeres, la literatura y la vida, de la que confiesa que querría disfrutar por 150 años más.

El inmenso y antiguo departamento de la calle Posadas está atiborrado de libros. Su silenciosa penumbra contrasta con la alegre vista que desde sus ventanales se tiene de Plaza Francia, donde los primeros fanáticos toman sol mientras escuchan música y leen, quizás, los libros del anciano que los mira desde el quinto piso, molesto por no poder salir a caminar como antes. Adolfo Bioy Casares comienza a hablar con timidez, en voz apenas audible, pero con el correr de la entrevista se afloja y hace bromas, cuenta anécdotas, se emociona y se arregla para las fotos.
– Hace unos días fue su cumpleaños.
– Desgraciadamente. Que cantidad de años, ¿no? ¡Y qué mala costumbre que tiene la gente de morir a esta edad!. Para estar tranquilo necesitaría 150 años por delante.
– Sería mejor ser inmortal ¿no lo cree?
– Mucho mejor. Es que así casi no tiene sentido la vida. La mente puede imaginar todo y de pronto ¡zas!, se acabó. Y es difícil armarse un plan para vivir más intensamente…(habla casi para sus adentros y, al darse cuenta, sonríe amablemente y pide disculpas) Yo no concibo pensar y hablar en voz alta, tiendo a bajar la voz. ¿Tendría que aprender, no?.
– ¿Le gustan las entrevistas?
– No. Para mí tienen un defecto un poco ridículo: después de una entrevista tengo la sensación de haber escrito y entonces ese día no quiero trabajar.
-¿Escribe todos los días?
– Sí, escribo a mano, en tinta azul y en cuadernos, para tener la ilusión de no poder arrancar las hojas, pero ahora estoy un poco atascado, porque tengo un proyecto de novela que tiene un buen comienzo y al que no le puedo dar un buen final. Hace tanto que estoy con esta duda y con este fracaso que pienso que voy a dejarlo a un lado. Pero me pongo a pensar en una historia y me doy cuenta de que estoy pensando en esta misma.
– ¿Cómo nacen sus obras?
– Primero se me ocurre la historia y antes de escribirla me la cuento a mí mismo y luego a alguien; si noto que está interesada, la escribo.
-¿Interesada?
– (Bioy sonríe pícaramente) Normalmente almuerzo con mujeres y me siento cómodo contándoles historias a las mujeres.
-¿Escribir es un oficio?
– Yo creo que sí.
– Sin embargo, hoy en Argentina es muy difícil subsistir como escritor.
– Para mí también y vivo de la escritura a los tumbos, gracias a que me han traducido a todos los idiomas, entonces viene algo de dinero de Francia, de Inglaterra, de Italia.
– Además, los premios importantes, los que dan un rédito económico, suelen llegar tarde.
– Llegan bastante tarde, sí. Es curioso como mejoran la vida los premios. Cuando gané el Premio Cervantes volví a Buenos Aires y si iba a hacer una cola la gente se apresuraba a dejarme pasar. Para eso es para lo que más sirven los premios. Mejoran la vida, dan más comodidad. Casanova decía que la fama despeja el camino al placer.
– También alimentan la vanidad.
– Para este tipo de cosas la tengo bastante dominada. Cuando era chico era muy vanidoso y aprendí que la vanidad es enemiga de la alegría, de la felicidad.
– ¿Fue feliz?
– He sido feliz, con golpes muy duros que me dio la vida, pero sí, he sido feliz.
-¿Tiene asignaturas pendientes?
– Sí, me quedan los cuentos que no escribo y la novela que no concluyo.
– ¿Se siente solo?
– No. Tengo muy buenos amigos de toda la vida y de la literatura… y amigas.
– ¿Cómo era su relación con Borges?
– Era de maestro y discípulo pero también de dos amigos que se querían mucho y se entendían muy bien, se divertían y hablaban mucho sobre literatura. Ahora justamente creo que voy a publicar el libro más importante de mi vida, que son conversaciones con Borges desde el año ‘30 hasta el ‘75. Va a tener por lo menos mil 500 páginas.
-¿Por qué ese afán del hombre por contar historias, por dejar un registro escrito de sus vivencias?
– Qué pregunta difícil…en mi caso creo que tengo imaginación, que me da ideas que me hacen caer en la tentación de escribirlas. Pienso en el placer de contar, de hacer participar a los lectores de imaginaciones que me han divertido a mí.
– ¿Lo más importante en la vida es el placer?
– La vida es engañosa. Tenemos la sensación de que estamos para siempre y el placer es bueno para no desesperarse con la convicción de que uno va a acabar.
– ¿Qué opina de la literatura argentina?
– Pienso que Argentina es un país con algunos defectos, como usted y yo sabemos, pero que siempre ha tenido buena literatura. Cuando era un país de tres millones de habitantes ya estaban Mansilla y otros buenos escritores y creo que va a seguir así. Por qué, no sé.
– Usted dice que corrige mucho. ¿Qué pasa luego de la publicación? ¿Queda conforme con sus libros?
– Nunca he tenido el placer de tomar un libro mío y ponerme a leer con cara plácida y sin sobresaltos, siempre encuentro una estupidez que se deslizó acá y un error allá.
– ¿El apoyo de su padre, y luego de su mujer, Silvina Ocampo, fue fundamental para su carrera?
– Sí, claro, aunque cuando abandoné Abogacía mi padre y mi madre estaban muy tristes. Pero yo pensaba que recibirme de abogado era un esfuerzo excesivo para una persona que no iba a ejercer nunca. Después fui a la Facultad de Filosofía y Letras, pero allí me sentí más lejos de la Literatura y de la Filosofía que cuando estaba en Derecho y también dejé y me fui al campo por diez años. Ahí conseguí cultivarme, leí y escribí muchísimo.
– ¿Era difícil convivir con otra escritora? ¿Había competencia entre ustedes?
– Para nada. Era bueno hablar sobre lo que íbamos a escribir.
– ¿La fidelidad es una utopía?
– Sospecho que sí.
– ¿Alguna mujer le resultó inolvidable?
– Posiblemente…(se queda callado unos minutos y luego, mirando sin ver, contesta con un dejo de tristeza en la voz)…Hubo una mujer…Fue un gran amor que tuve en París y sentí mucho cuando se murió hace poco. Era Elena Garro, la mexicana (mujer de Octavio Paz, dato que Bioy dice que preferiría omitir y sus ojos, vivaces y exhaustivos hasta ese momento, se nublan. El escritor sólo se permite un instante de nostalgia. Luego vuelve a sonreir y a arreglarse la corbata del impecable traje azul)
– ¿Cuáles son las ventajas de la vejez, si es que existen?
– Mire, hace unos días me estuvieron haciendo masajes en esa cama que ve usted allí y el médico me dijo: “Bioy, ¿no le parece que envejecer es una mierda?”…(se ríe largamente)…¡Le dije que sí!.

