Uno no alcanza a percibir el proceso, que sin duda es paulatino, pero un día cualquiera toma conciencia de que por dentro se siente más joven de lo que lo es por fuera. Hay varias situaciones que nos deberían servir como señales luminosas del cambio de zona, pero ninguna tan contundente como escuchar que una inocente voz de niño o adolescente repite por tercera vez “señora” mirándote a la cara. Es la cachetada definitiva para espabilar y la chispa que enciende la mecha de la certeza de que toca jugar con el equipo de adultos y entender que hay que marcar antes de que termine el partido.
Entonces uno empieza a relacionar otros hechos que hasta entonces parecían casuales y nimios pero que evidentemente también respondían al paso de los años. En mi caso la adultez me llegó acompañada de un acusado vértigo, un sorprendente gusto por el vino (antes no toleraba el alcohol ni en los bombones) y una alegre predilección por el verano. Retomé pasiones y convicciones de la infancia que descubrí inherentes a mi identidad y comprobé que la aparente seguridad juvenil se había desvanecido como una bruma mañanera pero se agradecía la amplitud en el campo visual.
También tuve que aceptar que ya no puedo trasnochar y pretender estar al otro día en el trabajo como si nada. Ni hablar de no dormir en toda la noche, como tantas veces hice cuando estudiaba. Tampoco me recupero como antes de los viajes.  Hasta ahora planeaba mis vueltas en el último minuto, para aprovechar al máximo del destino elegido, pero ahora mi cuerpo me pide -me exige- una transición más saludable. En esta ocasión, el cambio de horarios, de rutinas de sueño y vigilia, de alimentación y sobre todo de clima me dejó aturdida y enclenque. 
La vuelta está siendo difícil más que nada por eso. Por lo demás, me resigno a la pérdida que supone toda elección y aprecio tener adonde volver, porque sé que no se trata de un lugar fijo sino de un espacio propio. Cada viaje es una inmersión y yo todavía estoy secándome de esta al sol.
Mientras tanto, dejo algunas fotos que hice en Argentina. La primera la tomé en Plaza de Mayo, en el corazón de Buenos Aires, y es el instrumento de trabajo de un vendedor ambulante de café (también de zumo de naranja, té, chocolate y “facturas” o bizcochos). La segunda es de un curioso pub de un pequeño pueblo correntino anclado en el tiempo: Santa Ana. La tercera es de la Casa Rosada, hoy gracias a K la “casa enjaulada”. La última, mi favorita, muestra a una elegante dama del norte que encontré sentada a las puertas de la Basílica de Itatí, ajena al ajetreo, aislada en sus recuerdos.

Hay café

Rancho Aparte Pbu

La casa enjaulada

Mirame

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