Si no la han visto todavía, háganlo este fin de semana. Pues si creen -como yo- que un buen guión, actores que sepan sostenerlo y darle credibilidad y cierto sentido del ritmo cinematográfico por parte del director son suficientes para hacer una buena película, La vida de los otros les gustará. Es más, disfrutarán de una sesión de cine de esas que satisfacen hondamente al espíritu, alientan una sucesión de reflexiones -calmadas, gozosas, sin estridencias- y quedan grabadas en la memoria.
La vida de los otros se sitúa en Alemania del Este, en 1984. Narra la historia de un miembro de la Staci, la policía secreta, que debe encargarse de espiar a un escritor y a su novia actriz en busca de conductas “antipatrióticas”.
El espía, que lleva una vida solitaria, gris, rutinaria y falta de emociones, a tono con el ambiente general del país, descubre al inmiscuirse en la vida de la pareja la belleza del amor y del arte y la rectitud y coherencia que puede albergar el ser humano, hallazgo al que sucumbirá y que cambiará su vida, llevándolo, incluso, a repudiar la injusticia.
La vida de los otros es la ópera prima de Florian Henckel von Donnersmarck, a quien hay que agradecer el tono comedido pero intenso y que haya sabido renunciar a la tentación de contar grandes historias y mostrar escenarios soberbios en la falsa creencia de que así se describe mejor un determinado período histórico.
Por el contrario, el joven director (nació en 1973) elige con acierto relatar un pequeño episodio de espionaje, uno más entre los miles que hubo entonces, y escenificar la vida de un grupo de personas corrientes para retratar así todo un engranaje de represión, intrigas, intereses, abusos y miserias.
Hay que destacar también la labor de los actores: Ulrich Mühe, espléndido en la piel del espía Hauptmann Gerd Wiesler; Sebastian Koch, quien interpreta al dramaturgo Georg Dreyman, y Martina Gedeck, en el papel de la atormentada actriz Christa-Maria Sieland.

Por estos días también está en cartelera en España otra película sobre Alemania, El buen alemán, que narra hechos anteriores y es de factura estadounidense. Pero estas no son las únicas diferencias con respecto a la cinta de von Donnersmarck. Las principales son su guión enrevesado y su ritmo a trompicones, que hacen complicado mantener la atención en la trama.
¿Motivos para verla? Dos bastante poderosos para cinéfilos: comprobar los resultados de otro experimento de Steven Soderbergh (la película fue rodada en blanco y negro y los actores sobreactúan y miran a la cámara a pedido del director) y ver en pantalla a la dupla formada por George Clooney y la estupendísima Cate Blanchett, quien en esta película me ha recordado a la inolvidable Katharine Hepburn.

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