Programa de mano de Nunca había estado en la ópera. La semana pasada tuve mi bautismo de fuego, y puedo decir que fue a todo lujo. En primer lugar debo aclarar que a mí este género musical jamás me atrajo. Me parecía totalmente incompatible con mi odio a los gritos y mi especial predilección por las voces graves, incluso cascadas o rasposas.
Que ningún mitómano salte de su silla por leer la palabra “gritos” cerca de “ópera”. Muchos neófitos las relacionamos, y aunque suele deberse únicamente al desconocimiento, esto nos mantiene alejados de tenores, sopranos y barítonos. 
Mi acercamiento fue involuntario pero sumamente placentero. Acepté la invitación a ver Madama Butterfly, al Teatro Real de Madrid, como quien hace una excursión a una ciudad exótica, en la que sabe que sólo pasará unos días de vacaciones y luego recordará mirando fotografías.
Estaba equivocada. Como también sucede en algunos viajes cuando la urbe se revela diferente a nuestras ideas preconcebidas, este destino me convenció de mis errores y despejó el malsano aire de mis prejuicios. No sólo disfruté de la bella historia de amor entre la geisha Butterfly y el oficial estadounidense Pinkerton, sino que pude apreciar el gran trabajo vocal de los intérpretes (magistral la soprano Micaela Carosi) y la afinada y atrapante melodía de la orquesta, dirigida nada menos que por Plácido Domingo.
Debo aclarar que en gran parte contribuyó a que me sintiera compenetrada con la historia que se cuenta en Madama Butterfly el sistema de subtitulado que ofrece el Teatro Real (fundamental pues la ópera es en italiano), al igual que las tres pantallas colocadas encima del escenario en las que una correcta dirección de cámaras hizo que pudiera apreciar los pequeños detalles y los gestos más sutiles de los cantantes.
No creo que me convierta en una fanática de la ópera, porque sigo prefiriendo voces profundas y ritmos populares, pero no descarto repetir mi incursión a esos parajes. Mi primera aproximación me reveló que aún tiene muchos secretos por descubrir.

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