Los argentinos somos besucones. No me refiero a los besos apasionados, practicados y gozados por la gran mayoría de los mortales, sino a los que se dan y se reciben, tanto entre amigos como entre extraños, a la manera de saludo.
El beso como bienvenida o despedida es, en Argentina, una institución de la vida social con sólidos cimientos, que reprende con prontitud a los ocasionales rebeldes que se muestran reacios al contacto físico. Contacto, por otra parte, que nunca es húmedo, sino solo un breve roce de mejillas y un chasquido a veces suplantado por un onomatopéyico “¡muá!”
La cosa no pasa de un instante de cortesía cuando se saluda a unas pocas personas, pero cuando se trata de decir hola o adiós a un grupo la ronda de besos puede alargarse varios minutos y obligar a rozar incluso a desconocidos para “no hacerles un feo”, como se dice en España, o “quedar como un antipático”, como se interpretaría en Argentina.
Aún recuerdo las caras de asombro e incluso algunas muecas de reprobación que despertaba allí mi habitual despedida con la mano en alto, una sonrisa panorámica y un estentóreo ¡saludo general, saludo general! Lo mejor, en estos casos, era llegar siempre temprano e irse la última, así tocaba ser besada y no dar vueltas repartiendo muás a diestra y siniestra (lo confieso, soy algo arisca)
De todas formas, el beso argentino más peculiar y el que más sorpresa provoca a los extranjeros es el que se dan los hombres para saludarse. También se abrazan, también se dan sonoros palmoteos en la espalda, pero además SE BESAN. Sí, entre ellos. Los chicos. Costumbre argentina que se ha convertido en un distintivo y ya es todo un objeto de estudio.

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