En los largos y frecuentes viajes que hacíamos en coche, cuando era pequeña, uno de mis pasatiempos favoritos era acostarme en el asiento boca arriba y mirar el cielo tratando de darle sentido a la forma de las nubes. Algunas se revelaban a primera vista, mostrando gozosas el contorno de un castillo o la imagen de un monstruo submarino, un árbol frondoso o una mariposa. Otras, en cambio, me exigían una observación detallada y algo más extensa, hasta que de repente las formas cobraban un claro sentido y veía por fin a un anciano barrigudo o el esqueleto de una manzana mordida.
Como todo tiene nombre y ha sido ya estudiado y definido, resulta que esa práctica no es otra cosa que una pareidolia, una “interpretación arbitraria de la mente humana producida al asociar un patrón o forma con una figura reconocible de una persona u objeto”.
Sin embargo, no siempre esa interpretación es arbitraria e inocente y llega por los misteriosos e insondables caminos de la imaginación. A veces, las formas o figuras descubiertas habían sido escondidas o disimuladas con algún propósito. Tal es el caso de dibujos ocultos hallados en detalles de algunos cuadros o el diablo que formaban los cabellos de la Reina Elizabeth en los billetes de dos dólares de una emisión de 1954.

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