Intento recordar cómo era mi vida sin Internet. Tengo que hacer un esfuerzo, cerrar los ojos y concentrarme, casi tanto como cuando quiero acordarme de la imagen de mí misma que veía en el espejo cuando tenía siete años.
En mi caso, el cambio más importante se produjo a nivel profesional. Cuando estudié periodismo aún utilizábamos máquinas de escribir y las consultas a la biblioteca y a la hemeroteca en papel eran muy frecuentes.
Mis primeros años en la redacción también fueron sin red. Me causa gracia pensar ahora que, por motivos muy diferentes, era así como me sentía: ensayando mis piruetas en el trampolín sin red de seguridad debajo. Pero volviendo a Internet, entonces cada artículo o reportaje conllevaba una primera fase de larga documentación en la hemeroteca del subsuelo, de búsqueda en las fichas de “quién es quién” e incluso de consulta en diccionarios y libros. Estábamos en la era del papel.
No hubo transición en el cambio hacia la era digital. En el lapso de un par de años pasamos de ser unos analfabetos digitales a utilizar Internet como posesos, abriéndonos paso a machetazos y recurriendo a los novatos avanzados que nos servían de guías en el nuevo territorio.
A unos cuantos periodistas de la vieja escuela la revolución digital los encabronó; unos pocos se cansaron muy pronto o descubrieron que ya no tenían interés por conquistar nuevos puertos y decidieron quedarse a vivir en el pueblo fantasma; los más intrépidos nos convertimos en navegantes virtuales con el corazón palpitante de excitación por la aventura. Todos aprendimos rápido y a base de práctica y errores. Fue como desarrollar branquias para sobrevivir en un mundo inundado.
Hoy el periodismo sin Internet es impensable. La red de redes se ha transformado en nuestra principal herramienta de trabajo y las nuevas capacidades valorables pasan por saber buscar en la red, utilizar sus principales aplicaciones y gestionar la gran cantidad de información disponible. Hemos roto barreras de tiempo y de espacio, lo cual no significa que lo tengamos más fácil. Simplemente, es diferente.
También la vida en general es distinta con Internet. Estamos más comunicados que nunca, aunque esa comunicación sea especialmente fluida con nuestros contactos virtuales en detrimento de los cercanos y palpables. Tenemos a nuestra disposición un arsenal de conocimientos y entretenimiento a muy bajo coste y tremendas ansias por explorarlo.
Además, estamos viviendo un momento único en la historia de Internet. Luego de la burbuja, que nos pilló a la mayoría aún muy jóvenes en el uso de la red y nos abandonó, tras explotar, en un aburrido y tramposo llano, nos encontramos otra vez en plena escalada. Cada día, literalmente, hay nuevas aplicaciones, mejores desarrollos, más herramientas y nuevas comunidades. Se imponen los blogs, las redes sociales como Twitter, los universos paralelos de Second Life y las plataformas para compartir música, fotos y video (YouTube, GodTube, Witness y todas las que están y seguirán surgiendo). Somos 1.000 millones los que estamos subiendo.

Y tú, ¿recuerdas cómo era tu vida sin Internet?

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