Aunque sólo tiene 32 años, Madeleine Peyroux posee lo básico para ser una diva del jazz vocal: una voz peculiar (intimista, susurrante, rasposa) y su propia leyenda.
La primera, dice ella, la acompaña desde que nació y es su único medio de vida: “si mañana al despertar descubriese que he perdido la voz, me moriría de hambre”.
En cuanto a la leyenda, basta decir que esta cantante estadounidense fue descubierta hace una década por un cazatalentos en las calles de París, ciudad a la que se había mudado con su madre cuando tenía 13 años y donde vivía de actuaciones callejeras luego de abandonar el colegio.
Su primer álbum, Dreamland, tuvo un éxito inmediato y alentador. Pero pronto las giras y la popularidad la abrumaron y decidió sumergirse de vuelta en el anonimato y volver a empezar. Un escape abrupto y sorpresivo tras el cual se dedicó a cantar en clubes de Nueva York y a estudiar.
Volvió a resurgir, ya más madura y de la mano del sello independiente Rounder, hace ocho años, luego de una ruptura escandalosa –querellas y acusaciones mediante- con el intérprete de armónica William Gallison.
Desde entonces ha publicado dos nuevos discos: Carless love (2004, más de un millón de copias vendidas) y Half the perfect love (2006), con los cuales ha retomado una carrera dispar aunque mimada por crítica y público.
Peyroux es, antes que nada, una intérprete. Su voz se apropia con delicadeza y desparpajo de melodías ajenas a las que presta sus sentimientos y les da un nuevo color. Canta descalza y sigue siendo tímida y provocadora a la vez, lo que le ha deparado los títulos de “cantante huidiza” y “diva inadaptada”. También se la comprara frecuentemente con Billie Holiday.
Ella se reconoce diferente (“no he vivido como la mayoría de la gente”) y dice que se siente incomprendida, pero también asegura que está en el buen camino: “ahora, por fin, entiendo el mundo”.