La ausencia de los últimos días se debió a un viaje a Roma. Fue mi primera visita -breve, intensa y reveladora- a la capital italiana. No alcanzan los ojos ni aguantan los pies, en tan escasos días, para ver todo el arte y la historia que hay en esta ciudad. Aún con su desorden y rudeza, es difícil no sucumbir al encanto descuidado y milenario de Roma.
Como toda primera visita que se precie, la mía tenía entre sus prioridades conocer los monumentos, ruinas y edificios más representativos. Así que en la primavera romana, calurosa y húmeda, recorrí junto con cientos de turistas y no pocos religiosos y fieles (el Vaticano opera como un imán de alcance mundial) las pétreas galerías del Coliseo y los trazados majestuosos del Foro Romano, admiré los tesoros artísticos que encierran los Museos Vaticanos, estudié los exquisitos frescos de la pequeña Capilla Sixtina y me sobrecogí ante la inmensidad y belleza de la Basílica de San Pedro. También estuve en el Panteón, tiré una moneda a la Fontana di Trevi y paseé por Villa Borghese.
Sin embargo, el verdadero atractivo de Roma lo encontré caminando por sus calles, sentándome en sus múltiples plazas y fuentes, entrando a sus incontables iglesias y repletos museos, comiendo en sus restaurantes y pizzerías al paso y mirando a su gente.
Roma respira arte e historia, vida y caos, y es tan intensa su riqueza que cuesta asimilarla. Guarda la memoria y los vestigios de los grandes hombres que por allí pasaron. Es, ante todo, humana, pues toda ella fue construida con sangre, cincel, cartabón, fe e inspiración.
Roma está hecha de callejuelas retorcidas, balcones floridos, muros desconchados, grafitis y columnas. Huele a pizza y a pasta, a buen vino y a la humedad de las piedras. Tiene el sonido de las campanadas, de los aullidos del tránsito enloquecido y de las conversaciones apasionadas.
La habitan hombres y mujeres con carácter, seguros y modernos, orgullosos de ser los herederos de siglos de sabiduria. Sin embargo, ellos no la poseen. Los verdaderos dueños y dueñas de Roma residen sobre pedestales, encima de las azoteas, encerrados en marcos o colgados de las paredes. Perfectos e insolentes nos ven pasar junto a ellos. Parecen casi divertidos ante nuestra avidez y transitoria presencia. Presumo que esperan el fin de los tiempos para reconquistar su reino.

Templo de Antonino y Faustina-Foro Romano Coliseo

Fontana di Trevi Campo di FioriBalcón

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