ITINERARIO DE UN ESCRITOR

Adolfo Bioy Casares nació el 15 de septiembre de 1914, en Buenos Aires. Escribió seis libros que considera las “peores obras de la literatura universal” hasta que, en 1940, publicó La invención de Morel. Ese mismo año se casó con la escritora Silvina Ocampo, hermana de Victoria, editora de la revista Sur.
Escribió varios cuentos con Jorge Luis Borges bajo el seudónimo H. Bustos Domecq y dirigió con él la colección de novelas policiales “El séptimo círculo”. En colaboración con su mujer creó Los que aman, odian.
En 1990 ganó el Premio Cervantes, el más importante galardón de la literatura en lengua castellana. Es autor de más de medio centenar de obras, entre ellas El sueño de los héroes, Diario de la guerra del cerdo, Plan de evasión, Dormir al sol, La trama celeste y La aventura de un fotógrafo en La Plata.
Hace unos años la fatalidad lo golpeó duramente: en diciembre de 1993 falleció su esposa tras una larga enfermedad y unos días después su hija, Marta, de 36 años, en un accidente automovilístico. Desde entonces Bioy vive en su departamento de Recoleta junto a dos nietos y atendido por Lidia y Amelia.
Su yerno, Alberto Frank, lo demandó por alrededor de un millón y medio de pesos por la venta de unos terrenos ubicados en Cañuelas que el autor heredó de su madre y que el marido de Marta Bioy consideraba que también le correspondían a su nieta.
Bioy, tímido, elegante, modesto y amable, afirma que de no ser escritor hubiera sido deportista, ya que practicó tenis, fútbol, rugby y boxeo. También le gustan el cine y la fotografía, pero sobre todo las mujeres, a las que amó y por quienes empezó a escribir (“quería conquistar a una prima”– argumenta).

Buenos Aires, Argentina, septiembre 1998.

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