Chigre, balde, tendal, bochinche, gaznápiro, trápala, chiquilicuatre, pintiparado. Saltimbanqui, querubín, cáspita. Abarloar, organdí, zarzaparrilla…Nos van faltando dedos para señalar todas esas cosas que se convierten en espectros del pasado porque la palabra que las nombra desaparece. Todos, quien más, quien menos, tenemos alguna palabra asociada al corazón, adscrita a la memoria, eco de nuestra infancia. Una palabra que hace años que no oyes y sin embargo te pertenece. Una palabra, al fin, que te gustaría que siguiera viva cuando ya no estés.
Con esta idea, la Escuela de Escritores de Madrid y la Escola d’Escriptura del Ateneo de Barcelona han lanzado una iniciativa para apadrinar palabras en desuso y que por ese motivo pronto podrían sumarse a los más de seis mil términos que entre 1992 y 2001 se desterraron del Diccionario de la Real Academia Española.
Las palabras rescatadas del olvido -adonde fueron empujadas unas pocas veces por su obsolescencia y casi siempre por nuestra creciente pobreza léxica y abuso de los anglicismos- serán ofrecidas al mundo el próximo 23 de abril, Día del Libro, a través de la página www.reservadepalabras.org, donde permanecerán archivadas como prueba de la exquisita riqueza de nuestra lengua.

Queremos que nos ayudes a salvar el mayor número posible de esas palabras amenazadas por la pobreza léxica, barridas por el lenguaje políticamente correcto, sustituidas por una tecnocracia lingüística que convierte en “técnicos de superficie” a los barrenderos de toda la vida o perseguidas por extranjerismos furtivos que nos fuerzan a hacer outsourcing de recursos en lugar de subcontratar gente.

Ímproba tarea y loable propósito. En un improvisado rapto de solidaridad con la causa, apunto aquí algunas palabras agonizantes:

Energúmeno, triquiñuela, tocadiscos, peripuesta, bribón, marmita, botarate, pelmazo, intríngulis, prolijo, refucilo…

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