Finger Plays, de Emilie PoulssonEn un tiempo ya lejano, cuando la imagen no nos había invadido y conquistado (¿o debería escribir “esclavizado”?), las ilustraciones de los libros servían de maravilloso disparador para la película que cada uno creaba en su cabeza a partir de la narración que leía.
A lo largo de la historia de la literatura grandes artistas se asociaron a escritores para dar rostro y forma a personajes y lugares que hasta entonces sólo existían en palabras. 
Sin embargo, poco a poco los dibujos se fueron diluyendo de las páginas interiores de las obras literarias y sólo se mantuvieron a salvo, como un náufrago aferrado a una madera flotando en el mar, en las portadas. 
En la actualidad también de allí están siendo expulsadas las ilustraciones gracias a la cada vez más común tendencia de adornar las tapas con fotografías o diseños minimalistas.
Sin contar otros géneros (cómics, manuales técnicos, revistas, etc.) ni honrosas excepciones, el único espacio de poder genuino que conservan los dibujos es el de la literatura infantil. Para los niños, las ilustraciones tienen tanta importancia como las palabras escritas e incluso más, pues el ejercicio de leer aún les demanda un concentrado empeño, mientras que la interpretación de las formas y los colores les resulta natural y gozosa. Los dibujos hacen las veces de puente imaginativo para llegar al mundo de la lectura.
De esos libros para niños y de otras publicaciones y ediciones especiales que siguen rindiendo tributo a la belleza de la ilustración se ocupa la estadounidense Julia Rothman en su blog Books by its cover.

Vía Mirá!

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